Firma Invitada: Quinto centenario

Begoña Delgado es la madre del que publica ahora mismo el artículo. Punto. No hay nada más que sea necesario explicar.

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Era el quinto centenario de la muerte de Felipe el Hermoso. Osea, el 2006. Caja de Burgos organizaba un concurso (no recuerdo el premio). Mi hijo quería participar y no encontraba tema para el relato. Así que me ofrecí para inspirarle un poco. Y accedió. Lo escrito lo leyó y dijo que sí le había servido para escribir un relato. Pero, cuando escribió el suyo vi que no tenía nada de parecido, ni coincidía ningún personaje ni situación. Aún así, le sirvió, que era la finalidad y yo luego leyéndolo, para que me voy a engañar, me gustó.

Como no tengo abuela, ni nunca la he tenido, me dije yo sola: ‘te ha quedado muy bien’ y aquí está lo que escribí:

“Después de una larga y dura travesía por fin Juana y todo el séquito que la acompañaba llegó a su destino. Juana llegó a Flandes acompañada de las mujeres más españolas que iban a formar parte de sus damas personales, las que se iban a ocupar de cubrir todas sus necesidades y sus deseos.

Llegaba temerosa y triste. Triste porque había dejado en España a sus padres y sus queridos hermanos, sobretodo a su pequeña y adorada Catalina. A todo su mundo conocido para cumplir con su destino y casarse con Felipe. Y temerosa porque no sabía como iba a ser su vida a partir de ese momento junto a un hombre al que no conocía y del que no sabía nada. Pero, tenía que cumplir con el destino que sus padres habían elegido para ella, por su bien y sobretodo por el bien y engrandecimiento de Castilla.

Al llegar a la corte de los Habsburgo después de tan largo viaje, fue preparada y acicalada con sus mejores galas para ser presentada en la corte y, sobretodo, para presentarse ante el guapo Felipe, su futuro esposo.

Llegó el momento de la presentación. Juana iba temerosa de conocer al que pocos días después se iba a convertir en su esposo y, por tanto, dueño de su vida y su persona. Iba ensimismada en sus pensamientos cuando en medio de todo el séquito que formaba la corte de Flandes vio a un muchacho alto y bien parecido. Tenía que ser Felipe.

En el primer momento quedó prendada de tanta belleza. Nunca había visto un hombre tan guapo como aquel que estaba viendo y que el destino había decidido para ella.

Pero, inmediatamente le cayó mal aquel hombre tan apuesto. Tan orgulloso y altanero que la miraba desde la altura con un aire que ella interpretó como desdén y resignación por el destino que también le había sido concertado a él.

Pasado el ritual y la presentación, Juana se retiró a sus aposentos y no quiso volver a ver e su futuro esposo hasta el día en el que se había acordado que sería la boda con Felipe. Hecho que serviría como engrandecimiento de sus países, pero no de sus vidas. Aún así, debía acatar su destino como Princesa Española y su destino era, ni más ni menos, casarse con ese hombre que se convertiría en poseedor de su vida y, tarde o temprano, padre de sus hijos.

Ellos harían con sus hijos como habían hecho sus padres con ellos, concertar bodas con personas que no conocían y con los que quizá nunca fueran felices. Pero, eso no importaba, lo importante era engrandecer el Imperio y que éste cada vez fuera mayor. Hasta llegar a lo que, más tarde se convertiría en el Gran Imperio donde ‘ nunca se pone el Sol’.

La historia podía haber sido así. Pero no. Todo lo contrario.

Volvamos a Juana.

Entró a la recepción que estaba preparada para conocer a su futuro marido y toda la corte, cuando en medio de todo el séquito vio a un muchacho alto y bien parecido que tenía que ser Felipe, su futuro esposo. Desde ese momento todo dejó de existir a su alrededor y sólo tenía ojos para mirar a aquel hombre. El rostro más hermoso que había visto en su vida y que el destino, dichoso él, había puesto en su camino para ser esposo y padre de sus hijos.

Y pensó que después del cansancio y los temores, después del largo viaje de país a país, Dios había sido justo poniendo un ser tan maravilloso en su vida. Estaba segura de que iba a ser la mujer más feliz y dichosa del mundo a su lado, y que Felipe sería el esposo más atento y fiel que jamas hubiese podido conocer. Y serían dichosos junto a sus hijos. Tendrían una larga vida juntos.

Pero bueno, esa es otra historia. En ese sitio. En ese momento. Ahí es donde comienza la locura de amor de Juana I de Castilla. Porque Juana no fue una mujer loca como la historia nos ha tratado de hacer ver. Juana fue una mujer locamente enamorada de su marido. Desde el primer instante en el que lo vio. En ese momento comienza la historia de Juana la loca…mente enamorada.”

— Begoña Delgado —

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