Firma invitada: UN CERVANTES MÁS FEMENINO, POR FAVOR

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Elena Rodríguez Flores nos escribió un correo preguntando si podía escribir para nuestro blog. Claro, nosotros no pudimos sino emocionarnos por recibir correos de peticiones. ¿Cómo íbamos a decir que no?. Ella estudia periodismo y comunicación audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid.

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La semana pasada pudimos descubrir el nombre del nuevo galardonado con el prestigioso Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, máximo reconocimiento a la labor creadora de escritores españoles e hispanoamericanos cuya obra haya contribuido a enriquecer de forma notable el patrimonio literario en lengua española.

Caballero Bonald ha sido el último elegido en este elenco de escritores que dejan tras de sí un reguero de magníficas obras. Se cumple pues la norma no escrita de entregar cada año el galardón en un lado del Atlántico: el año pasado recayó en aguas chilenas, de la mano de Nicanor Parra, y este año en el mencionado jerezano.

A este galardón puede ser propuesto cualquier escritor cuya obra literaria esté escrita, totalmente o en su parte esencial, en esta lengua. Pueden presentar candidatos las Academias de la Lengua Española; los autores premiados en anteriores convocatorias; las instituciones que, por su naturaleza, fines o contenidos, estén vinculadas a la literatura en lengua castellana, y los miembros del jurado. Todo esto lo dice el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Y hasta aquí todo muy bonito. 125.000€ “pa’ la saca” y el reconocimiento de sus coetáneos.

Pero si echamos la vista atrás, en estos 37 años sólo 3 mujeres, 3 grandes mujeres, han recibido el dichoso galardón, plasmando el existente machismo que se pretende cubrir con el velo de la igualdad. La pensadora malagueña María Zambrano abrió el camino en 1988, la poeta cubana Dulce María Loynaz siguió sus pasos en el 92 y Ana María Matute, tras una vida plagada de éxitos literarios, alcanzó la gloria cervanística en el 2010. Esto, como mujer que soy, me enerva. No pretendo que me tachen de feminista extrema, pero considero que un 34-3 es excesivo en una sociedad en la que las mujeres están igual de capacitadas que los hombres para crear mundos e ideas a través de la palabra.

Está claro que la “tradición y costumbre” han hecho que las escritoras hayan quedado relegadas a un segundo plano, al igual que sucede en muchos otros ámbitos. Estoy segura de que miles de ideas se han perdido por el camino al no poder ser plasmadas por el mero hecho de ser mujer. Porque aquello no era para ellas. Ya había un Jorge Guillén, un Alberti o un Buero Vallejo (dignos merecedores del premio, todo hay que decirlo) que dominaban las letras a la perfección, jugando con ellas a su antojo y haciéndolas completamente suyas. Pero afortunadamente siempre han existido voces femeninas, más o menos fuertes, que han luchado contra este machismo intrínseco de la sociedad española.

Ana María Matute dijo en su momento que creía que su galardón y la reciente entrada de otra escritora española, Soledad Puértolas, en la Academia de la Lengua habían provocado un momento dulce para la literatura en castellano hecha por mujeres: “El machismo está quedando lejos, se están dando pasos importantes, sobre todo en la Academia, y está muy bien”. Pero la realidad es más compleja, a pesar de que la barcelonesa intenta impregnar de positivismo el panorama literario. No hay más que ver los continuos desacuerdos que se producen en cuanto al lenguaje considerado o no sexista, o ante la falta de representación en diversos Premios y Academias.

Las mujeres hemos demostrado a lo largo de los años que somos tan válidas como los hombres. Que podemos con las letras, la medicina, la química o la arquitectura. Así que os propongo que luchemos por una verdadera igualdad para que las grandes mujeres reciban el reconocimiento que se merecen. Después de tantos años, es hora de que nos levantemos y demostremos lo grandes que somos. Emily Dickinson dijo en su momento que “Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie”. Cuánta razón.

— Elena Rodriguez Flores —

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