Noche de sordidez y pérdida

«...entre la cuarta copa y la tercera raya de la noche. Es más, ni siquiera se la había esnifado todavía cuando...»

«…entre la cuarta copa y la tercera raya de la noche. Es más, ni siquiera se la había esnifado todavía cuando…»

La noticia le llegó entre la cuarta copa y la tercera raya de la noche. Es más, ni siquiera se la había esnifado todavía cuando recibió una llamada. Era su…, aunque la voz al otro lado del teléfono fuera de un hombre cuya identidad ignoraba: «¿Es pariente de…?» El resto de la conversación le pareció tan artificial y tan repetida que no le prestó siquiera atención. Volcó el resto de la cocaína y se la metió.

Salió a la calle, aunque le hubiera apetecido tomarse tres whiskys más. Andó sobre el empedrado recién húmedo, esquivando borrachos y tratando de aparentar sobriedad hasta que encontró un taxi.

—Al Gregorio Marañon, por favor — dijo.

La cháchara del taxista le indujo un sopor frío que le abstrajo de aquel discurso tantas veces ensayado como repetido. No por ello menos vacío. La carrocería sobada en exceso, el olor a sudor rancio de todo el día junto con su propio hedor a whisky acentuaba su propia sordidez. El automóvil dejaba a la derecha el Retiro, cuando en un semáforo pagó y se bajó. Aún necesitaba serenarse.

Accedió al hospital huyendo de la mirada aburrida y ligeramente reprobadora de la enfermera de guardia que fumaba a la salida. Buscó un lavabo y allí se limpió la cara y trató de adecentarse en lo posible. Después de todo tampoco tenía tan mal aspecto, cierto que las ojeras eran inconfundibles, la pupila buscaba un horizonte perdido y el aliento tenía un aroma agrio y desagradable; podría ser peor. Se limpió la cara de nuevo, pero continuaba igual. «Tendría que sudarla unas horas para estar medianamente presentable», pensó, entonces salió y buscó la morgue.

Atisbó movimiento en cuanto llegó, un médico muy joven, alto con gafas de pasta gruesa, de sonrisa nerviosa, se apretaba unas manos sudorosas mientras hablaba con una auxiliar. Al ver a un hombre al fondo del pasillo, agacho la cabeza y trató de poner su cara seria.

—Es usted el doctor…— se adelantó nuestro hombre —. Me han indicado en recepción que hoy usted se ocupaba de la guardia.

—Si lo soy, ¿es el…? — balbució y obtuvo una gélida mirada por respuesta. Continúo —. Un choque frontal, el camión sólo pasó por encima, no tuvo posibilidad siquiera de girar… Están muertos

— ¿Muertos? — su mirada se tornó más hosca si cabe los ojos, pese a un castaño oscuro se tornaron glaucos —. ¿Ha dicho muertos?

— Sí, iban juntos, no hubo oportunidad de reanimarlos, demasiadas heridas externas e internas

No necesitó escuchar más, su cabeza pasó del embotamiento del alcohol y a la actividad frenética, acompaño al doctor por el pasillo. No medió ninguna conversación. En el ambiente cargado sólo se escuchaba el zumbido de los fluorescentes y el eco de los pasos amortiguados del médico, los suyos ni los oía. Según avanzó por el pasillo, el frío se hizo patente y la luz más y más fría. Al llegar a la puerta de metal, el hedor del alcohol se le anudó en el estómago, impidiéndole tragar ni siquiera su propia saliva.

El médico empujó la puerta y entraron a una sala de techos más altos y de luz aun más fría que la anterior. Los arcones de metal arrojaban un brillo lacerante, atemorizando al visitante con sus ofertas de reposos futuro y eterno. Para distender el abiente, el caronte de bata blanca comentó que la mayoría estaban vacíos. La voz entonaba cierta sordina, como disculpándose de tan innecesara intervención. Entonces, mecánicamente, se giró y abrió dos cajones, uno a diestra y otro a siniestra. Los dos hombres se quedaron rodeados de la mayor evidencia de la noche: estaba muerta.

Los dos cuerpos mostraban una belleza que una muerte joven puede tener. Ella lucía un rictus suavizado por la muerte —casi que podía decirse que por el sueño—. Un profundo corte en la mejilla resaltaba con la palidez del rostro, haciendo juego con sus labios morados. Al otro ni siquiera lo conocía, aunque no tenía la cara marcada, un gesto severo hacía juego con un mentón cuadrado al que parecía que le hubiera crecido, incluso, barba que necesitaba un afeitado. «Seguramente, de ello se ocuparán en la funeraria». Los arcones se cerraron, primero el de él, luego el de ella.

Sin volver la mirada, buscó su puente de plata…

«...mecánicamente, se giró y abrió dos cajones, uno a diestra y otro a siniestra. Los dos hombres se quedaron rodeados de la mayor evidencia de la noche: estaba muerta...»

«…mecánicamente, se giró y abrió dos cajones, uno a diestra y otro a siniestra. Los dos hombres se quedaron rodeados de la mayor evidencia de la noche: estaba muerta…»

— Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantarero —

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