Firma Invitada: ¿Qué (coño) hago con mi vida?

Presentación por Estefania Ramos: Que un profesor te hable de Casablanca cuando eres estudiante de Comunicación Audiovisual no es extraño. Que un profesor acceda a escribir unas líneas para un blog de estas características sin recibir remuneración y encima te hable de Casablanca es un absoluto primor. Claro, que lo mismo no está tan fuera de lugar teniendo en cuenta que se trata de José Cabeza, un tipo que tal vez no sepa cortar queso, pero sabe contar historias, y además te enseña lo poderosas que pueden llegar a ser las piezas audiovisuales (especialmente cuando tienen swing y cuando una estudiante de Comunicación más bien parda no está delante de cámara entrevistando a un diputado en el Congreso). 

Hoy no ha necesitado micrófono para dar una clase magistral, sólo ha necesitado unos Bytes y un poco de paciencia.
Gracias una vez más, Monsieur Cabeza.

casablanca

¿QUÉ (COÑO) HAGO CON MI VIDA?

Yo te voy a contestar a esa pregunta, algo que nadie ha hecho antes. Lo primero que tienes que saber es que la gente es demasiado buena. Vivimos en un mundo de Disney donde Pluto nunca caga por las aceras (ni en ningún otro sitio), Goofy es gilipollas y está feliz de serlo y Mickey Mouse tiene unas orejas monstruosas y se cree un sex symbol. Es decir, nadie llama a las cosas por su nombre y todos intentan que tu realidad, lo que eres, sea por sí misma maravillosa, aunque a todas luces esté muy lejos de serlo. ¡Atención! Que no digo que esto esté mal, eh, digo que es así. La gente no te dice la verdad, te dice una verdad ajustada a lo que creen que puedes soportar. Las gallinas tienen muchas plumas, los tiburones tienen muchos dientes y nosotros tenemos muchas ganas de que las personas que nos rodean se sientan bien. Imperativos genéticos, supongo. Si tú le preguntas a alguien, por ejemplo, “¿cómo se va a la Gran Vía?” la persona te puede indicar como llegar hasta allí o no saber dónde está la calle y confesártelo sin ningún apuro, pero no se queda en un tibio “podría ser que sí lo supiera”. O lo sabes o no lo sabes. Cuando tú preguntas “¿qué (coño) hago con mi vida?” el que te escucha se suele situar en la ambigüedad de intentar construir una respuesta que satisfaga igualmente al que la oye y al que la formula, que dé alguna orientación y que deje bien al que orienta, cuando lo más natural sería que se pusiera la mano en el corazón y te dijera: “No tengo ni idea”. Y dependiendo de la cercanía, filiación, simpatía o compasión que te despierte el sujeto que cuestiona también se podría añadir de corolario: “Y tampoco me importa mucho, la verdad”. Pero la gente es buena (y cínica) y nunca te dice eso. Yo soy una excepción y sí te voy a contestar. Allá va: “no tengo ni idea y (dependiendo de quién seas) no me importa mucho, la verdad”.

Así que si quieres saber qué (coño) haces con tu vida solo te queda una posibilidad: ver Casablanca (Michael Curtiz, 1942). ¿No has visto aún Casablanca? Te sugiero que dejes de perder el tiempo leyendo esto y busques Casablanca como las pequeñas tortugas buscan el mar cuando eclosionan sus huevos. ¿Y si ahora mismo te cayera un piano en la cabeza (cosa poco frecuente, pero posible) y te murieses sin ver Casablanca? ¡Qué catástrofe! Te habrías perdido una de las cosas por las que merece la pena vivir y ya sería irremediable (eso y todo lo demás porque estarías muerto). Casablanca es una película de autoayuda, pero normalmente esta característica pasa desapercibida. Es necesario haber leído al menos un libro de algún semiótico –si puede ser francés, mejor- para saber ver bien Casablanca. Y la gente no pierde el tiempo leyendo a semióticos (¡Gracias a Dios!). A lo que iba. Cada personaje de Casablanca te da un trozo de respuesta a tu pregunta, y todos juntos forman el puzle que tanto tiempo llevas deseando ver de forma clara y completa.

