Detener el tiempo

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El otro día fue el cumpleaños de mi prima. Ya os he hablado de ella. Cumplía tres años el día de Navidad, coincidiendo con la resaca más atroz con la que me he cruzado en mucho tiempo.

En cualquier caso, eran casi las once de la noche y yo estaba poniéndole el pijama después de que ella y toda la familia hubiésemos aguantado un cumpleaños lleno de niños, y de madres, y de abuelas, y de tías. Esto es, que todos habíamos pasado la tarde interactuando con gente, y ella, que era la protagonista indiscutible del día, más aún. La colega había aguantado una Nochebuena frenética con la aparición de Papá Noel y un día de Navidad aguantando a gente y más gente. La admiro muchísimo, entre otras cosas por detalles como que a menudo la miraba en su cumpleaños y veía sus grandes ojos cansados pero sonrientes, y una sonrisa amplia, como si pudiese aguantar mucho tiempo más a toda aquella gente que le cantaba el cumpleaños feliz.

El tema está en que ya por la noche, cuando el cansancio se apoderó de todos y nos abrazaba en el sofá, mientras le ponía el pijama, le pregunté si lo había pasado bien y si le habían gustado los regalos me miró fijamente y me dijo: “¿No te vas a ir, verdad?”. Aquella respuesta a la gallega no respondía ni con mucho a mi pregunta, y además me abrió instantáneamente una especie de abismo que me estremecía y me acariciaba al mismo tiempo. Dicho así tal vez no tenga ni un poco de gracia, pero en su expresión había una especie de miedo. Mi prima me preguntaba con miedo si yo me iba a ir, y yo me sentía como Tom, el protagonista de Muerte entre las flores, sumida en una diatriba sobre si defraudar a mi jefe (mi propia vida lejos de mis familiares) y mi pequeña gran pasión, esto es, complacer a Paula.

Lo cierto es que no podía mentirle, pero tampoco podía decirle que veinte minutos después me pasarían a buscar para salir y, objetivamente, me iba a largar de nuevo. En este lapso de un par de segundos que se me hizo insalvable, la expresión de Paula no varió un ápice y me sostuvo la mirada como una campeona. Así es que le dije que claro que no, que me iba a quedar con ella. Pero ella siempre tiene un as en la manga, y entonces, mientras le abrochaba los botones del pijama, me preguntó si para siempre. Y reí, como despreocupada, y le dije que claro que sí, que siempre iba a querer jugar con ella.

Luego me pidió que jugásemos con unas marionetas que le habían regalado y traté de aparentar una calma que no tenía en absoluto después de aquello. Traté de recomponerme riendo mientras jugaba con ella, y me distraje más tarde al teléfono y con mi mejor amigo mientras nos tomábamos algo y recordábamos la noche anterior reconstruyendo hechos, como de costumbre. Pero Paula es como esas inmensas preguntas de Nacho Vegas, o como las películas de Bergman, o como los libros de Michael Ende, que siempre te dejan un reguero de pensamientos con aire interrogante, y aquella noche quise que las vacaciones no terminasen nunca, y que mis familiares, y mis amigos, y mi casa del pueblo fuesen eternos, algo que atenta contra mis principios y contra ese lema mío de que pocas cosas duran eternamente.

En los ojos de Paula había el cariño suficiente como para parar la mitad de los relojes de mi vida, y era un cariño que no percibía todos los días, un cariño trémulo, como temeroso, como el que se acumula en la voz de mi abuelo cuando me tengo que ir y me pregunta cuándo voy a volver la próxima vez.

Siendo así, tras varios años habituada a echar de menos constantemente a gente esté donde esté, y ya plenamente acostumbrada a la nostalgia como condición intrínseca de mi existencia, renuncié a toda mi entereza bajo las sábanas de mi cama y quise atascar el tiempo en el día siguiente para retener a toda la familia durante un par de días más y poder mirarlos sólo para experimentar el grado de felicidad que me proporcionan.

Lo cierto es que no suele pasarme esto de querer parar el tiempo por algo en concreto, y en una quincena ya he deseado hacerlo unas veinte veces, bien por la existencia de ciertas personas o bien por las circunstancias que estas personas propician. Entonces me planteo la cuestión de cómo es posible que de repente mis principios cambien, y yo intente inútilmente sustituir el verso de Virgilio que tengo por lema (Tempus irreparabile fugit) por el “Detener el tiempo” que de repente me acecha. Y entonces he supuesto que a veces hay por ahí personas maravillosas por las que merece la pena cambiar los principios básicos, aunque sólo sea para perder la batalla contra el tiempo.

Porque a veces basta sólo una pregunta para desmontar las convicciones que una ha conformado durante años. Y a veces lo único que quieres es detener el tiempo, aunque esa voluntad esté en las antípodas de tus valores habituales. Y prometo que sólo por esta vez la Navidad ha conseguido ablandarme. Demasiado poco tiempo con Paula supongo. Hasta aquí puedo contar.

Estefanía Ramos

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