Aplaudid si creéis en las hadas

Decía Juana de Ibarbourou que la niñez es una etapa en la que todos los hombres son creadores, y probablemente haya mucho de acierto en esa frase.

Mi mejor amiga está en el último año de magisterio, concretamente haciendo las prácticas en el colegio al que va mi prima pequeña de casi tres años. Todos los días me cuenta historias sobre lo maravillosa que es mi prima y lo despierta que es en clase, pese a ser la más pequeña de todo el colegio. Y cierto es que mi prima es muy viva y muy precoz en muchos sentidos. No es porque sea de mi familia, pero os prometo que es una de las criaturas más inteligentes con las que me he topado jamás, y esto es algo en lo que coinciden también muchas personas que no guardan parentesco con ella.

Pero no vengo a hablaros de lo maravillosa que es mi prima en el colegio ni de la relación que tiene con mi mejor amiga. Sin ser yo una de esas personas a las que les encantan los niños (más bien me pasa lo contrario con la mayoría de los críos), tengo que confesar que estoy absolutamente enamorada de mis dos primos pequeños y de las ideas que sobrevuelan sus cabezas y salen disparadas de sus pequeñas bocas. De verdad, son magnificos.

Vivo rodeada de gente con caracteres diametralmente opuestos a mi manera de ser. Gente muy afectuosa, muy simpática, muy agradable y a la que le gusta mucho los niños. Mis tíos son maestros, mi madre es la segunda madre de los niños de todas las generaciones de mi familia, mi hermano es un imán para los críos y es capaz de calmarlos con sólo sonreírles. Yo debo de ser percibida por la comunidad pueril como un troll o algo similar, pero lo cierto es que la comunicación infantil no deja de apasionarme por poco que me gusten los niños.

Hoy en concreto vengo a hablaros de la capacidad de creación que tienen los críos. De esa capacidad que les hace inventarse historias que, por surrealistas o por la perfección con la que son narradas por ellos, terminan eclipsando a cualquier historia que un adulto pueda contar. O del hecho de que hasta en sueños puedan estar contando historias maravillosas, o de las canciones que se pueden inventar con las últimas palabras que te han oído decir, o de cómo plasman lo que perciben en un folio.

Partiendo de la idea de que un niño es la espontaneidad en estado puro y una manera de acercarse a la realidad vista de un modo claro e inocente, la manera en que el crío proyecta el ser creativo que lleva dentro dice mucho en sí misma, a veces sin necesidad de mediar palabra con él. Aquello que decía Watzlawick -y que a mi, como amante de la Comunicación, siempre me ha apasionado- de que es imposible no comunicar, es completamente aplicable a esta situación. Me explico con un ejemplo: el otro día me contaba mi madre que cuando yo era pequeña y hacía dibujos (espantosos, por cierto), a ella y a mi tía las dibujaba de un tamaño muy grande, y a mi hermano lo dibujaba minúsculo (en ese momento él era un bebé), de modo que en una de estas la profesora, mientras le comentaba a mi madre mi comportamiento, -nada normal para la edad que tenía-, le dijo que eso significaba que a ella y a mi tía les daba muchísima importancia, mientras que a mi hermano casi lo tenía olvidado (que digo yo, que ya que lo dibujaba no significaría que lo tuviese en el olvido, pero bueno). El tema está en que, por el motivo que fuere y teniendo en cuenta que mi hermano nació teniendo yo seis años y a toda la familia en el bolsillo pese a mi precoz excentricidad, yo proyectaba mi modo de percibir la realidad y las relaciones en trazos gruesos y amplios dedicados a las personas a las que más quería, y ridiculizaba en pequeños monigotes a mi pobre hermano, del que por lo visto tenía un poco de celos.

