Literatura para mujeres

Hace unos días comencé, como si no tuviese ya suficiente, un libro de Almudena Grandes, en gran medida movida por la curiosidad que me producía el hecho de que mi novio me había dicho que le gustaba mucho cómo escribía sobre sexo esa mujer. Todo esto venía a colación de una conversación acerca de las diferentes maneras de enfocar algunos temas que tenían ciertos escritores.

En cualquier caso, aprovechando que el fin de semana pasado volví a mi casa y sabiendo de antemano que mi madre tenía en su biblioteca personal por lo menos un libro de Almudena Grandes, sustraje el libro de la estantería y lo metí en el bolso para comenzar a leerlo en el viaje de vuelta a Madrid. No duré más de diez páginas, porque, pese a la profunda inmersión que experimento cuando leo, a mi alrededor había algo así como 47 personas que hacían ruido insistentemente. De este modo, abandoné el libro y me dediqué a contemplar el paisaje por la ventana para captar algún detalle que haya podido escapárseme después de tantísimos viajes a lo largo de estos últimos tres años.

En cambio, el día siguiente, de camino a clase comencé en serio a meterme dentro de la historia del libro, y avancé bastante. Además, me gustaba cómo esta señora enfocaba la perspectiva que tenía cada personaje del libro y el carácter del que los dotaba, en parte porque todos tenían un poco de mí en un sentido o en otro. En cualquier caso, esa misma tarde cuando le comenté a mi novio que había comenzado a leer un libro de Almudena Grandes, su respuesta no fue otra que “Es una señora que escribe muy bien, pero es Literatura para mujeres sobre todo, sin sentido peyorativo ni nada“. Entonces yo me planteé qué era la Literatura para mujeres y qué era la Literatura para hombres. Y lo más importante, si yo en algún momento de mi existencia sería capaz de escribir algo que no necesariamente tuviese que encuadrarse en una de esas dos variantes (o, yendo más allá incluso, si sería capaz de escribir algo consistente algún día).

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Inmediatamente, en mi mente se dibujó una especie de tabla con dos columnas, en cada una de las cuales había una serie de autores y títulos. Por ejemplo, a la derecha estaba la columna de Literatura para hombres, encabezada por Arturo Pérez-Reverte, y a la izquierda estaba la columna de Literatura para mujeres, encabezada por Almudena Grandes y algunas trilogías de esas “de las que todo el mundo habla“. Entonces me percaté de que en la categoría de Literatura femenina había una mezcolanza de títulos y autores de estilos muy dispares entre sí, unidos por una variable: el público objetivo son mujeres. Y así todo el rato.

Partiendo de la idea de que odio los estereotipos, en este caso me parecía necesario pararme a pensar un poco en que muy probablemente haya diferencias insalvables en algunos casos entre mujeres y hombres y las preferencias de ambos sexos por unas cosas y otras. Ciertamente, y partiendo de mi caso concreto no tanto por egocentrismo como por conocimiento absoluto de causa, a mí hay una serie de productos culturales dirigidos a un público masculino que me horripilan por completo, como es el caso Jackass. Y también estoy en lo cierto cuando afirmo que, aunque Perdona si te llamo amor fue uno de los pocos libros que tuve que abandonar por tedio absoluto y porque no conseguía tener ni siquiera un mínimo de la inmersión necesaria para prestar más atención al contenido de las frases que a la estructura de las mismas, hay productos especialmente dedicados a mujeres que no dejan de seducirme, como bien puedan ser películas del tipo El diario de Bridget Jones o Cuatro bodas y un funeral, supongo que porque ambas tienen el nivel preciso de glucosa. Por otro lado, soy de las que no se siente la más mínima curiosidad por saber qué diablos cuenta ese famoso Grey para enganchar a tanta fémina. Quiero decir, que dentro de esa categoría encajé productos culturales dirigidos a mujeres claramente, pero tan variopintos que en su interior podrían establecerse subcategorías partiendo de parámetros socioculturales para las mujeres que los consumen.

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En cuanto a la columna de Literatura para hombres, tendría que haberle preguntado a mi novio qué concepto tenía él acerca de la misma y qué autores entraban en esa categoría. Pero no lo hice. Me  dediqué a imaginar cuáles son los gustos literarios masculinos y me encontré con que, en el caso de que los autores que yo he incluido en esa columna coincidan con los datos reales, soy un tanto masculina. Arturo Pérez-Reverte fue el primero que me asaltó, supongo que en gran medida gracias al Celebrities de Muchachada Nui, donde hasta su pasmina es viril, pero lo cierto es que no soy ni de lejos una gran conocedora del estilo de Pérez-Reverte (aunque lo intuyo) porque sólo he leído de él La piel del tambor. No obstante, en seguida comencé a añadir a otros autores como Vázquez Montalbán, Justo Vila, Truman Capote o Fiódor Dostoyevski. Esto es, autores de Novela Histórica o de Novela Policíaca. Y de repente me di cuenta de que tal vez yo en ese sentido fuera más masculina que femenina, porque a menudo me interesaban más los escritos de Dostoyevski que los de Federico Moccia o los de Jane Austen. Y de paso pensé que no había quizás necesidad de subcategorizar por preferencias según el nivel cultural de los lectores. Todo resultaba mucho más simple.

También supuse que había obras que no era posible catalogar si estaban destinadas a un público o a otro, como eran la mayoría de novelas de García Márquez, Charles Bukowski, Millás, Salinger o Paul Auster. Y supuse que ahí estábamos todos los lectores, discrepando o coincidiendo en nuestras teorías acerca del estilo del autor y la inmersión que producen sus narraciones o cómo éstas están conducidas, pero nunca dudando de a qué tipo de público están dirigidas.

En cualquier caso, esta disertación sociológica de poca monta que no nos lleva a nada más que a perder tiempo, me hizo reflexionar sobre todos los años de mi vida invertidos en observar e interactuar con los hombres intentando, a veces sin éxito, entender de qué pasta están hechos y cuáles son sus mecanismos generales de comportamiento, y me percaté de que ésta no me había llevado a ninguna conclusión clara. Y, aunque a menudo consigo sacar conclusiones bastante acertadas, termino siempre por pensar que unos seres bastante menos complejos que las mujeres en muchos sentidos a menudo se me revelan como unos absolutos desconocidos cuyo comportamiento, por absurdo que esto resulte, a veces no deja de sorprenderme, en gran medida por lo increíblemente simples que pueden llegar a ser.

Ahora sólo espero que todos los hombres podáis disculparme por estas líneas, y he de haceros saber que como seres humanos seguís interesándome y gustándome muchísimo. A Woody Allen le pasa exactamente lo mismo con las mujeres, para que me entendáis.

Estefanía Ramos

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