Resa… qué?

Estoy convencida de que grandes obras de nuestro catálogo cultural se han escrito bajo los efectos del alcohol, o bajo los efectos del efecto de beber alcohol descompasivamente, esto es, la resaca.

A mí estas fechas que a más de dos le resultan tan adorables me parecen una excusa perfecta para brindar por todos esos propósitos de año nuevo que todo el mundo olvida nada más llegar el quince de enero. Yo nunca los he hecho, si os sirve de consuelo, pero brindo siempre por los de los demás. Dejar de fumar, dejar de acostarse con desconocidos compulsivamente, dejar de tomar la píldora del día después como método anticonceptivo de uso frecuente, dejar de beber (bueno, yo algunos domingos me lo he propuesto, no se crean), estudiar más, acordarse del cumpleaños de las madres, las suegras, los abuelos, las vecinas y el nieto del primer alcalde después de Franco… Ya saben, esos propósitos.

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Si os fijáis, llegan a resultar incluso literarios, especialmente en noviembre, cuando a la mayoría de la gente le da por recordar cuáles eran y si escasamente ha podido cumplir uno de los veinte propuestos. Qué cosas tiene la naturaleza humana. Y cuán poderosas las convenciones sociales. Y qué convencimiento nos invade a finales de año, eh? Esos propósitos, junto con los regalos de Navidad amontonados en el armario y escondidos dentro de cajas de apuntes para que nadie los descubra son muy curiosos si se les mira de lejos. Y de cerca, vamos, es que no dejan de resultarme curiosos. Y ya si se ponen al lado de la ropa interior de color rojo que muchos iluminados aún usan para año nuevo parecen casi un regalo divino.

De este modo, parece ser que la Navidad para muchos se convierte en una interminable lista de propósitos -que ni en tres vidas podrían cumplirse-, un sujetador y unas bragas rojas al lado de los vertiginosos tacones para la noche de fin de año. Pero, ¿qué pasa con todo eso a medida que pasa el año para que nos vayamos olvidando hasta de lo que pretendíamos hacer el día siguiente? Yo os lo diré: el proceso comienza la misma Nochevieja, y se llama alcohol. El día siguiente, es una pedante dama con el rímel corrido que se llama resaca. Y si la resaca de Nochevieja te persigue hasta un par de días después de Año Nuevo, felicidades, estás en el camino correcto.

Todo esto pensaba yo el día 1 de enero de este año, cuando, tumbada en el sofá de mi casa mientras miraba la tele sin ser capaz de moverme ni siquiera para cambiar de canal porque Dani Rovira había invadido Paramount Comedy, me paraba a pensar sobre la absurdidad de la condición humana en estas fechas entrañables. Claro, que cuando ves la Navidad como una excusa para ver a tus familiares y amigos y de paso ponerte hasta el ojete de comer y beber como si lo fuesen a prohibir y no como unas fechas para recibir más regalos, adornar la casa y comprar cosas que ni de lejos necesitas, supongo que puedes ver las cosas con más distancia.

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Así es que ya en el sofá sin mayor aspiración que vomitar lo último que me quedase en el cuerpo, deduje que la resaca era un estado de aletargamiento después de la creatividad. Sí, me dio por pensar en que el alcohol dotaba de creatividad al ser humano, es que aún tenía ginebra en las venas.

Entonces me dio por pensar si no era cierto eso que siempre había dicho Sabina de que sólo echaba de menos la cocaína cuando se sentaba a escribir y la inspiración no le llegaba. Bueno, quiero decir, es un caso exagerado, porque yo desconozco qué experimentan los que toman cocaína, pero en cualquier caso me sirve para decir que ciertas sustancias psicotrópicas nos dejan en un estado creativo. No hay cosa más creativa que escuchar las perlas que salen de la boca de la gente cuando se ha bebido, especialmente si tú le doblas la cantidad de alcohol en vena.

Así es que en Navidades se derrocha creatividad, por lo menos entre mis amigos, que con la excusa de encontrarnos atentamos contra nuestros hígados como si estos tuviesen la culpa de no haber cumplido un solo propósito del año anterior. Yo creo que esto suele ser así en todos los grupos de amigos jóvenes, y si no se da el caso es que esos jóvenes no son españoles o, si lo fueron, estuvieron en las JMJ (oh, wait…). En cualquier caso, la borrachera es un estado creativo donde incluso se alcanzan niveles de vanguardismo. Me diréis que hay algo más dadaísta que ver cómo alguien intenta sin éxito dar con el hueco de la cerradura. Es creatividad pura, e inspiración vibrante.

El clímax de la creatividad llega durante la embriaguez, entonces se desarrollan las ideas pertinentes, o el nudo de acción más importante, o lo que fuere en casa caso. Y luego en la resaca se escriben los párrafos de desenlace, normalmente agridulce. Y las obras siempre son geniales.

Quiero decir, que por ejemplo, en términos cinematográficos, el summum de la creatividad hubiese llegado de la mano de la secuencia de montaje del bautizo y la serie de asesinatos que se desarrollan en El Padrino, y la resaca corresponde con la conversación entre Michael y Kate que da fin a la película. Ya, ya sé que comparar una resaca, por creativa que sea, con El Padrino puede resultar digno de pena de muerte. Pero a lo que voy, para que me entendáis, que en todas las resacas hay siempre algo bueno, aunque sólo sean las risas que te echas con tus amigos cuando las recuerdas y cuando intentas hacer memoria de cómo llegaste a esa resaca, pero ni siquiera ellos pueden ayudarte porque iban peor que tú.

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Con esto sólo quería instaros a que estas fiestas os caigáis de lleno en una marmita de vuestro tipo de alcohol preferido y no descanséis hasta darle fin. Claro, y el día siguiente tener la sensación de que habéis sido tan creativos que vais a echar hasta el bazo.

Nos vemos en 2013, mangurrianes.

Estefanía Ramos

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