Charlie India Alfa

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Kathryn Bigelow fue mujer de James Cameron durante dos años, de 1989 a 1991. Imagino que lo sabéis, ya que es lo primero que se menciona siempre de ella. De él, estoy seguro, aprendió mucho. Su forma de rodar tiene muchos rasgos con los que caracterizan a su ex-marido. Ahora bien, afortunadamente, una vez más se ha dado el hecho que mueve a la sociedad: el aprendiz ha superado con creces al maestro.

A pesar de que su fama se ha visto en aumento gracias al Oscar que ganó en 2009 por The Hurt Locker (Kathryn Bigelow, 2009), Bigelow lleva treinta años rodando películas. En su filmografía hay títulos como Strange Days (Kathryn Bigelow, 1995) o la gran Point Break (Kathryn Bigelow, 1991). Y es, creo que sin muchas dudas, la mejor directora de acción que hay ahora mismo en Hollywood. Cuenta con un pulso increíble a la hora de llevar a imágenes escenas de acción, mantiene la tensión de una forma magnífica. Tiene tan claro qué se debe ver y cómo se debe ver que cuenta con secuencias magníficas.

Con su nueva película, Zero Dark Thirty (Kathryn Bigelow, 2012) creo que ha subido un escalón más. Para aquel que no la conozca, Zero Dark Thirty es un thriller sobre la operación militar que acabó con la vida de Osama Bin Laden, líder de Al Quaeda. El título original, Zero Dark Thirty hace referencia a la hora: las 00:30 de la madrugada del 1 de mayo de 2011, momento en que el comando SEAL de los marines penetró en la residencia de Bin Laden en Pakistán para eliminar al hombre más buscado de la historia. (FILMAFFINITY).

Lo que podría resultar una película made in yankeelandia en la que se exponen la lucha entre el bien y el mal, lo bueno que son los yankees y lo malos que son los terroristas, bla, bla, bla… no lo es. Gran parte de que no lo sea se debe a que esta película estaba escrita, originalmente, para contar la historia de una misión de captura a Bin Laden fracasada. Sin embargo, en el proceso de producción de la película la CIA realizó la misión que se ve en la película y Obama, premio nobel de la paz, gritó a todo el mundo la gran victoria que era el asesinato de Bin Laden. Así que se rehizo el final de la película para adaptarlo a los hechos. Sin embargo, el resto se sigue manteniendo intacto. Porque esta película habla sobre los personajes que estaban llevando a cabo esta misión.

Hace unos meses se estrenó Argo (Ben Affleck, 2012). Salvando la gran distancia entre ambas películas, la realidad es que las dos hablan de cuestiones muy similares: una misión secreta de la CIA, la acción se da en Oriente Próximo, tenemos un miembros que actúa casi en solitario frente a la idea del resto de la compañía. Pero, mientras que en la película de Affleck las cosas son mucho más blancas o negras, buenos y malos; mientras que en Argo hay un objetivo muy claro; en la película de Bigelow no.

En Zero Dark Thirty no es que no haya blancos y negros, es que no hay colores. Y mucho menos misión. Maya (interpretada por la increíble Jessica Chastain) es una suerte de Capitán Ahad. Se mueve persiguiendo a su propia obsesión usando como gasolina la confianza que tiene en sí misma de que no puede estar equivocada. Osama Bin Laden es el eje central de la película, pero mostrando una gran metáfora del mundo actual, durante toda la película es un fantasma. No le vemos en ningún instante. Lo más cercano que llegamos a encontrarnos a ver su rostro es mediante la captura fotográfica de su cuerpo que realiza uno de los militares que le ha matado. Y aún así, esta imagen está desenfocada. Y sin embargo, no necesita tener una presencia física para notar su influencia en cada aspecto de la historia. Si Maya es Ahad, Bin Laden es sin duda alguna su ballena blanca.

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Zero Dark Thirty representa la persecución a un fantasma desde miles de kilómetros de distancia.

Bigelow no te guía, no te dice qué pensar. Muestra unos acontecimientos lo más neutralmente que puede. Te lleva de la mano a conocer los personajes y lo que les sucede. Y después te libera y deja que seas tu el que se mueva en ellos. El que decida qué pensar, el que decida qué está bien y qué mal (si algo lo está). No hay moralina a mostrar, no hay buenos y malos. No hay, por no haber, ni héroes ni villanos. Creo que este es el motivo por el que se ha levantado polémica en los Estados Unidos a raíz del estreno de la película. Zero Dark Thirty dice estar basada en hechos reales y muestra cómo la información crítica que lleva a Maya a meterse en la obsesión con el personaje del mensajero de Bin Laden que, finalmente, le guiará hasta el propio Osama; se obtuvo mediante la tortura. A esto se le suma que el personaje de Dan (con una magnífica actuación de Jason Clarke, algo que aún no comprendo por qué no se menciona), el que realiza la mayor parte de las torturas, es posiblemente uno de los personajes que nos cae mejor. Así, la CIA rápidamente declaró que no es cierto que la información se obtuviese mediante torturas. Y, a la vez, se han alzado grandes voces de protesta contra la película diciendo que justifica la tortura.

Creo que cualquiera que haya visto la película se ha dado cuenta de que no es así. De que, como he dicho antes, simplemente muestra. Tu eres el que, como espectador, debe ponerse en la posición de pensar si están o no justificadas. La costumbre a que las películas no marquen qué debemos pensar sobre aquello que estamos viendo hace que los espectadores entremos en una dinámica a la que nunca deberíamos entrar. El cine debería dejar espacio al espectador para poder tener una opinión respecto a lo que ha visto. Y debería poder haber dos opiniones distintas. Si esto sucede así, de una forma u otra, esa película cuenta con algo bueno.

Zero Dark Thirty muestra un mundo post Guerra Fría en el que el “enemigo” nunca está a la vista, en el que perseguimos entidades virtuales. En las que tenemos avatares esparcidos por el mundo y en el que en dos clicks podemos hacer cambios a un centenar de miles de kilómetros de distancia. El último plano de la película funciona como una metáfora perfecta. El “Where do you want to go?” final no es sólo una pregunta a Maya, sino a toda la sociedad que representa. Hemos acabado con el enemigo, el gran anticristo. Hemos terminado con el que, se supone, que era el origen y base de nuestros problemas. Nuestra venganza ha sido llevada a cabo. Servida en plato frío trás diez años.

¿Y ahora qué hacemos?

— Arturo M. Antolín —

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