Desde las sombras (I)

con mascaras de gas

Corría entre los árboles del bosque de Frakleton buscando la libertad que años atrás le habían robado: cada paso le acercaba más al precipicio, cada lágrima le alejaba más del pasado…

Llovía sobre el cementerio de Breathed cuando el cura comenzó la ceremonia. Ante la lápida, con el pelo mojado y lágrimas en los ojos, Rodrigo escuchaba, sin creerse aun que su madre hubiera muerto. Hacía tres meses que habían dejado su hogar y se habían mudado a Estados Unidos para que su madre pudiera recibir el tratamiento; pero nada había sido posible. El cáncer se apoderó de su cuerpo como humo negro, rápido, silencioso, llegando a cada hueco y cada rincón, expulsando todo lo que antes llamaban vida.

Su padre le rodeaba con el brazo tras la nuca. Ya no era el mismo. Quizás el humo negro también se había apoderado de él, pensaba Rodrigo, pero su padre no era el de antes. Desde la enfermedad, se había convertido en un ser arisco, enfrascado en la oscuridad de habitaciones vacías donde solo se oía el tintineo de los hielos entre copa y copa. La soledad habitaba como uno más de la familia cada rincón de la casa, escondida tras marcos de fotos familiares y recuerdos de vacaciones pasadas.

Rodrigo guardaba silencio mientras el féretro bajaba buscando su hueco en aquella enciclopedia, llamada cementerio, de historias guardadas en el olvido.

Amén y todos los allí presentes les dejaron solos. “Isabel Miranda. Gran esposa, mejor madre”. Tras un último vistazo, ambos emprendieron el camino de vuelta al coche.

Este recuerdo no era algo fortuito. Cuando uno cumple dieciocho años la vida parece ponerte un cinematógrafo ante tu mirada, de manera que cada uno de los momentos que han marcado tu vida puedan ser contemplados con una perspectiva distinta: algunos los recuerdan con nostalgia, otros los miran divertidos, pero hay veces, sólo unas pocas veces que la madurez se acerca por la espalda antes de tiempo y sin pedirte permiso retira esa venda llamada inocencia, que camufla cada pequeño momento de la infancia en un halo de magia. A Rodrigo la venda le fue retirada en aquel preciso instante en que la luz de dieciséis velas iluminaba su mirada. Levantó la mirada y vio a su padre, arropado por una amalgama de seres desconocidos para él, que sólo buscaban compadecer la tristeza de aquel niño en cada cumpleaños. No le conocían. No sabían nada de él. No le querían.

Dio un portazo y corrió calle abajo. Creyó oir gritar a su padre, pero el latido de su corazón se había apoderado de él: un tambor que retumbaba en su cabeza a un ritmo frenético y que reverberaba fuertemente en su pecho.

No sabía dónde ir, sólo quería dejar atrás esa hipocresía que había inundado aquel lugar que antes llamaba hogar. Cruzó la calle cuando un coche le deslumbró y le hizo caer al suelo. Retrocedió arrastrándose hasta llegar a un callejón.

Dejó caer su espalda hasta dar con el alma en el suelo. Se hundió en la lluvia, buscando en su memoria recuerdos de su madre, pero una niebla espesa había inundado su mente impidiendo avanzar apenas dos pasos en la historia de su vida.

Levantó la mirada y observó como una sombra se acercaba hacía él. Podría haber corrido pero, no sabía por qué, aquella figura le atraía y obligaba a mantener su espalda contra la pared. Cuando se encontraba a apenas dos pasos de él, la sombra alargó su brazo y cubrió la cara de Rodrigo con su mano. Con un leve empujón, la pared desapareció y la luz de Rodrigo con ella, dando paso a una oscuridad nunca antes sufrida en él: sintió como su cuerpo caía hacia un vacio lleno de sombras. A lo lejos, la figura le observaba, y no sabía por qué, pero parecía que le sonriera.

No tenía miedo. Desconocía los motivos de su despreocupación, pero el riesgo a morir tras aquella caída no le provocaba el mayor temor; al contrario: una sensación de tranquilidad invadía cada músculo de su cuerpo.

La caída frenó en seco y le depositó sobre una superficie abrupta. Aún inmóvil notó como algo se movia bajo su cintura. Sus movimientos eran pesados pero consiguió girar la cara para intentar ver qué era aquello. La oscuridad reinaba y le era imposible distinguir más allá de sus antebrazos, aunque podía notar como aquella superficie respiraba. Una respiración pausada, tranquila, pero aquel no era el movimiento que él había sentido.

No se percataba de lo que estaba sucediendo hasta que una mano le tapó la boca. Intentó zafarse pero tenía demasiada fuerza. Otra mano giró su cuerpo, poniéndole cara a cara con el ser que le agarraba: parecía una criatura humana, pero sus facciones habían sido reducidas a meras ranuras en un rostro desfigurado, sin piel: sólo las ranuras y aquella mirada, una mirada atrapada por el pánico que indujo a Rodrigo a confiar en ella. Se dejó llevar cuando aquel cuerpo lo apretó contra él, contra la superficie. Allí, quieto, miró a su alrededor y vio cientos de miradas aterrorizadas por algo que escapaba a su visión.