Empecemos por Sam (Dooley Wilson), el pianista negro, un personaje simpático, entrañable, amoroso… y jodido. Sam tiene mucho miedo. Que si no quiero tocar la canción porque Rick se va a enfadar, que si me pagan el doble en el Blue Parrot pero digo que no porque Rick está delante, que si Rick me esconde los documentos en el piano y no digo nada, aunque me la esté jugando porque sea negro y los nazis estén merodeando por aquí… ¿Por qué tiene tanto miedo? Sam es un sin papeles. Rick le ha dicho que de momento es lo que hay, pero que cuando mejore la crisis, digo la Segunda Guerra Mundial, hablará con el Capitán Renault sobre el tema. Por eso Sam está asustado y trabaja sin descanso 8 o 9 días a la semana, ni se plantea pedir un plus por horario nocturno y asume que tendrá un cáncer de pulmón, más pronto que tarde, con todo el humo que se traga en el Rick´s Café. ¿Qué se puede aprender de Sam? Que aunque tiene miedo, sonríe, y mucho. ¿Eso hace que deje de tener miedo? No, pero le alivia, como cuando bebes un vaso de agua después de tomar chocolate. Y quizás no sería bueno que no sintiera ese miedo. Uy, perdón, ¡qué barbaridad he dicho! Quizás no; seguro. El miedo ayuda o vence. Creo que lo mejor es que te quedes con la primera opción. Tú mismo.

Hablemos de Ilsa (Ingrid Bergman). Vamos a ver, bonita, ¿es que no tienes una hermana, una madre, un amigo gay que te diga “nena, este tío es un piernas”? Esmóking blanco, trabaja en la noche, te invita a cenar solo porque el garito es suyo, pero, ¡por Dios!, mira como sujeta el cigarrillo entre los labios… Que sí, que ya sé que estuvisteis liados de Erasmus en París y fue maravilloso, pero ya sabes que la vida erasmus es como estar en Gran Hermano: todo se magnifica. Dime como se explica si no eso de “Rick, tienes que pensar por los dos”. Nena, cómo te coja alguna feminista te va a poner en tu sitio (y bien merecido lo tienes). Ya me gustaría a mí poder arrojarme a los brazos de un Rick y decirle, oye, resuélveme los problemas y cuando estén solucionados ya me llamas, como si fuera una tostadora que metes el pan de molde, bajas la palanquita y al rato saltan las rebanadas listas para ser untadas con mantequilla. Nada desearía más (bueno, excepto que Messi jugara en el Real Madrid), pero no se puede. La vida no es un desayuno preparado, la vida es un a ver qué (coño) puedo desayunar hoy, que es muy diferente. Hay que buscar, no esperar, aunque la Ilsa que tenemos dentro siempre tire de nosotros. Es peligrosa (como cualquier sueca de buen ver, por otra parte) y hay que tenerla controlada.

¿Qué decir del Capitán Louis Renault (Claude Rains)? Es como esas señoras de más de 50 años con permanente anti-huracán que se cuelan siempre en la charcutería, pero aplicado a todo. Un vivo. Se mueve por la Segunda Guerra Mundial como si estuviera viendo un partido de fútbol por la televisión en calzoncillos, con los pies sobre la mesa y una cerveza en la mano. ¿Por qué? Porque sabe que los límites son como los pasos de cebra: estás a un lado de ellos o al otro, pero tampoco es para preocuparse en exceso, porque puedes pisarlos cuantas veces lo consideres necesario para seguir avanzando. Digamos que esta actitud ante lo fronterizo, lo prohibido o lo indebido te puede llevar a un mal final, pero también a uno bueno. Cuando empieza a girar la bola en la ruleta del Capitán Renault nunca sabes en que número va a caer: flexible, egoísta, comprensivo, servil, creativo, desalmado… Potencialmente puede ser un hijo de puta, pero también un héroe. Vamos, como todo el mundo.

