Orwell, Historia y recuerdos construidos

Fotograma del film 1984

La Historia es relativa y los hechos objetivos e irrefutables, la Historia por lo tanto es el resultado del raciocinio de los historiadores. Y dado el carácter subjetivo de la Historia, nos preguntamos, ¿se puede cambiar? La respuesta es sí, el más claro ejemplo de ello nos lo muestra el gran escritor del siglo XX que da nombre al blog: George Orwell.

Este proceso de continua alteración no se aplicaba sólo a los periódicos, sino a los libros, revistas, folletos, carteles, programas, películas, bandas sonoras, historietas para niños, fotografías…, es decir, a toda clase de documentación o literatura que pudiera tener algún significado político o ideológico.

Diariamente y casi minuto por minuto, el pasado era puesto al día. (…)Toda la Historia se convertía así en un palimpsesto, raspado y vuelto a escribir con toda la frecuencia necesaria.

1984, George Orwell

Pero lo hemos vivido en otros procesos históricos que no detallaré, es más, ahora mismo se da una reescritura descarada y, en muchos casos, antifática de la Historia. Pero éste no es el sujeto de la entrada de hoy, con esta breve introducción me meto de lleno al recuerdo. Sí, el recuerdo humano, aquella información que se guarda en nuestro neocórtex y que conforma nuestra experiencia vital. Pero ¿son relativos los recuerdos? La respuesta es sí o al menos eso es lo que afirma Daniel Goleman en su libro Inteligencia emocional.

Cita Jorge Luis Borges

Pero ¿y si esa Historia Universal puede cambiar? Los recuerdos son también una manera que tiene el cuerpo de protegerse, ese cognitio ab experientia. El autor pone como ejemplo a dos osos: el oso en el jardín y el oso en el zoológico. Aunque una persona de a pie no tenga experiencia en luchas a muerte con un oso, bien sabe que no puede actuar de la misma manera ante estos dos casos diferentes. Es la mecánica del miedo la que nos permite distinguir entre ambas situaciones.

El cambio de recuerdos, al igual que el ejemplo mostrado anteriormente es también una forma que tiene el cuerpo de protegerse, se han dado casos de fuertes shocks emocionales en los que el recuerdo cambia o se difumina para ahorrar a la persona sufrimiento innecesario. Muchas veces, el recuerdo que tienen las personas de los accidentes o de situaciones traumáticas son borrosos, por esa misma razón para defenderse de esa situación. Es más, se recuerdan impresiones, sensaciones, etc.

La defensa del cerebro subconciente puede ser tan poderosa que puede incluso hacer que deformemos el recuerdo hasta cambiarlo con tal de protegernos. Pero el cambio de los recuerdos se da más bien a otras alturas mucho más cotidianas. Le pido al lector que ahora mismo recuerde unas vacaciones de cuando era muy muy pequeño, pongamos tres años y que recuerde algunas imágenes. Una vez evocadas las imágenes de esas vacaciones vaya, si tiene la oportunidad, a mirar las fotos o vídeos de esas vacaciones, ¿a que son parecidos esas fotos a los recuerdos?

Desde mi experiencia personal, cuando recuerdo esas vacaciones de cuando tenía tres años, los recuerdos son muy vívidos, tanto que no recuerdo las vacaciones de cuando tenía cuatro años, ¿por qué? Porque en mi casa hay menos fotos. Para poner en situación al lector, esas vacaciones mías fueron en Tenerife, adonde fui con toda mi familia. En mis recuerdos aparezco siempre con una camiseta de fresas, con el pelo a tazón y mis recuerdos incluso tienen la misma pigmentación que el color de la Olympus réflex y analógica de mi padre. Evidentemente, fui a Tenerife con algo más que una camiseta de fresas y claro está que cuando estuve en Tenerife no veía todo en ese color, pero en mi recuerdo queda la impronta de que fue de esa manera.

Olympus tipo réflex y analógica

Porque los recuerdos a parte de grabarse en nuestra mente, se crean de lo que oímos, vemos e incluso de lo que leemos. Son recuerdos que sí, que ciertamente ocurrieron, sólo que no somos capaces de evocarlos porque éramos demasiado pequeños como para poder recordarlos. Con esta construcción de los recuerdos, sitúo de nuevo al lector en esas vacaciones de hace 18 años —en mi caso—. Durante esas vacaciones me picaron unas arañas subtropicales en la cara, para ser más claro en la oreja y en la ceja, el veneno de esas arañas en ese cuerpo de crío hicieron que una oreja creciera monstruosamente —hasta tal punto que se me caía— y que la ceja me tapara parte de la visión, muy del estilo Quasimodo, el Jorobado de Notre Dame. Mi madre siempre me cuenta que ella me echaba crema para que bajara la hinchazón porque lo tenía muy hinchado, y sin embargo, no me acuerdo de que me echara la crema en Tenerife, sino en el patio de mi pueblo. Ese recuerdo es falso, es una construcción basada en lo que me cuentan mi madre y mi abuela —de ahí que sitúe el que me echen pomada en el pueblo—.

Cambiar la memoria, por lo tanto, no es algo complicado ni difícil, es algo que el cerebro realiza continuamente, construyendo recuerdos, emborronando otros y manteniendo el resto. Los hechos que hemos vivido son absolutos, pero con el paso del tiempo esa experiencia se vuelve más y más relativa. Lo mismo pasa con la Historia, y si bien espero no llegar nunca al superestado en el que vive Winston Smith y no tener que escribir en un diario mis vivencias por miedo a que un buen día desaparezcan o cambien. Dejemos entonces que la Historia es modulable, que continuamente se desarrolla —y esto es absoluto— a partir de las acciones de las personas, pero que la experiencia que tenemos de ella cambia a partir de las interpretaciones: propias o externas. Lo importante es tener conciencia para discriminar qué interpretación es la más justa de aquellas que son, directamente, interesadas.

— Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantarero —

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