Berlanga, Patrimonio Intelectual

Antes de nada, igual os preguntaréis por qué hoy escribe la loca y no Víctor siendo martes. El motivo tiene que ver con la persona a la que va dedicado el artículo. Sí señores, estamos ante otra efemérides, esta vez dedicada al que, a mi parecer, ha sido el director español más brillante de la Historia de nuestro Cine, esto es, Luis García-Berlanga. Esto, por supuesto, es una opinión mía, y lo último que pretendo con esto es desmerecer al resto de los directores de cine de este país, que ha dado y sigue dando grandes genios. Dicho de otro modo: esto no es más que trasladaros mi manera de ver y de experimentar el cine de Berlanga, y defender la idea de que para mí este señor valenciano marcó un antes y un después a la hora de escribir la Historia del Cine de este país.

Hoy hace dos años de la muerte de este señor, el primer gafapasta de este país, por cierto. Recuerdo esa mañana lluviosa de un 13 de noviembre como embadurnada de una tristeza insólita para tratarse de la muerte de alguien a quien no conocía personalmente. Así es, la muerte de Berlanga, como la de Zulueta o como la de Fernando Fernán-Gómez, me provocó una decadencia emocional bastante fuerte. Probablemente sea porque todos ellos han dado a mi existencia motivos y conceptos que yo misma no me atrevo a explicar.

Me gusta imaginar el nacimiento de Berlanga como un día muy soleado en el que el resto de habitantes de Valencia tomaba horchata en las terrazas con la ropa pegada al cuerpo por el bochorno veraniego. Entonces, en algún lugar de la ciudad, nacía un bebé de futuros ojos azul Mediterráneo en cuyas neuronas había más energía que en el estallido de mil masclets. Además, quiero pensar que en el calor del día en que nació Luis, justo en el momento en que su madre lo tuvo en sus brazos por primera vez, hubo un gran estallido de pólvora que resonó durante varios segundos e hizo temblar algunos pisos, porque precisamente fue eso la llegada de Berlanga al mundo y su aportación al cine: un petardazo de la leche.

Con los años, Valencia, su gente y su manera de ver el mundo harían de Luis un pensador satírico de la realidad, donde todo era miel y al mismo tiempo dardos envenenados. De la juventud de Luis también podría hablaros un poco, pero no creo que sea necesario. Quizás se sea de decoro deshacer esa idea que muchos tienen de él como “un fachita más”, comentario que, en el mejor de los casos, viene dado por ese dato de que perteneció a la llamada División Azul. Efectivamente, así fue, y lo hizo para evitar la cantidad de palos que podían caerle al ser hijo de un militante republicano. Por su parte, Luis jamás simpatizó con ningún partido político ni con ninguna ideología que no fuera la propia sátira que llevaba en todas las células de su cuerpo. La política no le interesaba lo más mínimo. Vivió, eso sí, rodeado de muchas personas pertenecientes al mundo de la política o simpatizantes de algunos partidos políticos. Juan Antonio Bardem, José Luis García Sánchez, Antonio Gómez Rufo o José Luis Saénz de Heredia entre otros. La mayor parte de ellos, por cierto, bastante rojeras.

Después de haber estudiado Filología y Derecho, el joven Berlanga ingresa en el Instituto de Investigaciones y Experiencias cinematográficas de Madrid. Yo soy de las que siempre ha considerado que las ideas de Luis estuvieron en su cabeza desde el mismo día de su nacimiento, y que poco a poco se fueron topando con aspectos que las sacaron a la luz con un resultado brillante. Y esas ideas estaban allí, bulliendo, como agua puesta a hervir en un caldero. Las primeras manifestaciones de estas ideas en el celuloide fueron una serie de cortometrajes, a menudo fruto de  colaboraciones con otros directores y actores amigos del valenciano. De entre estos cortometrajes, cabe destacar “Se vende un tranvía“, porque fue aquí donde empezó la relación con Rafael Azcona, pareja artística de Luis hasta la década de los 80.

