RUMORES DEL TIEMPO GASTADO

Imagen recogida del Cementerio de Menton, Côte d'Azur Francesa

Imagen recogida del Cementerio de Menton, Côte d’Azur Francesa

Amanecía: gris, claro y frío, la mañana de un día cualquiera de enero. Don Sebastián, o Sebas como le gustaba que le llamasen, se levantó perezosamente, tal y como llevaba haciéndolo durante los últimos sesenta años. Fue derecho, sin ponerse siquiera las gafas, al cuarto de baño, después se volvió y se las puso para retornar al baño donde se afeitó, con la cuchilla que usara antaño, afilada para ésta y otras tantas ocasiones iguales. Se duchó y se vistió con las ropas dedicadas para ese día tan especial.

Su aspecto era cuando menos caballeresco, inscrita en su faz unos ojos claros y un rostro que aunque avejentado dejaba traslucir sus rasgos afilados y finos. El pelo cano, pero abundante, sin síntoma de la alopecia que en tiempos pasados atacara sin piedad a su padre, le caía sobre los hombros a modo de hiedra muerta sobre lápida recién inaugurada. Le seguía un cuerpo delgado y largo que terminaba en unas manos extremadamente grandes y finas, con las que casi hubiera podido coger el mundo sin dañarlo. Sus ropas a su vez eran negras, muy clásicas de entre las que resaltaba una camisa blanca que no conseguía apagar la palidez del rostro.

Vestido, peinado, perfumado y afeitado se dirigió a la puerta de su apartamento. Situado enfrente de la puerta levanto el brazo para abrir la puerta, movimiento que a pesar de su simpleza lo hizo lenta y pesadamente hasta que sus yemas se cerraron temblorosamente sobre el pomo. Cuando fue a ejercer la presión necesaria para abrir la puerta, una mueca de dolor le surco el rostro, y hasta que una lágrima no tocó el suelo no soltó la manilla.

Otra batalla perdida, más heridas a la lista de las que tenía sin cicatrizar.

Sebastián pasó otro día sin poder salir de casa, sesenta años hacía que veía el exterior, la historia, desde la ventana. Ventana que daba a la madrileña calle de la Gran Vía. Desde su punto estratégico había visto  pasar el tiempo, la historia, la evolución de la sociedad, el desarrollo tecnológico, veía todo, pero nada comprendía. Tal era su aislamiento que no tenía ni televisión ni radio y los cotidianos rehusaban a de entrar en su casa. Lo más tecnológico era su máquina de escribir que hábilmente usaba para escribir sonetos o  mantener correspondencia con su único amigo, que era a la vez su única familia y nexo con la realidad. Su particular encierro no era fruto del miedo al mundo, más bien era de rabia (que no odio) hacia el mundo y las crueldades de las que había sido víctima tiempo atrás.

Don Pascual, el amigo de Sebastián, era ya un hombre anciano. Sufridor de los achaques causados por el tiempo. Su calva arrugada y morena, con esa cara menuda y ligeramente achatada, acompañada  de unas diminutas gafas redondas que le daban un aspecto de ermitaño (nada más alejado de la realidad). Era en sí un hombre enjuto, poca cosa en comparación con el talle de su amigo don  Sebastián., la realidad de Pascual era la de un hombre viajero durante sus tiempos mozos, inteligente, mañoso y sobretodo un buen padre de familia. El destino, así como su mujer, le había proporcionado unos nueve hijos, de los cuales cada uno tuvo sus propios hijos, luego sus nietos y ya empezaba una nueva generación de vigoroso nietos bisnietos. Tal era la prodigalidad de don Pascual que cuando era joven, no más de treinta años, otros mozos lozanos se dedicaban a pasar por su lado y arrancarle el pelo, cosa que no le importaba. Tal fue su fama que de esa forma acabo calvo y en vez de quitarle los pelos la gente le besaba en la nuca en afán de obtener parte de su sementalismo.

Ambos amigos solían hacer partidas de dominó en las cuales don Pascual intentaba  ayudar a su compañero de juego a salir de su encierro voluntario, pero el orgullo de este último le impidió permitirse ser ayudado por nadie. Aparte de las partidas de dominó, que jugaban martes y sábados en un mismo horario durante los últimos sesenta años, ambos hablaban sobre arte, filosofía, literatura, música… pero nunca de la actualidad. Era un tema tabú y pese a los intentos de don Pascual, su amigo nunca se enteró de los acontecimientos que se vivían en el mundo entero, excepto para él.

