Desde las sombras (II)

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Aún veía borroso, pero sabía que estaba en tierra firme. Ante él una playa de ceniza se extendía hasta el horizonte. Aún estaba todo oscuro. Desconocía cuánto tiempo había estado bajo el agua pero cuando abrió los ojos tenía un tremendo dolor de cabeza. Tenía el cuerpo dolorido y le costaba moverse, imaginaba que de estar tanto tiempo sumergido. De repente, se sobresaltó al recordar que lo estaban persiguiendo; se giró pero no había ninguna luz a su alrededor que le indicara que siguieran tras él.

Tras un movimiento tan brusco se quedó mareado. Con dificultad, se sentó apoyando la cabeza sobre los brazos mientras el agua mojaba sus pies. No entendía nada. ¿Por qué él? ¿Qué era aquel lugar? ¿Qué había sido aquella visión de su padre, y lo que era más importante, había sido una ilusión o había sido… real? Ante la idea de estar muerto, comenzó a llorar. Al restregarse para secarse las lágrimas se asustó, ya que eran lágrimas negras las que caían sobre sus manos: las cenizas le habían tiznado el rostro. Alargó la mano y agarró un puñado para comprobar que sí, que era ceniza sobre lo que estaba sentado. No lograba entender nada. Lloró más fuerte. Le falta el aliento. Quería volver a casa pero, por otro lado, quería dejar atrás toda aquella pantomima en que se había convertido su hogar… Pero no quería empezar de cero en aquel lugar, no rodeado de ceniza.

Se puso en pie al mismo tiempo que una luz se iluminaba en el horizonte y sonaba de nuevo aquella alarma: le habían encontrado. Miró en derredor buscando una escapatoria. A su espalda, un bosque se extendía, un bosque que sabía no estaba vacío de peligros. Pero no tenía otra salida y comenzó a correr. La ceniza no era la mejor superficie en estos casos ya que se le hundían los pies y agradeció que a unos metros el suelo se endureciera y favoreciera el acelerar su huida.

Corría entre los árboles con los brazos extendidos ya que apenas podía ver a dos palmos de sus pies. Las ramas y los troncos chocaban contra él magullándole y frenándole, pero el no paraba, no podía: les oía a lo lejos. El corazón parecía que buscaba escapar por su boca a medida que incrementaba el ritmo.

No lo vio venir. El árbol apareció en su camino sin previo aviso y sin darle la oportunidad de esquivarlo. Parecía que se hubiera roto el cráneo en mil pedazos… O al menos eso es lo que el sentía. Se quedó tirado en el suelo. Inmóvil. Mirando a la luna que, teñida de un rojo sangre, parecía que le devolviera la mirada. Todo había acabado. Los oía moverse cada vez más y más cerca. Casi podía oír sus pisadas. ¿Qué harían con él? ¿Lo matarían? “Pero, ¿no estoy ya muerto?” Una lágrima dibujaba un surco en su mejilla cuando alguien comenzó a tirar de su brazo. Sorprendentemente tenían menos fuerza de la que él pensaba que tendrían. Al cabo de un rato oyendo sus esfuerzos, le escuchó: “No hay tiempo”. E inesperadamente, se tiró al suelo junto a él. Su voz. Era la de una niña. Se giró para ver si estaba en lo cierto pero el “no te muevas” que susurró entre dientes le invitó a no hacerlo. Al cabo de unos instantes, escuchó sus respiraciones, aquellas que producían a través de sus máscara de gas. Pasaron rozándole, echándole hojas encima sin percatarse de que estaba allí, tirado en el suelo acompañado de, lo que le había parecido, una niña. Debían de ser una veintena y, sin embargo, ni uno notó su presencia.

Cuando ya se habían alejado lo suficiente, se levantó y se puso en posición de defensa. En cualquier otro caso hubiera echado a correr, pero teniendo en cuenta que era una niña, no lo creyó necesario. Muy lentamente aquel pequeño cuerpo se levantó y se echó a reír cuando le vio así. “No voy a hacerte daño”, le dijo poniéndose en jarras. Tendría unas siete u ocho años y le llegaría por la cintura… Y eso que él no era muy alto. Los ojos la ocupaban casi toda la cara, despiertos, casi con luz propia en aquel mar de oscuridad. Sólo la sonrisa parecía eclipsar aquella mirada vivaz, y no por su excelencia: acompañando a los dos paletos separados, la ausencia de tres o cuatro dientes, la dibujaban una sonrisa de lo más traviesa.

