Recuerdos del olvido

67729_10200136053874297_1224009539_n

“No te recuerdo. No se quién eres. Ni siquiera puedo recordar qué comí ayer, ni dónde estoy. Creo que estoy enfermo, pero si me lo han dicho, ya no lo recuerdo. Sin embargo, creo recordar destellos de mi vida. Destellos del pasado que vienen e iluminan las noches cuando nadie esta a mi lado.

Quiero creer que soy yo, ese niño de pelo castaño y pantalones cortos que, rodeado de otros cinco niños que le jalean, sube una tapia para coger las moras de un árbol. Evidentemente, ese árbol no debe ser mío ni de mi familia, porque mi pecho también recuerda esa sensación, ese temblor que te recorre cuando estás haciendo algo mal pero que, en ese momento, te parece una gran idea. Veo imágenes de como conseguí alcanzar una de las ramas, y con mucho sigilo, comencé a comer moras, una tras otra, mientras que mis amigos -al menos creo que lo eran- me ruegan que les tire algunas. A mi pensar, ese niño no debía ser una mala persona porque justo cuando la rama se partía bajo su trasero, estaba guardando algunas de esas moras en los bolsillos de su pantalón. Lo siguiente que recuerdo son los gritos de una señora que piensa que me he matado, y la garrota de un señor mayor que no para de decir que si no estoy muerto, será el quien lo haga.

Creo recordar que la reprimenda de mis padres no fue muy dura -aunque a decir verdad, ni siquiera sé si este fragmento sigue al anterior-. Lo que si que recuerdo es que mi padre no era mala persona, quizás algo dura, pero era un buen hombre. Sin embargo, su cara se ha difuminado en mi olvido y lo único que viene de vez en cuando a mi mente es una carcajada que quiero creer que es suya. Sin embargo, de mi madre tengo la certeza de recordarla toda. Su pelo corto, su amplia sonrisa, y cómo me quería. Creo que nunca nadie me ha querido igual. Y si lo ha hecho, no lo recuerdo.

Y de golpe y porrazo, paso a ver a un adolescente desgreñado y muy delgado, que se acerca a una muchacha de igual delgadez, pero mucho más guapa que el chico. Lo que le dice no lo escucho, ya que a veces estos destellos solo traen imágenes, pero si que puedo ver como me sonrojo -repito, imagino que ese chico soy yo- cuando ella me sonríe y como me vuelve a temblar otra vez todo el cuerpo como cuando saltaba la valla, pero se que este temblor es distinto: no es de miedo, sino el coraje que corre por mi cuerpo envalentonándome para darla un beso. Y se lo di. Y ella no se apartó, que va, me lo devolvió y fui feliz, creo que durante muchos años porque los siguientes destellos son rápidos y confusos y mezclan imágenes de lugares tan dispares y distintos como la noche y el día, pero en todos estamos ella y yo. No puedo recordar su nombre, pero si cada rincón de su cuerpo, y como olía y como sonreía, que parecía que todas las estrellas se fuesen a apagar y que nadie más estuviese en el mundo… Salvo ella.

El siguiente recuerdo me quema, y por ello, sé que es un recuerdo y no un olvido, algo inventado. La pérdida de mi padre me partió en dos. Y no sólo a mí: la sonrisa de mi madre no volvió a ser la misma hasta muchos, muchos años después. No recuerdo su entierro, ni como fue, pero recuerdo el llanto de mi madre contra mi hombro y otra vez un temblor: el de mis piernas al sostener el peso de mi madre para que no se derrumbase, el peso de la pérdida del mejor hombre que conocí y que ya no iba a volver a ver.”

Le acerco un pañuelo y el se limpia las lágrimas. Cuando llora parece incluso más mayor de lo que es. No le interrumpo, sino que le dejo que siga.

