Anagnórisis

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“… Finalmente, la madre descubre que el niño dice la verdad y Bruce Willis esta muerto. Sí, sí, Bruce Willis está muerto. ¿Que no te lo crees? Pues ve la película”.

Así es como conseguí estar castigado una semana sin televisión. Con una sola frase: “Bruce Willis está muerto”. Mi padre no me creía, y yo, por mi corta edad, no sabía que en aquellos instantes estaba haciéndole uno de los spoilers más grandes (y más realizados) de la historia: el spoiler de la anagnórisis del personaje de Bruce Willis en El sexto sentido. “Anagnórisis”. Qué palabrita. Usamos este término griego cuando el personaje descubre detalles esenciales sobre su identidad, su entorno o sus seres queridos.

Es algo que a los espectadores nos encanta. Eso de que toda la película estemos pensando una cosa y que de repente, ¡ZAS!, ya no es nada como tu pensabas. Ese momento sorpresivo en que la emoción nos recorre el cuerpo entero y casi se nos eriza el vello. Ese momento, esta estrechamente ligado con la necesidad que tienes de contárselo a alguien. Pobre de ti si ves solo la película. Una de dos: o aprendes a controlar tus impulsos o pierdes una amistad, porque callártelo… ¡Ay amigo! Callártelo es una tarea muy difícil.

Pero las anagnórisis molan hasta que eres tu el que las sufre. Me explico. Yo me consideraba una de esas personas con criterio que decían: “Madre mía, ¿¡dónde vas a ver Gran Hermano?!” o “¿¡SUPERVIVIENTES?! Por favor, si eso es todo un montaje…” hasta hace unas semanas. Influido por opiniones ajenas, me acerqué a Quién quiere casarse con mi hijo… y ya no me pude despegar. ¿¡Qué me esta pasando?! Un programa en el que las madres llevan a sus hijos a la televisión para emparejarlos con una buena moza (o mozo en el caso del gay). ¿Puede haber mayor paripé? Pues no, no puede haberlo. Pero es que, tal es mi emoción, que, nervioso ante ser descubierto viendo tal programa, llega mi madre y le digo: “Mama, quédate un momentito y mira a ver si este programa es una maravilla o soy yo…” Mi madre me hace caso (soy hijo único, me tiene que querer igual) y se sienta. A los diez minutos de estar callada (no se si en shock o si realmente estaba disfrutando), se levanta y me dice: “Hijo, ¿quieres que llamemos para presentarte en la próxima temporada?” Horrorizado ante la pregunta, con las risas de mi madre de fondo (se ríe de mi pero soy hijo único, tengo que quererla igual), seguí viendo el programa y mi anagnórisis fue completa… Acabe esa temporada y me descargue la primera… Muy heavy.

Pero volvamos al tema que nos atañe: anagnórisis hay muchas, tanto en cine como en la realidad, y suelen causar dos sensaciones excluyentes: horror o risas. Las del tipo horror podemos verlas cada día en las noticias cuando se resuelve un caso, como la gente no se puede creer que su vecino, sí el que vivía en el Bajo C, haya podido matar a su mujer; incluso más grandes, cuando la gente se da cuenta que a los que han votado no son lo que decían ser (aunque se viese a la legua, hay gente que la sufrió, oye). Las del tipo risas suelen ser más cuando conocemos a la persona que la sufre, y además suelen ser recordadas para la posteridad y sacadas a la luz en el momento menos indicado (veáse bodas, comuniones, bautizos y cumpleaños): “¿¡Te acuerdas cuando fuimos a aquella discoteca, sí hombre esa que está bajando Plaza España, y el Paquito llevaba un pedo que no veas y se llevó a los baños a una que luego resultó ser uno?!”. Muchas risas.

También es cierto que hay muchos programas de televisión que utilizan este despertar en su mecánica. Sí, me refiero a esos programas (se turnan entre Telecinco y Antena3) en los que se llevan a familiares, amigos, enemigos (…mascotas) a la tele para contarles algo que no te atreves a decir a la cara… A su cara no se atreven, pero a decirle a tu marido delante de toda España que te perdone por haberse tirado al frutero y no haberle dicho antes que el hijo es de él, eso sí, eso sí se atreve. Ahí surgen dos anagnórisis simultáneas: la de descubrir lo que te han ido a decir y la de darte cuenta que igual esa persona es un poquito hija de puta.

Sé que habrá quien llegue hasta este punto y diga: “Pues yo en mi vida no he sufrido nada así”. Mec, error. Todos, todos, todos hemos sufrido una anagnórisis que nos duele (y mucho) porque, primero no la comprendemos, y segundo, nos arranca del pecho una de nuestras creencias más fervientes. Y no, no me estoy refiriendo al amor, me estoy refiriendo a ese momento en que descubres que ni los Reyes Magos, ni Papa Noel ni el Ratoncito Pérez existen y te sientes como un poco huérfano, aunque luego (al menos en mi caso) disfrutes casi igual haciendo tu los regalos, pero la pérdida de la magia, duele.

Empezaba contándoos mi primer spoiler y el castigo que supuso. Hay personas que les maravilla hacer spoilers y no sólo de películas, sino también de la realidad. Hace un par de días, llegó a mis oídos como la profesora del hijo de unos amigos había sentado a todos sus alumnos y les había contado que los Reyes Magos eran los padres. Y es que hay personas que disfrutan desvelando las anagnórisis a los demás en lugar de dejar que lo descubran por sí mismos. En esos casos como en el programa de televisión, descubren una realidad que no podrías creer si no lo vieras, y descubres que quien te lo esta diciendo es un poquito hijo… Pero bueno, no quiero dejaros con este mal sabor de boca hasta la semana que viene, así que voy a dejaros con una frase que dice Joaquín Reyes en uno de sus monólogos en la que cuenta una anagnórisis, porque sí, las anagnórisis suelen ser muy utilizadas en los chistes:

“Me contó un amigo que en un pueblo estaba un hombre en un puticlub, le llamó la mujer al móvil y le dijo: ¿Cómo sabías que estaba aquí?” Veis, aquí el hombre descubre que, a través del móvil su mujer es imposible que sepa dónde está… y la mujer, que su marido es gilipollas.

—Jonathan Espino—

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