Con señas, le indicó que le siguiera, pero en silencio. Dudó, pero al cabo de dos segundos calló en la cuenta que era imposible estar más perdido de lo que ya se encontraba así que aceleró el paso hasta alcanzarla. Aunque la seguía, era incapaz de ver más allá de su figura. Iba arrastrando las manos por los troncos de los arboles con el único fin de no acabar de nuevo inmóvil en el suelo. Sin embargo, le llamó la atención su textura. No tenían un tronco uniforme como de costumbre, sino que parecía un conglomerado de objetos. Preferiría no tener que tocarlos pero no tenía otra alternativa.

Anduvieron durante al menos otros diez minutos hasta que una pequeña luz se apareció entre los árboles. La niña se giró y con una sonrisa dijo “Ya hemos llegado”. La casa del claro era surrealista: negra para acompañar todo lo que había visto hasta entonces, se erigía acabando en un tejado puntiagudo propio de una iglesia y, a su alrededor, flores muertas adornaban el entorno. La luz provenía de alguna habitación situada cercana al tejado y parpadeaba, lo que hizo pensar a Rodrigo que sería una vela: fácil de apagar si hubiera una visita indeseada.

Ahora que había más luz se giró para observar los árboles, aunque hubiera deseado no hacerlo: lo que formaban los troncos no eran sino huesos, huesos de distintos tipos, que hacían las veces de corteza. Levantó la mirada estupefacto para observar que no eran hojas lo que colgaban de sus ramas, sino largas cabelleras. Ante el asombro de Rodrigo, la niña no pudo si no añadir: “Has tenido suerte. Como ves de este bosque no escapa nadie”.

La niña abrió la puerta y ante él se abrió un gran salón. Era gracioso porque, cuando la niña dio la luz pudo observar que estaba casi vacío: al fondo, una mesa en la que sólo podrían comer un par de personas aguantaba un florero, esta vez sí, con flores de mayor lustre; a la izquierda, una chimenea, ya apagada llena de ceniza y de ramas secas; a la derecha, dos viejas sillas con sendas mantas y una pequeña mesilla con cuatro o cinco libros; y en el suelo, una enorme alfombra que en otro tiempo tendrían un color vistoso, pero que ahora el polvo y la ceniza la daban un tono grisáceo.

“Me llamo Carmen, ¿y tú?” Le pregunto la niña extendiéndole la mano. Se la estrechó y pensó que era una coincidencia que la niña se llamará así, aunque también pensó que habría miles de personas en el mundo que se llamaran Carmen. Sonaron pasos arriba y, cuando dirigió su mirada hacia el techo, la niña inquirió: “Es mi madre, ya baja”. El umbral de una escalera al fondo comenzó a parpadear con la luz de la vela que portaba la madre. Al poco, la visión de aquella señora produjo tal sorpresa en Rodrigo que retrocedió golpeándose con una balda, haciendo tambalearse todo lo que en ella había. Al vuelo, cogió el marco de una foto y sus sospechas se confirmaron: aquella foto era la misma que se encontraba en su bolsillo, y aquella señora no era otra que…

– Tú… ¡Tu eres mi abuela!

– Rodrigo, pero ¿qué haces aquí? ¿qué tontería has hecho?

Miró a su abuela y miró a la niña, y miró a la niña y miró a la foto.

– Ma… ¿¡Mamá?!

– ¿Me dice a mi? – preguntó la niña abriendo tanto los ojos que parecía que le iba a desaparecer el resto de la cara.

– Rodrigo, sube conmigo. Carmencita, tu quédate aquí… ¡No! No me rechistes.

Y comenzó a subir las escaleras dejando a la niña entre sollozos. Rodrigo sentía que se le iba a desencajar la mandíbula de tanto abrirla. Subió las escaleras y llegó a otro gran espacio donde sólo había dos camas y dos grandes armarios junto a un gran ventanal. Su abuela se encontraba sentada en una de las camas y, con el gesto de una mano, le invitó a que hiciera lo mismo.

– Rodrigo, ¿qué estás haciendo aquí? – volvió a preguntarle.

