Firma Invitada: Todos sois unos ñoños

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Paloma de la Fuente Ya escribió anteriormente en Duckspeaking. Parece que le moló la experiencia porque ha decidido hablarnos a todos nosotros una vez más.

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A mí me gusta la palabra ñoño, o ñoña, o ñoñería, o ñoñez, o… Vale, paro. La verdad es que siento devoción por cualquier palabra que al repetirla muchas veces suene realmente mal, y ñoñería a la segunda ya te hace tener ganas de matar a quien inventara tal sustantivo. Me gustan las palabras cuando me cuesta decirlas porque me suponen un reto personal, y pensaréis que soy idiota -yo también lo pienso muchas veces al día- pero desde que me pusieron aparato, dejé de pronunciar bien ese patrimonio nacional que supone la letra “Ñ”, pero idiota de mi, no la borro de mi vocabulario porque me gusta. Y me gustan las cosas ñoñas. Como las películas ñoñas o catalogadas como “Comedias románticas”.

Y dejando a un lado la ñoñería de sus diálogos, de sus guiones, de sus escenarios, de su pastelosidad con triple de azúcar, que sepamos que A y B van a terminar juntos (y comiendo perdices) incluso antes de dar al play o entrar al cine; no podemos negar que son éxito seguro. Y además, todo un clásico en ciertas épocas ñoñas. Reposiciones en televisión y revisiones en portátiles y demás aparatos electrónicos han triunfado una vez más esta Navidad -¡bendita Navidad!- ¿Sabéis a qué dediqué ese mes de descanso, de estar con la familia?. Me he puesto al día con series, me he enganchado a Homeland -y la he terminado-, he comido chocolate hasta -casi- reventar, y he vuelto a ver mi lista de películas ñoñas como si fuera a hacer una tesis sobre ellas. Entre las revisiones que he hecho -algunas sólo por segunda vez y otras por quinta o sexta- estaban Amelié, 500 days for Summer, Oficial y Caballero, Bon Appetit, y -¡cómo no!- Love Actually.

¡Ay, Love Actually! Como si no tuviéramos bastante con películas en las que nos hablan de una historia de amor, nos cuentan en poco más de noventa minutos el resumen disparatado de siete u ocho parejas a cada cual más ridícula. Estoy convencida que todos los personajes eran conscientes que morirían en cuanto se acabara la película. Que sabían que no había vida más allá, como los que se creyeron que el mundo acababa en 2012 y se adelantaron a vivir todo lo que les quedaba por vivir en un año. Es el común denominador de todo personaje de ficción. Nacen y mueren en el tiempo que dura un guión. Y así pasa, que en Love Actually se aceleran y declaran amor a la primera persona que se cruza en su camino. Jefes, compañeros de trabajo, mujeres de tu mejor amigo…¿qué más da? Pero si de verdad se iba a acabar el mundo, ¿por qué las personas no nos volvimos un poco locas y empezamos a declarar amor a todo el que tuviéramos al lado?

Todos “morimos de amor” con la mítica escena de los cartelitos en la puerta que protagoniza el Sr. agente de “The Walking Dead”; como si hiciera falta algo más que unos folios y unos rotuladores para -por una vez- ser nosotros los protagonistas de una comedia romántica. Y la puerta de esa persona a la que le diríamos que para nosotros es perfecta. ¿Sabéis cual es mi personaje favorito? El niño. Supongo que es porque es el más sincero. El que no se va a avergonzar de correr todo el aeropuerto y saltarse todas los puestos de control sólo para decir “te quiero”. Creo que al final todos volvemos a esta comedia romántica sobradamente ñoña para recordarnos que las historias de amor existen si hacemos que existan.

Y los personajes, como esa horrible All I Want For Chritsmas que no vas a dejar de tararear durante una semana mínimo, se van, desaparecen, completamente felices -en su mayoría- y tu te quedas ahí con cara de pasmado sin saber bien si coger unos folios y unos rotuladores o simplemente seguir dejando que pase el tiempo. Total, tu no eres el personaje de ningún film, y tampoco tienes claro si esa persona es tan perfecta para ti.

— Paloma De La Fuente —

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