¡Matrimonio para todos!

Nota del autor: este es un artículo con alto contenido humanista, no político. ¡Qué hay más humano que el amor entre las personas!

Roucos Varelas los hay en todos los países, bueno, más que la rocambolesca efigie del líder espiritual patrio, religiosos de bien —retrógrados, homófobos, pederastas, avariciosos…— los hay en todos los países. En su existencia no me voy a enfangar, sólo con su intención de evangelizar, islamizar o judeizar a la opinión pública y, de paso, interferir en el poder legislativo, jurídico o ejecutivo de un Estado. Total, tienen en su mano el poder de la moral suprema e indefectible.

El sujeto que ha levantado las iras de todas las confesiones en Francia —sí lectores, volvemos a Francia— ha sido la proposición de ley para legislar el matrimonio homosexual —«Mariage pour tous!»— que ha levantado ampollas en el seno de las tres religiones que cohabitan en Francia —catolicismo, islam y judaísmo—. No han faltado voces religiosas, en un país históricamente laico: los musulmanes se han lanzado a la calle en la última semana y han elevado sus protestas junto con católicos y judíos.

Enumeraré algunos de los argumentos que estos roucos varelas engordados a base de roquefort y carne halal alegan contra este proyecto de ley. Por un lado La UOIF (Unión de Organizaciones Islámicas de Francia) escribía en su web: «Si el matrimonio entre dos personas del mismo sexo se legaliza, entonces todas las reivindicaciones, incluso las más incongruentes, pueden, un día, volverse norma en nombre del mismo principio de igualdad. (…) ¿Quién podrá deslegitimar la zoofilia, poliandría —matrimonio de una mujer con varios hombres— en nombre del sacrosanto amor. —Pero, los musulmanes franceses, que tienen más humor que algunos católicos ultraortodoxos españoles, agregan— Deseamos recordar que la homofobia es condenada por todos». El arzobispo de Lyon sólo añade que «le mariage pour tous!» abre la vía a la poligamia y al incesto.

Pero dejemos hablar a las cifras, según el sondeo IFOP realizado en Francia, el 65% de los franceses aprueba el matrimonio gay y el 53%, la adopción. Por otro lado, los católicos practicantes aceptan en un 45% la legislación del matrimonio homosexual y el 36%, el derecho a la adopción (no hay datos sobre la comunidad musulmana ni la judía). Tras esta victoria aplastante de los números, ¿con qué valor moral defienden los bulldogs de la religión sus posiciones?

Para empezar a desmontar sus discursos, nuestro Mesías, Jesucristo —que murió para salvarnos de nuestros pecados, entre ellos la intolerancia—, no expresa nada en su famoso Sermón de la Montaña —«Felices los afligidos, porque serán consolados»—, tampoco en los Diez Mandamientos se nombra siquiera. En todo caso, y como cita concluyente de este adelantado a su tiempo y al nuestro, manifestó: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Nuevo Testamento Juan 13, 34).

El Corán, del cual mis conocimientos son mucho más limitados —pido disculpas al lector—, bien habla de que su Profeta subió a los cielos a lomos de un caballo, pero también de tolerancia: «¡Hombres! Os hemos creado a partir de un varón y una hembra y Os he hecho tribus y pueblos distintos para que os reconocierais unos a otros» (El Sagrado Corán49:13).

El matrimonio homosexual y el respeto a todos los seres humanos, no importa cuál sea su preferencia sexual, se está extendiendo por todos los países gracias a la globalización —la globalización positiva—. Actualmente el matrimonio homosexual está aceptado tanto jurídica como socialmente en países como Holanda, Bélgica, Canadá, España, Sudáfrica, Noruega, Suecia, Portugal, Islandia, Argentina y Dinamarca. En los Estados Unidos algunos estados ya lo permiten y Obama parece querer legislarlo —con suerte, le darán otro Nobel de la Paz—. En Cuba, comienza una apertura para el matrimoniol —unión civil según la ley cubana— entre personas del mismo sexo. Uruguay y Colombia reconocen las parejas de hecho de este carácter. El laborista irlandés y número dos del Gobierno Eamon Gilmore lo ve «como una cuestión de derechos humanos».

El Amor es una cuestión humana, no divina —aceptamos amor divino como animal de compañía—. La defensa de que la homosexualidad es antropológicamente contra natura está basada en un poso mucho menos humano: el odio y la intolerancia. Porque entender el matrimonio como la unión del hombre y la mujer con el sólo fin de pocrear, sin comprender el amor, es triste y termina siendo vacuo.

Anuncios