– Abuela, de verdad que no lo sé. No recuerdo apenas nada del día que llegué aquí: sólo recuerdo soplar las velas de mi cumpleaños y salir corriendo porque no aguantaba más tener que fingir delante de todos aquellos rostros felices… Lo siguiente que siento es que caigo al vacio y aparezco aquí, en este mundo en el que todo está a oscuras y…

– Cariño, aquí eres un intruso. Tu no deberías de estar aquí. Los guardianes van tras de ti, ¿verdad? – Rodrigo asintió -. Entiendo. Te persiguen porque… Has decidido entrar en el mundo de los muertos sin que fuera tu hora.

“¿Cómo? ¿Qué yo qué?” Rodrigo comenzó a darle vueltas todo. Intentó recordar que había hecho ese día. Las velas, su casa, la calle,… El coche. ¡EL COCHE! “¿Me atropelló el coche? Pero no puede ser… Porque mi abuela dice que yo lo he… ” Y se acordó. El baño. El espejo. Las pastillas. El bote vacio. Y creyó que iba a llorar, que iba a estallar en mil lágrimas, pero no. Le invadió una sensación de felicidad al recordar que aquella niña no era otra que su madre.

– Pero, ¿he muerto? Entonces, ¿ahora podré estar con mi madre?

– Tu madre no te recuerda. No sabe quién eres. De hecho, aún no es tu madre… Ni lo será nunca – sabía que Rodrigo le iba a pedir una explicación, así que ni siquiera le dejó preguntar -. Rodrigo, cuando llegamos aquí porque ha llegado nuestra hora, se nos da a elegir la etapa de nuestra vida en la que queremos vivir eternamente, y tu madre eligió la inocencia, eligió ser niña de nuevo.

– Pero, ¿por qué? ¡No lo entiendo! ¿¡No me quería recordar?! – y ahora sí que Rodrigo comenzó a llorar como nunca antes lo había hecho.

– Eh, cariño, ven, ven – y su abuela lo acogió entre sus brazos -, es más complicado que todo eso. Lo más maravilloso que le sucedió a tu madre es tenerte a ti, pero toda esa época estuvo tremendamente enferma y débil, y lo que quería era olvidar todo aquel sufrimiento, aquel dolor… aunque tuviera que pagar tan alto coste.

Rodrigo apretó fuertemente a su abuela entre sus brazos y ésta intentó tranquilizarlo con un beso, aunque era imposible. Un remolino de mil ideas daba vueltas en su cabeza cuando, de repente, sonó un estruendo y Carmen comenzó a chillar. Corrieron escaleras abajo y el salón estaba lleno de guardianes que rodeaban a la niña, a la que apenas se la veía. “Te van a devolver a tu lugar, aún no es tu hora” le dijo su abuela. Quiso correr escaleras arriba pero uno de ellos ya le estaba agarrando y esta vez sí, tenía la fuerza que él pensaba que tendría. Forcejeó, golpeó, arañó y pataleó y todo en vano.

Impasibles, dos guardianes le llevaron al centro del círculo donde se encontraba Carmen, sollozando. No le alejarían otra vez de su madre, otra vez no. Pero no podía moverse. Quería escapar. Huir. Irse con su abuela y su madre, aunque ella no lo recordará. Pero, lo haría, seguro que lo haría. Uno de los guardianes extendió una tela circular en el suelo, que al instante abrió un hoyo que daba paso al vacio. Lo iban a lanzar.

“Carmen, escúchame. Eres mi madre. Eres mi madre. ¿No te acuerdas? Sé que sí. Mamá. Acuérdate del parque. De los helados que nos comíamos debajo de casa. De las tardes de series en el sofá. De cómo me contabas cuentos hasta que me quedaba dormido. De cuando íbamos en bici con la abuela. Mamá, por favor, acuérdate de mí”.

Un instante. Sólo un instante antes de que lo lanzaran al vacío, creyó ver la duda en la cara de la niña. Un gesto. Una mirada.

“¡NOOOO!” Gritó sobresaltando a todos los de la sala. Su padre que estaba a unos pasos corrió a abrazarlo. Le abrazó fuerte mientras que Rodrigo no hizo más que intentar zafarse. Cuando le soltó, se llevó las manos a la cara y no paró de llorar en horas. Puede que Rodrigo estuviera en cuerpo ahora vivo, pero su corazón se quedó en la frontera entre aquellos dos mundos; un corazón que no pararía hasta volver.

—Jonathan Espino—

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