La noche en que me di a la Ginebra

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Esta entrada tiene este título como podía haber tenido cualquier otro: Soy gilipollas y me lo gozo, Con la Navidad en los talones, Suiza en un par… Sí, y es además lícito que esta historia tenga un ambiente navideño que es acorde con las fechas. Por nombres mil que pueda tener este artículo, todo empieza con un retraso, un alemán y un erasmus español cabezudo. La suerte estaba echada, el 23 no tocaba volver por Navidad.

Antes, introduciré al lector en circunstancia: yo siempre fui de los que pensó que la Navidad era una chorrada creada para gastar dinero, emborracharse y al final de estas fechas darle un susto al endocrino. Pero desde que empecé el Erasmus en Estrasburgo (Capitale de Noël), con sus iluminaciones, su espíritu navideño, la nieve, el frío y el hecho de estar a más de 1.800 kilómetros de casa… bueno, que este año tenía más ganas que nunca de volver a casa… por Navidad.

Volviendo al primer párrafo, el pasado domingo día 23 de diciembre perdí mi vuelo que me llevaría desde Basilea a Madrid. No entraré en los motivos que son una mezcla de laxitud española, rectitud alemana y unas malas circustancias. Total, que me vi en ese momento viéndome fuera de casa, por Navidad, perdiéndome la cena con los colegas (la famosa Nochemala que bien daría para un extenso artículo de turbiedad humana), el abrazo de mamá… eso, que me pongo sensible.

Panorámica del Lago de Leman

Tras un ataque de pánico (temblor, sudores fríos, etc.), esa parte reptiliana de mi cerebro, que a veces me asusta, decidió que era hora de buscar otro aeropuerto, para, si bien no llegarn el 23, el 24 a primera hora. La solución se presentó atravesando Suiza de punta a punta, próximo destino: Ginebra.

Y de ahí el título de mi entrada, embebido de la ilusión de visitar una ciudad bellísima, inicié este viaje con menos pesadumbre de la que debería. Dos horas, casi tres, en tren y otro alemán errante de por medio; desembarqué en Ginebra. Visité la ciudad, hice turismo y me hice las fotos típicas que un viajero se haría en esta ciudad. Un encuentro fortuito con unos colombianos, foto de grupo y cada uno por su lado.

Ya de vuelta a la estación, y a una noche en el aeropuerto que se preveía muy muy larga, me reencontré con este pequeño grupo de ocho colombianos. Ahora mismo el día, que yo mismo califico como uno de los más raros de toda mi vida, tomó un cariz que yo nunca había supuesto. Cuando hablo de buena gente, creo que siempre se me aparecerán en mi cabeza esas ocho caras de mis salvadores del día. Por aquello por lo que dije: «Es Navidad».

Foto de foto de familia

Foto de foto de familia

Y no es para menos, a mí este gesto de su parte (de estos ocho colombianos, bellísimas personas todos ellos) me demostró la importancia de enccontrar una cara amiga. Porque, no sólo acogieron a un extraño en medio de la noche (con mis ojeras y mi cara bien podría haber pasado por el hermano feo de los Izquierdo de Puerto Hurraco), sino que me ofrecieron compañía, conversación, comida, agua y cerveza. Fueron unos señores anfitriones todos ellos y nunca se lo podré agradecer suficiente.

Hablamos largo y tendido de todo y de nada, nos contamos intimidades, experiencias, de la guayaba y del bocadillo, de los tipos de platanos, bananas y bananos… de Colombia y de su patria chica, de España. Hablamos de todo y no hablamos de nada; y de madrugada, me volví a mi patria grande.

Y volví, porque aunque seas un culo inquieto, un viajero pertinaz, no hay mejor sensación que volver a casa por Navidad.

Esta entrada está dedicada a todas aquellas personas que pasan las Navidades fuera de casa. A mi madre y, sobre todo, a este grupo de amigos a los que no esperaba encontrar y que siempre recordaré. Muchas gracias por todo.

— Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantarero —

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