Sebastián aparte tenía contacto con una señorona viuda que había sido una de las muchas esposas de su hermano. Ésta se encargaba de llevarle comida y libros hasta que la pobre mujer expiró de haber llevado una vida dedicada a los demás. Esta buena mujer, a la que no nombraré por ser no resultar apremiante ni determinante, era una señorona baja, regordeta, muy inculta y bastante corta de luces. Ella se había criado en el campo toda su vida hasta que emigró a la ciudad por causas de hambre. Al entrar en la ciudad, además de deslumbrarse con las luces de las calles y comercios, conoció al hermano de Sebastián, del cual se enamoró perdidamente, tanto que durante toda  su viudez no hubo día que no fuera al cementerio de la Almudena a agasajar y a lisonjear a su difunto esposo. Como antes me he referido ella se encargaba de de realizar los recados de don Sebastián y lo único que pedía en cambio era uno concierto de clarinete de esos que a ella le gustaban tanto. Sinfonías, cancioncillas, himnos, se maravillaba la pobre mujer ante el virtuosismo de su cuñado el cual en su exilio aprendió a hacer sonar el clarinete y a escribir los más bellos compases que sólo serían escuchados por los oídos de una vieja.

Esa misma mañana, después de la batalla perdida, don Sebastián se dirigió puntualmente a la habitación donde le esperaba su clarinete, después de una vergonzosa derrota, los laureados campos del virtuosismo eran su refugio. Cogió una pieza difícil de Schuman, aunque frente a su habilidad no servía sino de calentamiento, y en medio del clímax… una campanada que a modo de nota discordante hizo volver a Sebastián de su etéreo exilio. Dirigiéndose extrañado hacia la puerta las dudas asaltaban al pobre hombre. Cuando tras la mirilla descubre a su amigo Pascual, que extraño, era jueves:

-Pascual, el encierro es físico no temporal, ¿quién me diría tú por aquí?-se refirió Sebastián-entra, entra.

-Jueves o el Día del Juicio Sebas- refutó su amigo- sigue tocando, no pares, me gusta escuchar el clarinete, aunque como ya sabes yo siempre fui más de caramillo.

Ambos entran en el pasillo, don Pascual venía acompañado de su hijo, una copia literal del padre, sólo que más serio y firme. Pascualito –aunque tal vez este nombre estuviera anticuado para la edad del hombre- era un cincuentón serio, funcionario rígido y firme que portaba un aire de grandeza de un hidalgo venido a menos se situó detrás de su padre y dijo:

-Don Sebastián, ¿qué tal la salud? Por usted, no así como para el resto de los mortales, el tiempo no pasa.

-No hay mayor falacia que esta que acabas de proferir Pascualito-contestó Sebastián- ¿qué os trae esta visita?

-Mi muerte- soltó Pascual con  naturalidad- Sebas, me muero, mis viejos huesos se desploman al paso de mis años y donde antes había carne joven, ahora queda futuro pasto de gusanos.

-Nada más alejado de la realidad- dijo don Sebastián- estás sano y tú bastón no es más que un mero adorno, parte de tu gusto por ostentar tu clase en público.

-Ojala fuera así-rebatió-pero no soy eterno como tú, como esta casa, como este ambiente. Sebastián vives en un no-tiempo, y si vengo con estas funestas y esperadas noticias es para que vengas a mi entierro. Te aviso, mañana estarás  solo en el mundo.

-Pero Pascual no te comprendo, el martes parecías bien y hoy…no comprendo qué es lo que te empuja hoy a venir aquí…

-Hoy me han hablado aquellos que amé y hoy me  reclaman, no soy quien para enfrentarme a tales disposiciones divinas.

-Entonces es verdad que te mueres, y ¿dónde será tu funeral?-.preguntó Sebastián.

-Al lado de Clara, ella lo habría dispuesto así.

Y sin poderlo evitar toda la rabia hacia el mundo de don Sebastián inundó la habitación, ahogando y arrastrándole a él. Un aullido seguido de unos sollozos y un dolor abdominal tiraron a Sebastián al suelo quien antes las impertérritas miradas de los dos hombres se retorció de dolor.

-Habría sido  su deseo que en estos últimos sesenta años hubieras ido alguna vez, pero en su lápida aún faltan tus gardenias. Sé lo que te duele, porque también era mi hermana. No puedo sino decirte que mañana a las doce en punto Pascualito vendrá a recogerte y hasta que no vengas mis huesos no se tornarán en paz-dice don Pascual-Pascualito vamonos quiero disfrutar de mis últimas horas de vida.

Y tras el portazo, por algún extraño pálpito que sólo les da a los hombres sabios que se saben necios don Sebastián comprendió que en estos sesenta años no había envejecido, el no había de sufrir los achaques de la vejez y el tiempo. Tal vez tuviera ciertas arrugas, tal vez su negra cabellera se tornara cana, pero a esa edad que no es cano, arrugado ni viejo.

