Sex is in the air

Encendemos el televisor. Un hombre, con ceño fruncido, intenta quitar la grasa de una vitrocerámica. Su esposa que acaba de llegar de trabajar, le alcanza un desengrasante y le besa porque sabe que sin ella, su marido estaría perdido… Bien. Sumémosle detalles al anuncio.

Encendemos el televisor. Un hombre al que sólo le cubre una toalla, intenta quitar la grasa de una vitrocerámica, luciendo un torso de muy buen ver. Su esposa que acaba de llegar, le besa, le soba y hasta le lame la espalda, mientras que su marido sigue, aunque no consigue quitar ni un poco de la grasa. Ella, ni corta ni perezosa, le quita la toalla ante la sonrisa del buen hombre; le alcanza el KH7 y chuf, chuf, chuf, tres chorritos blancos que hacen milagros. Ahora sí puede abalanzarse sobre su marido… no sin antes lanzar otro chorrito blanco.

El sexo vende. Vale. Es algo que todos sabemos. No es ningún misterio. De hecho, muchos habréis entrado en esta entrada por el “SEX” del título. Pero, ¿qué nos está pasando? ¿Por qué estamos sexualizando todo?

No voy a hacer leña del asunto Bigas Luna, pero ¿qué se le pasa a este señor por la cabeza para anunciar un quita grasas… así? Y lo que es más inquietante: ¿en qué momento los publicistas de esta marca deciden que lo mejor para sus ventas es este anuncio? Y lo que es más inquietante aún: ¿cómo es posible que este anuncio tuviera su efecto e incrementara las ventas del KH7?

Porque así fue. Incrementaron. Y me diréis: “Pues yo no me imagino a las señoras comprando el KH7 porque sus maridos se vayan a poner a tono”. Pues igual sí, o igual no, pero el caso es que las ventas incrementaron. Y ahora que me sacáis el tema de las señoras: las señoras últimamente están irreconocibles. ¿Qué me decís del “asunto Grey”?

Para los que no estéis en la onda, me refiero a Christian Grey, protagonista del best-seller Cincuenta sombras de Grey, escrito por E.L.James. Haciendo un resumen, así en una frase, esta novela trata sobre una joven que se enamora de un multimillonario trastornado por su pasado. Oye, pues no parece nada que pueda causar un fenómeno que revolucione a diestras y siniestras, jóvenes y adultas. Pero claro, ese trastorno incluye un cuarto rojo del que cuelgan fustas, esposas y demás artículos calentorros; y una sed de sexo que no es normal. Y claro, tú ves a las señoras, ahí, que no despegan la mirada del libro ni aunque se les este quemando el sofrito.

Pude leer en internet que el éxito de esta novela había provocado un incremento en el número de embarazos en Estados Unidos… Yo lo que no se es como no incrementó el número de divorcios al descubrir que tu marido/novio no es Christian Grey, porque no confundamos: por mucho que tu a tu hombre le enseñes todo lo que lees en el libro, el aguante del Grey no lo tiene ni Nacho Vidal. Eso esta claro.

Pero en sí, es una historia de amor. Sin embargo, no ha triunfado por el amor, sino por el sexo. ¿Qué nos esta pasando? ¿Es que el amor ya no vende? ¿Dónde han quedado las historias de amor normales, sin lobos ni vampiros mediante? Aunque sí es verdad que en Crepúsculo por mucho que el sexo se respire (están todos más calientes que el palo de un churrero), no se consuma hasta pasadas cuatro películas, que, pongámosle a dos horas la peli, son ocho horas, que traduciéndolo en tiempo real: ¿¡CUÁNTO TIEMPO ES?! Una cosa es lo de Bigas Luna y otra, lo de estos chicos… Por favor.

Pero si hay algo común a todos los productos de ficción que se están facturando últimamente es el protagonismo de una cara bonita. Porque detrás de una cara bonita qué se esconde: deseo, deseo de que en algún momento salga sin camiseta, deseo de que enseñe algún pecho, DESEO. Y ese deseo esconde, como no, sexo. Y aquí, en España somos poco de pulsión escópica, es decir, que guardamos poco para la imaginación. Pongamos un ejemplo: una chica vive en un internado y todos los días que hace sol lleva un jersey azul… No os podéis creer la coincidencia de que justo el día que llueve, lleva una camisa blanca. ¡Y es más! No lleva sujetador. ¿La vida da esos pequeños regalos? No. Para eso ya está la ficción.

La televisión cada día esta más plagada de este tipo de escenas, lo que nos lleva a un paradigma difícil de resolver: las series o programas de alto contenido sexual, ¿triunfan por el hecho de incluir este contenido o porque son un buen producto? Y cierro con el ejemplo de Spartacus: si en la serie no colgarán más espadas de las que se blanden, ¿su audiencia hubiera sido igual?

—Jonathan Espino—

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