Firma Invitada: La Universidad tenía un precio

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Aparte de ser un tipo encantador, César Dézfuli es estudiante de Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Actualmente reside en Poznam, Polonia, donde está cursando un Erasmus que, por otro lado, no hace más que provocarnos una envidia sana al resto de los mortales, dado que nos obsequia a menudo con fotografías maravillosas. Además de ser buen fotógrafo y un tipo encantador, es un proyecto de periodista, uno de esos periodistas que el universo mediático necesita, un exponente más del periodigno; no tenéis más que leer las líneas que vienen a continuación para corroborar este argumento.

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No, no voy a criticar los recortes económicos, éticos e intelectuales en educación que el Partido Popular está llevando a cabo, eso es algo a lo que otros han dedicado ya mucho tiempo. Voy a criticar algo que va más allá de simples cifras, pero cuya importancia cala más hondo en la sociedad. Voy a criticar el resultado de la falta de profesionalidad e interés que los sucesivos gobiernos de España han demostrado en los últimos años a la hora de enfrentarse a una reforma educativa más que necesaria, que de una vez por todas cree las bases de una sociedad futura preparada y segura de sí misma, una sociedad que realmente sepa lo que quiere, que tenga la posibilidad de elegir y que lo haga, que no se deje llevar por la masa, pues al final esa masa termina convirtiéndose precisamente en eso, en una mezcla uniforme que no genera ni el más mínimo interés donde debería generarlo.

Permitidme que me explique.

Estas últimas semanas se publicaros unos resultados que colocaban el nivel educativo de nuestros más pequeños como uno de los últimos de Europa. Algo más que normal si nos paramos a pensar que hasta en sexto de primaria nos ponen a jugar con plastilina y arcilla. Es más que sabido por todos, y cuando digo todos me refiero al mundo entero, que los seres humanos adquirimos los principios básicos de nuestros conocimientos y nuestros comportamientos sociales en nuestra primera etapa educativa, ¿cuántas veces habéis oído eso de que “los niños son como esponjas”? El problema es que si en España empapamos esas esponjas  en el más sucio de los fangos, los niños nos tienen que salir rana por narices. Y esto de debe a que nuestra clase política nunca tuvo principios, porque nunca tuvo la necesidad de ganárselos. Es por ello por lo que a la hora de crear leyes, como las 7 reformas educativas que llevamos desde el inicio de nuestra democracia –la octava está al caer­–, se preocupan más por contradecir al partido vecino, echar un guiño a la Iglesia, ya sea desde el hipotético partido socialista o desde el arcaico partido popular, y agitar el gaznate cual pavo real en celo para anunciar que sus ministros están “con las manos en la masa”. Esas preocupaciones les hacen olvidar cuáles son realmente las necesidades y carencias de la ciudadanía, cuyas leyes deberían solventar.

A ello le sigue una educación secundaria a la que denominaría como “despreocupada”. La adolescencia, algo que todos hemos sufrido y disfrutado, es un periodo en el que necesitamos atención, o al menos supervisión, para evitar descarrilamientos. Pero debe ser una supervisión disimulada y con apariencia de libertad. Los adolescentes deben sentir la capacidad de elegir, es más, deben aprender que el hecho de elegir es algo de lo que sentirse orgulloso, y que esa elección, a la larga, puede generar  satisfacción o insatisfacción, pero siempre con la seguridad de que es lo que uno mismo ha escogido. Esta idea es la que debería potenciar la ley educativa durante la ESO. Dejarse ya de inventar absurdas asignaturas complementarias y reforzar los currículums académicos de las ya existentes; partir de una enseñanza primaria de calidad que dote a los alumnos de unos conocimientos básicos generales y que a partir de ello se potencie su capacidad de elección, dándoles la oportunidad de elegir en secundaria aquella rama que más atractiva les parezca. Tal vez comenzando con una rama de opciones más restringida en los dos primeros años, que vaya ampliándose y concretándose en adelante.

Pero no es así. Durante la ESO calman nuestro apetito con absurdas asignaturas optativas sin un objetivo claro,  que por lo general son un tanto irrisorias. Con ellas intentan hacer más ameno el bloque de asignaturas obligatorias, generalizadas y casi universales, aunque raramente lo consiguen. Tratan de paliar la carencia de conocimientos que deberíamos haber ganado en la primera etapa, y para ello ningunean al alumnado, lo sitúan en una escala inferior,  lo agotan sistemáticamente y le venden la moto de que en Bachillerato deberá elegir la rama a la que querrá dedicarse en un futuro. Cuál es la sorpresa cuando a la hora de elegir nos vemos atados de pies y manos por la inseguridad –alimentada por la inexperiencia– ante una elección que pronto descubriremos como insuficiente, pues tan sólo 3 de las 8 asignaturas que cursaremos después serán de cosecha propia. Y, sin embargo, esas 3 asignaturas van a suponer una limitación absoluta en el acceso posterior a la universidad.