“Pero no te asustes, no todo en la vida son penas. El destello del día de mi boda también viene a visitarme algunas veces, aunque no tantas como me gustaría. Y recuerdo lo guapa que estaba ella -su nombre es una duda… Ojalá lo recordara- cuando entró del brazo de su padre a la iglesia. Todos los allí presentes se giraron boquiabiertos. Cuando llegó a mi altura, no pude articular palabra. Ella me sonreía, y con eso me bastaba. No recuerdo ni un gran banquete, ni una gran fiesta posterior, pero sí la noche de bodas, porque fue tan especial, que sé y no tengo duda, que fue cuando vino él. Manuel, el único nombre que recuerdo a ciencia cierta, nuestro primer hijo y la alegría de la casa. Mi madre volvió a recuperar esa sonrisa y depositó en él, el mismo cariño que en mi… A veces pensaba que incluso más.

Destellos van y destellos vienen de como ese niño creció mientras nosotros intentábamos darle hermanos sin éxito. Mi madre se volcaba en él como si fuese su propio hijo y le cuidó mientras que nosotros teníamos que trabajar hasta que ya fue mayor, tanto él como ella. La edad no perdona y ella comenzó a apagarse cuando el llegaba a los nueve o diez años. Recuerdo la edad no sino porque recuerdo lo mal que se encontraba el día que Manu hizo la comunión, y sin embargo, no perdió la sonrisa en ningún momento. Pero al poco tiempo después, no se si fueron semanas, días o meses, ella se fue.”

Vuelve a llorar hasta que pierde el habla. Intento abrazarle pero al no reconocerme me rechaza, y sigue llorando. Decido dejarle solo, aunque se que no queda mucho tiempo hasta que la enfermera venga a echarme. Al poco vuelvo a entrar y parece más tranquilo.

“Mi hijo y mi esposa eran lo único que me levantaba el ánimo y me invitaba a vivir. Parece mentira como no soy capaz de recordar lo que comí ayer, pero el dolor por su pérdida sigue tan vivo como aquellos días. Imagino que es porque un dolor así te atraviesa y no te suelta hasta que tu hora también llega.

Recuerdo la graduación de mi hijo. Médico. Lo recuerdo bien -o eso creo-. No estaba solo aquel día: me acompañaba mi esposa y una muchacha que no… No recuerdo… ¡Sí! Sí, ahora caigo, era la chica de mi Manu. Era muy guapa también aunque no tanto como ella. Ella era la luz de mis días, incluso ahora que tenía más arrugas y más canas, me seguía pareciendo tan guapa como el primer día… No entiendo cómo no puedo recordar su nombre…

Deben de haber pasado bastantes años entre este destello y el anterior, porque mi hijo esta más mayor: lleva barba y gafas, y parece más hombre. Agarra a su esposa embarazada con un brazo y con el otro a su madre, frente a un árbol de Navidad, mientras yo les intentó echar una foto con poco éxito. Días felices como pocos. Aunque le felicidad máxima llego el día que fui abuelo y descubrí que podía volver a querer a alguien como a mi hijo… Y entonces entendí el amor de mi madre por Manu. Pero no sólo eso, también descubrí que existía un amor incondicional, y ese era el que mi nieto me daba. Millones de destellos vienen hacia mí de cuánto me quería, y seguro de cuánto me quiere, aunque ahora no le recordaría si le viera por la calle, se que él no me olvida, ni me olvidará cuando me vaya.

Después comencé a olvidar, a no reconocer. Y pocos son los recuerdos que me vienen de mis últimos años de vida: me encantaría saber que fue de ella, de mi mujer, se que ya no esta entre nosotros porque si no, estaría aquí conmigo, pero no puedo recordar como fue, ni si me despedí, si fui bueno con ella esos últimos días; me gustaría saber si Manu fue feliz, si amó a su esposa tanto como yo a la mía y alcanzó todos los sueños que tenía; y me hubiese encantado ver crecer a mi nieto -o al menos recordar haberlo hecho-, esa persona tan especial y tan llena de vida.”

Se queda pensativo mientras yo me seco las lágrimas. Se gira hacía mi y me pregunta por qué lloro. Yo sólo le abrazo y le digo al oído: “Abuelo, no te preocupes, nunca te olvidaré”.

A mis abuelos, las personas más maravillosas del mundo.

—Jonathan Espino—

Anuncios