Merece la pena, asimismo, hacer un inciso mientras hablo de Luis para comentar la influencia de Azcona en Luis (y viceversa). La unión Berlanga-Azcona dio resultado a las que, desde mi punto de vista, son dos de las cinco obras maestras del cine español, esto es, “Plácido” y “El Verdugo“. Es probable que no se pueda hablar de Azcona y de Berlanga por separado para establecer qué era lo que aportaba cada uno a las películas que hacían juntos. No hay nada estrictamente propio de Azcona ni nada estrictamente intrínseco de Berlanga, y la obra de ambos no puede verse si no es como un conjunto, como un todo donde todo lo que hay es de los dos creadores, donde no sobra nada ni falta nada. Hay quien dice que el toque amable y enternecedor de las películas de ambos lo ponía Azcona, atribuyéndosele a Luis el sarcasmo y la acidez. No sabría deciros, porque no tuve la suerte de conocer a ninguno de los dos. Como espectadora, sólo puedo ver películas maravillosas de la época en la que escribían juntos.

Desde el principio de su época juntos hasta el final de la misma, tal vez sea posible advertir un cierto grado de acritud que aumentaba a medida que iban escribiendo más guiones, fruto tal vez de la propia experiencia de la vida, que recrudece todo. Claro que no es lo mismo “Moros y cristianos” que “Bienvenido Mr. Marshall“, entre otras cosas porque distan 35 años entre una y otra. Evidentemente, las temáticas y las propiedades de ambos guiones siguen la misma línea, pero hay una visión ácida que se le traslada al espectador a medida que éste va descubriendo cronológicamente la filmografía de estos dos señores. Fuere como fuere, y obviando el final que tuvo la relación entre Berlanga y Azcona, del que nadie sabe nada porque ninguno de los dos quiso nunca contar qué fue lo que terminó por separarlos, estamos ante un periodo álgido de la obra, en el que cada plano tiene una resolución brillante, y donde la coralidad espontánea estaba perfectamente medida de antemano, donde los diálogos desordenados estaban en perfecto equilibrio con todos y cada uno de los elementos que componían la totalidad del filme.

Como a todo director, cuando se le preguntaba por su obra, intentaba escabullirse como le fuese posible. Asimismo, cuando le preguntaban por sus planos-secuencia, Luis siempre argumentaba que lo hacía por pereza, porque no quería andar complicándose la vida combinando otro tipo de planos. Uno de los mejores profesores que he tenido en la carrera, hace dos años, nada más morir Luis, dijo que no creyéramos por un segundo ese tipo de afirmaciones de la boca de Berlanga, porque esos planos secuencias llevaban implícita una lógica narrativa de una fuerza descomunal, y no he encontrado en mucho tiempo afirmación más certera que esa. Si se miran con detención y prestando un poco de atención a la sintaxis de “El Verdugo”, no hay otra manera de bordar la obra si no es recurriendo en esos casos a los planos-secuencia de los que se hace uso.

De este modo, desmontando esas pequeñas mentiras piadosas de Luis, me he ido a lo largo de los años deslizando por sus películas. Recuerdo que la primera que vi de él fue “Bienvenido Mr.Marshall”, cuando tenía 12 años (justo cumplí 12 años el día que comenzó la guerra de Irak, y aquello estaba de rabiosa actualidad 50 años después del estreno de la película), y me pareció una obra maravillosa, aparte me sedujo en gran medida la manera de clavar puñales a los personajes y a la trama desgarrándolos y haciéndolos intrínsecos casi, llevándonos, como Salinger, con ellos al final de sus circunstancias. Además, me parecieron ya en aquel momento, sin tener ni idea de praxis fílmica, maravillosas esas banderas flotando en el agua mientras se apagaban los gritos y la música de Villar del Río.

Y así, viendo una tras de otra sus películas, fui entendiendo sus constantes temáticas, su manera de mirar el mundo y de contarlo a los demás, y fui haciéndome cada vez más Berlanga, más ácida, más estrecha y más mía, sólo que a mí la vida no me ha brindado ese talento que tenía el valenciano de ojos azules y profundos. Puede que al principio pudiera pensar que el genio compartido entre él y Azcona fuese lo que convertía en diamantes sus obras, pero cuando una entiende que París-Tombuctú es el fin de Berlanga como creador y la guinda en su pastel, se da cuenta de que lo de Berlanga era talento en estado puro. Talento con patas, que saltaba y se colaba por las rendijas de partes oscuras de la existencia humana, donde los personajes eran tan miserables y cotidianos que al espectador no le queda más remedio que empatizar con ellos. La condición humana es probablemente el conducto que va por debajo de la obra de Berlanga, la necesidad de demostrarnos que somos tan insignificantes como las historias de las que somos partícipes y las que se derivan de nuestras propias acciones. Siendo una gran admiradora de Bergman, os digo de antemano que la obra de Berlanga no tiene nada que envidiarle en este sentido. Para quienes no lo conozcáis, Bergman ha sido uno de los cineastas que mejor ha conseguido llegar al fondo de la existencia humana y de la actitud del individuo en el mundo. Podéis comprobarlo viendo cualquiera de sus obras, pero más que ninguna Persona, la que creo que es su obra cumbre. Lo que quería deciros es que la manera en que Berlanga descuartiza al ser humano y a su comportamiento no tiene nada que envidiarle a la de Bergman, cada una plasmada de manera muy diferente, pero consigue resultados muy parecidos. Porque en el fondo lo único que buscamos como espectadores es que nos cuenten buenas historias que nos hagan pensar. Bueno, o eso creo yo.