Este conjunto de irresponsabilidades son las que propician los alarmantes resultados de abandono escolar que nuestro país recoge cada año, y que ya se sitúan en torno al 25%.

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Y ahora me remango para hablar de la universidad. Ese ente de enseñanza superior que durante siglos ­– desde el siglo VI, con la escuela de Mileto, los Sofistas o las más grandes universidades nacidas durante la Edad Media­– dieron nombre y apellidos a filósofos, astrólogos, políticos, economistas, médicos, periodistas, abogados… que debían demostrar su valía para ganarse un título que después les traería el prestigio a través de su trabajo. Estas universidades ejercieron durante todo ese tiempo un papel de criba en la sociedad (teniendo siempre en cuenta que su acceso no era tan democrático como lo es hoy en día). Eran un trampolín hacia una vida mejor, el acceso a un status superior cuyo poder no residía en la prepotencia con que se liga hoy en día al poder, sino en la posesión de conocimientos. Unos conocimientos reales, especializados; una educación superior que al fin y al cabo es como se define a la universidad.

Sin embargo, este ente –y perdonadme por la expresión que voy a utilizar– ha sido violado de la más sucia de las formas. Su democratización ha supuesto la pérdida de su valor. Pero no quiero que esto suene como si apoyase un sistema de clases. Lo que quiero decir es que se ha confundido el libre acceso a las universidades con la bajada del nivel de las mismas. Debe haber una universidad universal y de libre acceso para todos, pero sólo económicamente hablando. Lo que no se puede permitir es que el título universitario se venda a precio de saldo y que debido a ello, haber pasado tres, cuatro o cinco años estudiando una carrera ya no suponga un extra en tu currículum vitae. Y esto se debe a que en este país se ha vendido la universidad como una prolongación de la secundaria, situándola casi como un nivel de educación básico que todo el mundo debe poseer.

En España, al acabar Bachillerato, nos empujan hacia la selectividad sin a penas posibilidad de mirar hacia otro lado. Nos presentan la universidad en un altar celestial y nos dicen que nos abrirá las puertas a un hipotético futuro mejor. Yo llegué a escuchar que “ahora hasta para ser barrendero o cajero se te exige ya una carrera universitaria”. ¿Pero cómo hemos llegado a este punto? A mí me queda un año para acabar la universidad, y veo que el día que me tenga que enfrentar a una entrevista laboral en mi sector, lo que va a primar no va a ser el hecho de que tenga una carrera universitaria, sino que eso será algo que ya den por hecho que poseo.

Y a lo que quiero llegar con esta reflexión es a la idea de si es positivo que todo el mundo invierta años de su vida estudiando carreras universitarias para después trabajar en sectores que nada tengan que ver con esos estudios, consiguiendo con esta popularización de la universidad un descenso del nivel educativo de la misma y una anulación del prestigio del título universitario. O si tal vez nuestros políticos deberían de pensar en ofrecer a nuestros estudiantes alternativas a la universidad, que sean más prácticas y productivas y que les ofrezcan salidas laborales directas a la vez que devuelvan a las universidades el status que nunca debieron perder. Los módulos de grado medio y superior pueden ser una buena opción, aunque no suficiente. Pero aún así, nuestra sociedad tiende a verlos como algo mediocre, algo que seguramente costaría años cambiar, pero más costará si no nos decidimos a empezar con ello.

En Alemania disponen de un sistema de educación secundaria completamente volcado en la especialización del alumnado, ofreciendo incluso un programa de prácticas profesionales antes de acabar bachillerato. De esta forma consiguen motivar a sus alumnos y les permiten tantear desde un principio aquellos aspectos que más atractivos les parezcan, sin obligarles con ello a enfocar su futuro laboral directamente hacia ello. Esta es una de las principales razones por las que su país tiene tal facilidad de crecimiento y entereza ante las adversidades económicas, porque tienen unas bases intelectuales bastante firmes. Aunque, corriendo los tiempos que corren, ¡Dios me libre de poner a Alemania como ejemplo!

 — César Dézfuli Rello

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