Primeras impresiones

Hay quien dice que la primera impresión es la que cuenta, y probablemente esto funcione muy bien en el mundo de la Publicidad y en otras ramas de la Comunicación, pero desde luego no puedo asegurar que esté del todo de acuerdo con ella. Quiero decir, que la acepto y sé que en ocasiones es muy adecuada, pero no termina de ser una máxima para mí. De cualquier modo, lo que sí puedo decir desde mi propia experiencia es que la primera impresión desencadena una serie de percepciones y sensaciones que, vistas con distancia, no dejan de ser curiosísimas, por lo menos para mí.

Voy a pasarme todo el artículo ilustrando esto con ejemplos de las primeras impresiones que he ido teniendo de ciertas personas, lugares y cosas y de en lo que todo eso se ha convertido tiempo después. Con esto quiero decir que al que no le interese esto lo más mínimo puede abandonar estas líneas ahora mismo y emplear su tiempo en algo más productivo que leerme, aunque esto suceda no me voy a enfadar ni nada de eso.

La primera impresión es algo que en el primer momento puede pasar desapercibida y que a menudo olvidamos a la primera de cambio porque no conviene saturar a la percepción con cosas que no parecen revestir la menor importancia. Cuando hemos convivido un tiempo y hemos experimentado las sensaciones que nos provoca esa ciudad, esa persona o ese director de cine, es interesante rescatar la primera impresión, porque a veces no hay cosa más opuesta que una primera impresión y una sensación al cabo de cierto tiempo. A veces es para bien, cuando la primera impresión no es especialmente positiva y el tiempo acaba haciéndote ver que era erróneo pensar así, y a veces pasa justo lo contrario, lo cual se vuelve algo mucho más desolador a todas luces.

En cualquier caso, y para reforzar esta argumentación, voy a explicaros algunas de las primeras impresiones curiosas que he tenido a lo largo de mi corta vida.

– La primera vez que recuerdo con conciencia haberme parado a pensar en la existencia de Gabriel García Márquez, el que tiempo después se convertiría en el autor de mi novela preferida. Corría el año 2004, Zapatero acababa de llegar al poder y yo, con mucha más conciencia política de la que me correspondía para mi edad en aquel momento (13 años recién estrenados), hojeaba un dominical de un periódico en el que hacían una comparación entre Sonsóles Espinosa, esposa del recién estrenado Presidente, y Ana Botella, esposa del presidente saliente y actual alcaldesa de Madrid por la gracia de Dios. La comparación se establecía a partir de parámetros basados en gustos, Literatura, Música, Cine y demás doctrinas culturales. El asunto está en que cuando analizaban sus gustos literarios, Sonsóles afirmaba que su escritor preferido era José Luis Sampedro y Ana Botella decía que su escritor preferido era Gabriel García Márquez.

Inmediatamente le pregunté a mi madre su opinión sobre ambos autores, y me dijo que ninguno de los dos era santo de su devoción, pero que García Márquez de los dos era el que menos le gustaba. Tiempo después yo descubriría que ambos autores iban a gustarme muchísimo por motivos muy diferentes, pero imaginad que la referencia de Ana Botella cuando me leí los primeros libros de García Márquez estaba presente, y no sabéis cuánto me pesa que ese sea mi primer recuerdo sobre el autor, a pesar de que su obra me haya compensado con creces ese sufrimiento.

– El primer recuerdo que tengo de una de mis mejores amigas de la Universidad es también curioso. Corría el 2009 y yo estaba en mi primer año de carrera, con toda la ineptitud y la emoción que una recién estrenada vida fuera de casa conlleva, mientras tomábamos algo en un parque de Madrid, cuando salió a la luz el nombre de Bunbury y yo dije que me gustaba su música también después de los Héroes del Silencio a sabiendas de que todo el mundo parece odiarlo después de esa época dorada. Me sentí como Iberia Sumergida cuando Libe sugirió algo así como que “por ella, como si explota” (una frase muy suya) en un tono tan tajante que sólo me desviolentó cuando inmediatamente otro de nuestros amigos sacó a la luz el archiconocido Celebrities que se le hizo a Bunbury y yo pude defender incluso que se le parodiase. Con esto no quiero decir que Libe me cayese mal en ese momento ni nada de eso, pero me violentó. Lo que no intuía yo era que tiempo después iba a convertirse en una de mis mejores amigas aquí en Madrid, y agradezco enormemente incluso que le desease al pobre Bunbury una pronta desaparición.

-La primera vez que tomé conciencia de Francisco Camps coincidió con el momento en que salió a la luz el despropósito de la archiconocida Trama Gürtel, cuando él comparecía ante los medios de comunicación para argumentar su inocencia. Recuerdo perfectamente mis palabras: “Bueno, lo mismo es hasta un bulo y al final nada de esto es cierto, porque parece demasiado descabellado para serlo”. El tiempo iba a quitarme la razón de un plumazo. También les di un pequeño voto de confianza a Tomás Gómez y a Pedro Escobar y aquí me hallo, en las antípodas de esa compasión mía para con ellos. Qué cosicas.

– En cambio, no me equivoqué lo más mínimo la primera vez que pisé Fuenlabrada. No me gustó. Estábamos de visita familiar en casa de mis tíos, tenía 10 años y os prometo que 12 años después la opinión de esa ciudad. Me pareció un lugar frío y casi sórdido, de edificios que querían ser mucho y no llegaban a nada, calles pulcras e incómodas entre sí. Recuerdo que cuando leí Farenheit 451, mientras leía las descripciones geniales que Bradbury brinda a lo largo de la narración, tuve la misma extraña sensación que la primera vez que pisaba Fuenlabrada, esto es, algo que aparentemente está dentro de un orden pero que no deja de inquietar al personal. Ahora, tras haber vivido tres años en esa ciudad puedo corroborarlo con creces: Fuenlabrada no es mi lugar en el mundo.

Podría contar muchas más cosas, pero qué importancia tiene todo esto, si al final lo único que se puede hacer con las primeras impresiones es compararlas con los estragos del tiempo.

Estefanía Ramos

Anuncios