En cualquier caso, y esto es algo que también afirman muchos expertos en la materia, Berlanga tiene temas que son universales, y que están de actualidad en cualquier momento en que se revisionen. Plácido, sin ir más lejos, cuenta la historia de un señor que, llegado el día en que expira el plazo para pagar una de las letras de su motocarro, se las tiene que ingeniar para no perderlo, algo que se complica horriblemente porque es el día de Navidad. Algo muy de moda ahora que la televisión y su publicidad nos recuerdan que estas fechas tan entrañables están a la vuelta de la esquina y que hay mucha gente que vive tan al día que el propio hecho de pagar un plazo de algo se complica horriblemente. Personajes en situaciones a menudo miserables, cuando no por condición externa es por las circunstancias que los rodean, pero desprovistos en su mayoría de maldad, y condenados a un destino del que no pueden escapar.

Todos los personajes de Berlanga están condenados a la soledad consigo mismos, y nos enseñan que, por mucha gente con la que podamos contar, al final nuestra vida es nuestra y estamos solos ante todo peligro y toda fuerza externa. Probablemente no haya mejor retrato de esto que os cuento que Michel, el protagonista de Tamaño natural, que teniéndolo todo se embauca en una relación de amor-odio con un maniquí. Una vez más, los mitos griegos como trasfondo de la trama. Un maniquí. Una escena desgarradora que tiene lugar en cierto momento de la película y que no os contaré por si no la habéis visto. Un retrato sórdido de los límites impensables que tiene la conducta humana. La sordidez, la soledad, la vulnerabilidad, y un sinfín de atributos que sólo pueden entenderse a través de los ojos de Luis, esto es, viendo sus películas con un afán de espectador activo.

Podría pasarme años hablando de mis impresiones acerca de Berlanga y de toda su obra, que no dejo de ver nunca y de tener como fondo para todo porque me parece sublime. La obsesión por los pies, por el enigma que para él suponía la mujer, en cierto modo por la muerte -una señora de pálido rostro en quien a Luis no le gustaba pensar, porque le tenía pánico-, por el Imperio Austro-Húngaro -gracias a Luis siempre me pareció simpático el personaje férreo de Otto Von Bismarck-, por  la debilidad humana. Un legado imborrable, que perdurará generación tras generación, porque la temática de cualquiera de sus películas es, como ya he dicho anteriormente, aplicable a cualquier circunstancia en que nos hallemos. Digo que perdurará generación tras generación porque, mientras esté en mi mano, mis primos, sobrinos, hijos y nietos si es que se da el caso verán la obra de Berlanga, de la cual sólo espero que puedan entender la vida de un modo satírico y compasivo a partes iguales.

Lo berlanguiano está en todos lados, porque es la propia condición humana y porque todos, a nuestro modo, formamos parte de una película coral, de un caos medido por alguien con ojos azules y sonrisa tierna. Porque a mi, que soy atea hasta la médula, el pensar en alguna divinidad me trae a la mente la figura de alguien muy parecido a Luis si no es él mismo (bueno, otro día os hablaré de Sabina, con quien me pasa algo muy similar).

Y con unos versos del Flaco de Úbeda dedicados al Rubio de Valencia os dejo.

Y acampó en Calabuch, dos o tres meses, 

entre cristianos, moros de paisano

y falleras que follan con franceses

y en plena mascletá, rezando un credo,

ante el altar de un culo valenciano, 

se le escapó del alma: tengo miedo.

Estefanía Ramos

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