Todos los ojos se cerraron y Rodrigo vio pasar a un hombre por encima suya. Llevaba lo que parecía ser una máscara antinuclear y un mono de color oscuro. Observó cómo se detenía y entendió que debía cerrar los ojos como los demás. Los pasos se acercaban cada vez más a su posición: el hombre volvía. Rodrigo se mantuvo con los ojos cerrados, tratando de contener la respiración cuando sintió otra respiración a escasos centímetros de su cara. Si la caída no había acabado con su vida, estaba seguro de que aquel hombre no tendría ningún problema en hacerlo.

O cogía aire o se asfixiaría, así que cuando ya no podía más cogió una gran bocanada en el mismo instante en que una sirena rompía el inquebrantable silencio que reinaba en la zona. El hombre no pudo verlo ya que había elevado su mirada para ver algo que sucedía a lo lejos. Cuando volvió a mirar donde se encontraba Rodrigo, éste ya contenía la respiración de nuevo.

Se alejó corriendo, cuando todos aquellos cuerpos que se amontonaban alrededor de Rodrigo comenzaron a moverse lentamente. Él apenas podía hacer un movimiento ya que estaba paralizado por el pánico. Al cabo de unos instantes, la sirena dejó de sonar, y el silencio reinó de nuevo. La mano que le sostenía por la cintura, y que era la misma que momentos antes le había tapado la boca, tembló levemente. El cuerpo al que ella estaba unida hizo lo propio y comenzó a moverse.

Cuando Rodrigo por fin fue capaz de abrir los ojos se encontró ante él aquella cara demacrada que minutos antes había salvado su vida. Algún reducto de su mente quería poder reconocer aquella mirada, y sabía que aquella mirada trataba de ser recordada. La luz se hizo en un pequeño rincón de su memoria en forma de recuerdo: aquella mirada no pertenecía sino al hombre que había convertido cada día de su vida en una pesadilla, en un infierno plagado de humillaciones y mellas físicas: el hombre que regentaba el internado en el que su padre se había visto obligado a dejarle hacía cuatro años, cuando descubrió lo que le diferenciaba de los demás.

Aquel hombre había intentado erradicar cada abominación, en el cuerpo y en el alma de Rodrigo, en nombre de Dios. Su padre, aún sabiendo lo que entre aquellas paredes sucedía, sólo pensaba en hacer bien a su hijo, un bien que sólo el conocía.

La mirada se sintió reconocida y observó la rabia en el fondo de Rodrigo. Bajó los ojos y susurró en la oreja del chico: “Corre”, y con un fuerte impulso, le dejó en pie sobre la superficie. No sabía a dónde ir. Había hombres que detectaban todo movimiento. ¿¡Cómo podía escapar de allí?! Corriendo.

Comenzó a correr cuando el foco le iluminó y las sirenas comenzaron a sonar de nuevo. Corrió y corrió. Corría sobre miles de cuerpos que se lamentaban ante cada pisada. Sólo uno de ellos consiguió lo que todos intentaban: agarró la pernera de su pantalón y le hizo caer de bruces.

Con la pierna que le quedaba libre lanzó una patada contra su cara, debilitando la mano que agarraba su pierna, cuando los hombres de las máscaras antinucleares se encontraban a escasos metros. Emprendió la huida de nuevo esquivando cada mano que se erigía en su contra.

La superficie se fue alisando y entró en un terreno boscoso. Un terreno que él conocía: el bosque de Frakelton. Miró a su espalda y vio a sus perseguidores entre los árboles, linterna en mano, ahora acompañados de sabuesos. El rumor de las olas sonaba en el horizonte: sabía que se acercaba a un precipicio. Normalmente, el bosque de Frakelton no lindaba con ninguno, pero sin conocerlo, sabía que en este caso sí. Aun así, continúo corriendo.

Corría entre los arboles del bosque de Frakleton buscando la libertad que años atrás le habían robado: cada paso le acercaba más al precipicio, cada lágrima le alejaba más del pasado… Era el momento. Su vista detectó el borde del precipicio y sin ni siquiera girarse para saber si aún era perseguido, corrió aún más rápido. Sabía que la caída le mataría pero, ¿acaso aquellos hombres no iban dispuestos a hacer lo mismo?

Así que saltó. El aire soplando en su cara. Las gotas rozando su rostro. La fuerte zambullida y el viaje a las profundidades. Bajó y bajó. Perdió el conocimiento pero cuando volvió en si aún estaba en el fondo. “¡¿No he muerto?!” Miró hacía arriba, hacía el cielo, pero no eran las estrellas las que le miraban sino su padre, quien agarraba su mano en un hospital mientras sollozaba. “¿¡He… Muerto?!”

Continuará...

—Jonathan Espino—

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