Lo que no se ve (y quieres ver)

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Para los que no lo sepáis, hay una asignatura en primero de Comunicación Audiovisual que se llama Lenguaje Audiovisual y, que en nuestro caso, estuvo impartida por la maravillosa profesora Laura Antón (para más información pregunten a la firma de los miércoles), una mujer que sabía transmitir como pocos su ilusión y su entusiasmo por la materia que impartía. Pues bien, su asignatura, a grandes rasgos, consiste en ver  más allá de lo que vemos con los ojos, es decir, ver más allá de lo que vemos a simple vista en el fotograma y hallar el sentido y el por qué de esas imágenes. Me explico mejor con un par de ejemplos.

En una de sus clases, nos puso Vértigo. Nosotros aún éramos unos benjamines en esto de lo audiovisual (ni que ahora fuéramos profesionales…) y vimos el fragmento ante la expectativa de qué nos iba a mostrar esa señora sobre esos fotogramas que se estaban proyectando. En la escena, James Stewart se sube a una silla (no recuerdo por qué) mientras que Kim Novak le mira desde abajo. A causa del trauma provocado al comienzo de la película, Stewart se desvanece y cae en los brazos de Novak. En esto que la profesora para la película y pregunta qué imagen se acaba de representar en esa escena. Todos ojipláticos la miramos, nos miramos entre nosotros, y la volvimos a mirar. Ella nos devolvía la mirada y os puedo jurar que estaba cargada de adrenalina, como cuando un niño va a abrir los regalos de navidad; en este caso, ella iba a abrirnos las mentes (y a algunos las carnes… ahora veréis). Tras una pausa en la que ya consigue ponerte a ti también nervioso, e incluso, si aún no la tenías, crearte la incertidumbre, nos contó que en aquella escena la imagen representada era La piedad. Sí, La piedad de la Virgen y el Cristo de toda la vida. Algunos callamos, asentimos y dijimos: “Pues sí, parece que… Sí”, mientras que torcíamos la cabeza como cuando nos enseñan esas imágenes que te dicen, ¿vieja o joven? Pues igual. Sin embargo, hubo quienes exclamaron que eso no era así, y que por mucho que ella dijera que la imagen estaba ahí, no lo veían, y que por lo tanto, no estaba claro. La profesora zanjó el tema con un: “Es que no se trata de que lo veas, es que está ahí” y el silencio reinó.

Otro ejemplo, un poco más adentrado ya en la asignatura, aconteció con el visionado de El espíritu de la colmena (¿o fue El sol del membrillo? Es igual…). En la pequeña escena, una niña se colocaba bajo unos grandes ventanales que, ya por indicaciones de la profesora, podíamos apreciar, formaba, con la figura de la niña y los marcos de las ventanas, una gran cruz. Esto sí que sí nada más que lo veía ella, pero os pongo este ejemplo para que veáis la dinámica de la asignatura.

El caso es que Laura Antón, aparte de darnos sus horas correspondientes durante esos cuatros meses, nos plantó una semilla que sin darnos cuenta ha ido creciendo y creciendo y ha originado una enfermedad. Sí, estamos todos en clase enfermos. Ahora, cada vez que visionamos una película, una serie o lo que sea, vemos más allá de lo que la propia imagen muestra. Pero es que lo peor es que yo imagino que ella tendría sus estudios y especializaciones al respecto pero nosotros, ¿qué coño sabemos del lenguaje audiovisual? Aunque claro, siendo algo tan subjetivo… Por ejemplo, me pongo a ver el piloto de American Horror Story Asylum, y Jessica Lange antes de vestirse de monja nos muestra que siempre debajo del hábito lleva un picardías rojo, pues voy yo y digo: “Ese rojo es el deseo que esconde bajo el impedimento de no poder practicar el acto sexual por ser monja”. Punto. Y a ver quién tiene narices a decirme que no, porque claro…

Y esto me lleva a algo que está muy de moda, sobre todo, en los programa del corazón y que a mí me encanta.  No se si os he dicho algún día que mi madre me obliga a ver Corazón, corazón… Bueno, no es que me obligue: es que se las apaña para poner siempre la comida a las 14:35 y no me deja cambiar la tele. De cualquier modo, en ese programa (y estoy seguro que en el resto de la misma calaña, igual) cuentan con reporteros que deben de tener un máster en el lenguaje de los signos y de las cosas que no se ven, pero que están ahí. Me explico: Julián Muñoz baja de su coche con unas gafas de sol y el reportero le acerca el micro y le dice: “Julián, te notamos la mirada triste”. A ver, ¿cómo cojones le ve la mirada a través de las gafas de sol? O, mejor, mejor: “Edurne, vemos un brillo en tu sonrisa, ¿significa eso campanas de boda?” Por favor, que alguien me explique como ese reportero puede distinguir entre el brillo de la ilusión por una boda, el de una buena limpieza bucal o el de un buen polvo… Sinceramente, yo no los distingo.

Aún así, creo que todos tenemos un poco de esa ilusión por ver más allá de lo que realmente se nos esta mostrando.  Me refiero, por ejemplo, a esos padres que se sientan ante sus bebes y, de repente, el niño junta cuatro letras y suelta un sonido ininteligible. Al instante: “¿¡HA DICHO PAPÁ?!” “¡NO, HA DICHO MAMÁ!” y así una diatriba por lo que, lo más probable, haya sido un gas. Creo que cuando esa ilusión se hace más fehaciente (y más ferviente) es en la adolescencia. Cuando una mirada queremos que diga un “te deseo” y probablemente lo que este diciendo sea un “¿te conozco?”. Y es que no hay nada más fuerte que el deseo de querer ver más allá de lo que tenemos ante nuestras propias narices… Aunque muchas veces miremos sin entender ni la mínima parte de lo que observemos.

—Jonathan Espino—

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