Y luego está el personaje más odioso de todos: Víctor Laszlo (Paul Henreid), el marido de Ilsa. Víctor es como Spiderman, pero sin superpoderes y, claro, eso resulta poco creíble, porque a fin de cuentas Spiderman puede balancearse por los rascacielos de Nueva York; le cae un edificio encima y es como si nosotros tuviéramos un catarro, que estamos algo atontados, pero seguimos adelante, y cuando le puede suceder algo malo le salta el sentido arácnido y le avisa (¿habrá algo más útil?). Lo que quiero decir es que si eres Spiderman es lógico que consigas todo lo que quieres. Pero Víctor no es Spiderman, y aún así sabe que su mujer le engañó, la perdona, se ofrece para sacrificarse por ella -aunque se quede con “el piernas”- y si coge el avión para Lisboa la Segunda Guerra Mundial ya estará ganada. Y eso llevando un traje impecable y no el pijama de Spiderman. ¡Vamos, no me jodas! (con perdón). Esto no pasa nunca. Los objetivos o los deseos son peces resbaladizos que se te escapan de las manos cuando crees que ya los tienes bien apresados… y eso cuando pican, que te puedes estar toda una vida con la caña echada y nada. ¿Y por qué pescar entonces? Porque es bonito y porque para qué quieres el tiempo si no es para usarlo en algo así. Es decir, la idea es que las metas son una herramienta y no les pidas más. Víctor es un personaje de ficción (¿es que no te has dado cuenta?); olvídate de que la sueca se quede contigo, te rías de los nazis y el mundo cante contigo la Marsellesa. ¿Qué luego pasa? Olé, olé, olé. Pero yo apuesto contra ti.

Y llegamos a mi favorito: el Mayor Heinrich Strasser (Conrad Veidt). Habría que hacer una campaña para que todo el mundo se animara a tatuárselo en el brazo o algo así. ¿Por qué? El nombre, el aspecto, la actitud, la ropa. ¡Cómo impone un uniforme de la Gestapo! Imaginaros a Darth Vader sin traje. No es lo mismo, ¿verdad? Strasser proyecta una imagen de ser un gran miserable con el único objetivo de arruinarle la vida al que se le ponga por delante. ¿Seguro que es tan importante detener a Víctor? No habría gente para detener ni nada en el norte de Africa y en plena guerra. Pues no. Strasser a lo suyo. A por Víctor. Lo maravilloso de todo esto es que se sabe que es un hijo de puta al segundo. ¿No sería increíble que cada vez que nos cruzáramos con alguien ya supiéramos que va a ser nuestro Mayor Heinrich Strasser? No es posible, lamentablemente, por eso hay que llevarlo tatuado, para recordarnos que cualquiera puede ser Strasser y que no pasa nada, que es natural que sea así, que hay veces que percibimos que alguien tiene como único objetivo que nosotros no seamos felices y no consigamos lo que queremos hacer con nuestra vida. Es parte del juego y lo hace más interesante. Si Strasser (¡tiemblo solo de escribir su nombre!) no existiera Casablanca no sería Casablanca. ¡Bienvenido sea!

Y, por último, Rick (Humphrey Bogart). Primero de todo, Rick se fue a miles de kilómetros de su casa para ganarse la vida (no digo más). Vayamos al final de la película. Rick vende el local, se queda con el Capitán Renault, que es un gran tipo para seis whiskies y dos madrugadas, pero poco más, y sabe que, con la cara que tiene y en cuanto se quite el esmóking y la gomina, será difícil que otra mujer como aquélla (y encima sueca) quiera lavarle los calzoncillos todos y cada uno de los días del resto de su vida. Es decir, que si hacemos una evaluación mínimamente seria de su situación debemos concluir que tiene una vida de mierda por delante. Pero Rick tiene ilusión. Un plan. ¿Qué plan? No me acuerdo bien, y no sé si importa mucho, pero sí sé que le hace ilusión ¿Cómo conseguir ilusión? Lamentablemente es de las pocas cosas que no te venden los chinos de la tienda de la esquina. El origen de la ilusión es variado: se tiene, te la dejan, te la encuentras, se ahorra, se transmite, te la dan con el periódico los domingos… Lo importante, más allá de su origen, que ningún artículo científico ha sido capaz de desvelar aún, es que hay que llevarla en los bolsillos, como hace Rick, para poder usarla en cualquier momento del día. Todo el mundo se cree que en el aeropuerto Rick tiene la mano en el bolsillo de la gabardina para ocultar la pistola. ¡Pobres necios! En ese bolsillo está todo lo que necesita Rick (y cualquiera) para seguir adelante: la necesidad de saber que incluso ese momento tan difícil es el principio de algo ¿De qué? Lo siento, eso no era lo que preguntabas. Suerte, valor y Casablanca.

— José Cabeza —

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