Os ilustraré de paso con otro tipo de ejemplos acerca de cómo plasman los niños su universo interior a los demás. Hace unas semanas fue Halloween, y en mi familia tuvieron un arranque pop, que diría Víctor Martín-Pozuelo, de modo que mi padre les hizo a mis dos primos pequeños dos calabazas con asa para que jugasen un rato. Soy de Extremadura, no eran calabazas, eran melones pequeños. Somos así. Bueno, el tema está en que mientras mi primo jugaba con su meloncito y dialogaba con él, mi prima pensó que tenía que añadir un par de nudos de acción a la historia para enrevesarla. Después de arrastrar el melón por todo el suelo y de magullarlo por algunas zonas, fue a explicarle al resto de adultos que el melón era un perro, se llamaba Cola y no podía andar porque tenía las patas rotas. Repito: un melón, forma oval, sin más extremidades que la cuerda que formaba el asa. Minutos después, tras examinar el melón fijamente con expresión seria y un tanto ojiplática, volvió a arrastrar el melón por el suelo, fruto del aburrimiento que le producía el face-to-face con él. Cuando mi padre le preguntó cómo era que Cola podía volver a andar, ella le explicó, valiéndose de cálculos con los dedos, que es que el perro tenía cinco patas, -le habían crecido dos nuevas con respecto a la historia anterior-, y podía andar con tres de ellas. De este modo, Cola terminó magulladísimo después de que mi prima hubiese montado toda esta historia con tal de que él fuese su compañero de juego durante unas horas.

Otra historia que me conmovió la escuché hace una semana en unas conferencias a las que asistí. Una de las ponentes hizo una brillante exposición sobre Peter Pan y la obra de Barrie, y para apoyar las teorías sobre que los niños deben creer en Peter Pan para ser niños contó que su sobrina de cinco años recientemente le había dicho que estaba muy triste porque ella decía ser la novia de Rayo McQueen y un niño de su clase le había dicho que Rayo no existía, aunque ella estaba plenamente convencida de su existencia. La respuesta de la ponente fue que Rayo McQueen existiría siempre que ella quisiese creer en él como algo real, y esa afirmación me pareció una verdad como un templo.

Los niños tienen un universo de significación a menudo más complejo de lo que como adultos podemos pensar en un primer momento. Hay todo un sistema semiótico detrás de cada trazo y de cada historia que nos cuentan, y su modo de concebir la realidad rezuma de cada una de sus palabras y gestos, de modo que, si nos paramos a analizarlos con un poco de detención y teniendo en cuenta que son la sinceridad en estado puro, podremos saber más o menos qué les pasa por sus cabezas y cómo nos ven a los adultos. Además, los críos son los mejores políticos que podría haber dado jamás la humanidad, porque, aparte de estar desprovistos de carácter calculador en su mayoría, pueden atraparnos con motivos absolutamente absurdos sólo por el convencimiento que a veces los posee sobre aquello que piensan. Y eso es algo maravilloso, porque de qué otra manera se puede vivir si no es creyendo ciegamente en lo que piensas o en las personas que te rodean.

El hecho de que mi primo de dos años y medio crea que Mickey Mouse es su amigo e invente historias con él no es más que la confirmación de que todo ser humano necesita creer en algo que, exista físicamente o no, sea persona, animal, planta, cosa o divinidad, está implícito en su manera de entender el mundo y de concebir la realidad, porque de otra manera no seríamos humanos. Por eso es importante que todo adulto tenga siempre en cuenta los valores y la capacidad de convicción que desarrolla durante la infancia, porque será esto y no el título de secundaria lo que le ayude a tener una madurez más rica y a experimentar la vida de un modo más humano. Porque no es posible hablar de humanización si nos olvidamos de la infancia y de las hadas en las que creíamos como algo completamente real, y porque, si somos verdaderamente humanos, transformaremos esas hadas en otras cosas a medida que crecemos, pero nunca dejaremos que mueran.

“-¿Sabes, Wendy? , cuando el primer niño rió por primera vez, su risa se rompió en miles de pedazos que se fueron dando saltos, y así fue cómo aparecieron las hadas. Y por eso tendría que haber un hada por cada niño y cada niña. -¿Tendría que haber? ¿Acaso no es así? -No. Ahora los niños saben mucho y pronto dejan de creer en las hadas, y cada vez que un niño dice “No creo en las hadas”, en algún lugar hay un hada que muere.”

Peter Pan y Wendy, J.M. Barrie.

Estefanía Ramos

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