Sebastián temía que el vaticinio de su amigo fuera cierto, y eso que ciertamente los hombres conocemos el día de nuestra muerte, sólo que intentamos no decirlo para que con algo de suerte la muerte se olvide  y nos deje unos minutos de mísera vida robada al tiempo. En estas cavilaciones la soledad de la casa se había hecho ya patente, pues los dos hombres se habían ido ya. Levantándose sin esfuerzo aparente Sebastián sabía que se quedaba sólo en el mundo, su mundo y que tal vez mañana se enfrentaría con su pasado, aquel que fraguó tan cobarde destino. Se acostó enseguida, pese a que no habían pasado ni seis horas que llevaba despierto. Sebastián se sumió en un sueño turbio, oscuro y finalmente plácido como la muerte.

Sin estos sombríos pensamientos se despertó al día siguiente, lo sabía, ya estaba solo en el mundo. Se vistió con sus mejores galas: se recortó y afeitó, se vistió de negro luto y se puso a esperar durante horas, esperando a Pascualito.

En las horas que estuvo esperando no se movió lo más mínimo, más que hombre parecía estatua que hacía juego con el mobiliario señorial del siglo pasado. Llevaba unos zapatos negros, los del día de su boda y aunque habían pasado sesenta años seguían lustrosos y brillantes, los pantalones y la americana acompañado de un chaleco y una corbata que le daban ese aspecto de viejo diplomático español durante la guerra de Cuba. A sus pies descansaba un paraguas que hacía las veces de bastón, pese a que no hacía uso de él. Pero quién sabía tal vez las lágrimas que derramara ese día serían acompañadas de triste lluvia de primavera acorde a ese tiempo. Tal vez ese día vería a Clara, para aquello serían necesarias demasiadas lágrimas.

La puerta se abrió, y como un cuervo Pascualito le indicó que bajara. Las sospechas estaban confirmadas, estaba sólo en el mundo. Apartándose del sillón con agilidad inusitada para una persona de su edad, se  colocó en el umbral de frente a la puerta y cerrando los ojos, que se tornaban llorosos,  la atravesó.

El peso de los años se le echó encima como una losa  que incluso le hizo doblar la espalda y salir joroba. Cronos, el tiempo no perdona, ni en el día en el que se ha de cumplir una promesa. Don Sebastián bajó las escaleras, apoyado en el paraguas, que sorpresa también sufría los achaques del tiempo. Él que no hace mucho era de gráciles movimientos, por cada escalón bajado se le arrebataba parte de su hálito vital. Sus ropas, zapatos a cada paso sufrían el deslustre de los años.

Cuando salió a la calle de, casi como si el aire le oxidara la piel, las arrugas arraigaron en el rostro, los ojos perdieron su brillo hasta quedar casi vacuos y el pelo antes cano pero abundante se abría enseñando una pequeña calva. La tez, antes pálida pero bella se tornaba macilenta y su aliento se exhalaba fétido, con olor a muerte.

Nunca tuvo tal cansancio, sólo descansó cuando se acodó en los sillones del automóvil, también negro, en el que Pascualito le llevaría al funeral de su amigo.

En ese momento se paró a observar el paisaje urbano, desde la vista de hombre, no desde la perspectiva de Dios que contempla su obra, tal y como había tenido. Vio los cambios, el desarrollo, al populacho avanzando en su ajetreo y quehacer diario. La luz si cabe le hizo más daño. Tras tantos años del ambiente gris de su casa: el color y la luz le  hacían blanquecinos lo ojos cegándolos, él que no usó una lente nunca si no fue para observar por el microscopio o las estrellas.

Cuando salió del coche  no quedaba nada del don Sebastián conocido, ahora era un despojo de hombre, un vetusto al que la muerte le era más cercana que la vida. Se apoyaba en un paraguas raído, de madera carcomida  y tela ajada con un deslucido mango astillado sobre el que los dedos de aquel pobre hombre se cerraban. Sus rodillas apenas si podían sostener un cuerpo delgado, puro pellejo curtido y costillar apolillado. La cara sufría de extrañas deformaciones causadas por la caída de la piel y en la boca se adivinaban  dientes podridos por el aliento fétido. De su porte siempre gallardo  quedaba una silueta agachada cuya joroba daba cierta imprecisión al paso lento y esforzado de don Sebastián. Con esta pisada frágil llegó ante el ataúd de su amigo labrado en maderas nobles y con asideras de brillante bronce bruñido.

Unos metros más hacia donde se pondría el sol una lápida desgastada ya por las lágrimas no derramadas sobre ella. En la inscripción de ésta  rezaba “a Clara,  querida, amada, aunque nunca desposada, pero sobre todo… llorada”. El impacto de esta visión fue demasiado, el dolor abdominal volvió y Sebastián cayó de rodillas, no pudiendo ni gritar ni llorar puesto que tanto  garganta como lágrimas estaban secas, sólo se alzó al viento un sordo gruñido. Pascualito miró al lugar donde debía de encontrarse don Sebastián, pero sólo vió como una nube de polvo y ceniza se disgregaba en el aire, tal vez en busca de Clara.

 FIN

— Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantero —

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