Cajas de música difíciles de parar

Hace algunos años, cuando descubrí la voz queda de Nacho Vegas, apenas alcanzaba a entender algunas de las grandes satisfacciones que vendrían de su mano.

Su música se me reveló como ese regalo que todos queríamos de pequeños y que nunca pedimos pero siempre quisimos que apareciese un 6 de enero a un lado de la cama (mi regalo secreto era siempre el Cinexin), y fue como de sorpresa toparme, de repente con Días extraños.

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En aquel momento yo no sabía quién era Nacho Vegas, ni adivinaba su melena rubia ni el tono de su voz ni el color gris perla del que serían portadoras sus canciones. No. Yo sólo estaba escuchando un disco que tenía en colaboración con Bunbury, y a mí el que realmente me movía era el maño convertido en cabaretero, circense y bizarro rockero viejo. Asimismo, El tiempo de las cerezas se me reveló en mitad de un febrero sórdido, como todos los febreros de mi vida, para rescatarme de algunos males y conducirme a un nuevo terreno que ninguna de las personas de mi alrededor conocía. Entonces yo, que iba como invitada de Bunbury, me preguntaba si, pese a eso, no era cierto que me gustaran más las canciones de Nacho Vegas que las del propio Bunbury. Y así era, las canciones del asturiano recién conocido provocaban en mí un sentimiento como mucho más profundo que las de Bunbury, sin que necesariamente las de éste me pareciesen del todo malas.

Así es que poco a poco fui escogiendo al azar álbumes de Nacho Vegas, ya enamorada de su voz de hombre solitario en un bar de carretera esperando que apareciese algo o alguien que lo rescatase de sí mismo.

Las canciones de Nacho Vegas me resultan difíciles de definir, pese a que las escucho muchas veces a lo largo de la semana y podría cantar la mayoría de ellas sin ayuda siquiera de la música que acompaña a sus letras. Me resultan difíciles de definir por motivos que tampoco sabría deciros. No son, desde luego, las canciones más animadas del mundo, pero llevan consigo una carga moral de la que resulta difícil escapar si una se para a escuchar con detención aquello de lo que se nos está hablando.

Para empezar, Nacho Vegas por norma general tiene que convencerte desde un primer momento, porque si de primeras no te llena demasiado o no te gusta directamente, es poco probable que termine seduciéndote. El conjunto voz-música-letras de Nacho Vegas es no tanto difícil como peculiar. Mi hermano, sin ir más lejos, una vez que pasaba por la sala de estudio mientras yo lo escuchaba y hacía no sé qué tarea de clase, sugirió algo así como que parecía música para un funeral. Las palabras reales no fueron tales, pero vinieron básicamente a decir eso. Con esto quiero decir que Nacho Vegas es un estilo en sí mismo, pero, en cualquier caso, un estilo que no es nada sencillo que guste a todo el mundo.

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Partiendo de su voz, podríamos decir que es una voz segura, pero que al mismo tiempo avanza como tanteando el terreno, como si no quisiera tropezar en ningún momento a sabiendas de que el riesgo de tropiezo existe por encima de su naturaleza. Si tuviese que ponerle color, sería, como antes os decía, gris perla, pero un gris perla que puede adquirir las tonalidades más oscuras y las más claras, en consonancia a veces con el resto de elementos que componen la canción. Dejar a la voz de Nacho Vegas rodar a sus anchas, en ausencia de música y sólo en contacto con el aparente silencio, es casi poder escuchar las chispas de la interacción. Ya en sí es algo bastante parecido a un regalo divino.

Siguiendo con su música, y teniendo en cuenta que mis conocimientos sobre el lenguaje musical son nulos, podría decirse que el resultado es un joder-qué-bien-suena. A secas, con eco persistente. Además, una música que a menudo queda bien con su voz y su estilo y con el de sus colaboradores ocasionales, como pueden ser el anteriormente citado Bunbury o Christina Rosenvinge, la que fuera su pareja durante algún tiempo.

Por otro lado sus letras. Nacho Vegas lo mismo está parafraseando a Faulkner de un modo impecable que está deseando que desarticulen a la cúpula de la CEOE. Todo lo puede hacer con la misma voz, poniéndole distintos tonos de ese gris del que os hablaba, pero parece a veces casi milagroso cómo puede conseguirlo con un único instrumento.

Recuerdo el concierto de Nacho Vegas al que asistí como algo absolutamente onírico, una especie extraña de acústico que sólo podía estar gobernado por él, con un entrante delicioso como es el grupo catalán Refree y una guarnición incalificable como era la banda que llevaba. Era como magia, una magia que se podía tocar y morder. Era como poder arañar los papeles que componían el palacio que querían demoler unos constructores, como mojarse las manos con el agua trémula de su canción, como tocar la nariz de la niña que pregunta con curiosidad a su madre qué es lo que comen las brujas. Lo recuerdo como uno de los mejores conciertos de mi vida, si no el mejor, porque las canciones estaban convertidas en magia bajo la cubierta del Circo Price, y bajo el flequillo del asturiano estaban unos ojos verdes que estaban enamorando a cada uno de los asistentes al evento. Debajo de esa melena rubia que tapaba sus ojos, veía inmediatamente su boca, como susurrándonos a través del micrófono, contándonos historias que sonaban muy distinto a cómo suenan cuando las escuchamos a solas.

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Yo fui a ese concierto enamorada ya de él y salí como flotando. Entonces supe que sólo podría entender su música a partir de ahí, cuando me había tenido atrapada las dos horas del concierto y los sucesivos días, y las sucesivas semanas. Cuando se convirtió casi en un regalo para mis sentidos e imaginaba tras su voz en mis auriculares su cara, y sus manos tocando la guitarra, o más bien acariciándola, y su pelo intentando tapar su nariz y ensombreciendo su boca. Y lo imaginaba bebiendo whisky entre canción y canción. Y la canción final siempre era un vómito de moral, alcohol y otras drogas. No importaba que a menudo sus intervenciones en medios de comunicación tuviesen un contenido absurdo y se erigiesen bajo argumentos que, desde mi punto de vista, estaban un poco faltos de sentido común. No importaba nada. Sólo importaba lo que su música me aportaba, y las heridas que su voz me curaba, y la sal que sus canciones esparcían a veces sobre las mismas.

Una vez más, comprendí que estaba destinada a que mis cantantes preferidos me abriesen en canal y dispusiesen de mi interior a su antojo, abriéndome heridas y cicatrizándome, colándose en estancias donde yo jamás dejaba que nadie entrase y permitiendo que dentro fumasen y dejasen olor a tabaco en las cortinas, incluso en el eco que dejaban sus pasos cuando se disolvían. Y Nacho Vegas lo consiguió, vaya que si lo consiguió. Con creces además.

Estefanía Ramos

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