Las reglas del juego

Erase una vez una niña pequeña que vivía en un mundo feliz. Viajaba siempre desde la pequeña cabaña de madera de su abuelita hacía la aldea cercana donde estaba el mercado con una cesta en la mano derecha y un peluche de un osito en la mano izquierda. Así todos los días. Cuando llegaba a la aldea, con casas pequeñas de madera o piedra, compraba dos mendrugos de pan y una botella de vino (los mercaderes se la daban porque ya la conocían y sabían que era para su abuela) y volvia a casa.
Un día, a mitad del camino, un hombre de aspecto extraño le paró. La miraba muy lascivamente. Comenzó a desabrochárse los botones de sus calzas. Antes de que le diera tiempo, la niña saco una Uzi de dentro de su cestita y acribilló a balazos al hombre con una gran sonrisa en el rostro mientras la sangre del hombre al que asesinaba saltaba sobre su cara.

Estoy bastante seguro de que la pequeña historia que os he escrito arriba no os ha terminado de satisfacer. El porqué, independientemente de su calidad literaria, es muy sencillo: algo no termina de encajar. Al inicio os he presentado a una niña que recuerda en muchos aspectos a Caperucita Roja, una niña inocente (recordemos ese peluche del osito) y que vive en una época claramente Medieval. Por eso no parece nada justificado que, de repente, esa niña se convierta en una sádica que utiliza un arma claramente fuera de su tiempo.

Yo mismo he incumplido la lógica del mundo que establecí al inicio del relato.

Ven lobito que tengo una sorpresa para ti

Al inicio de cualquier obra de ficción se han de dejar bien claras las reglas del juego. Se debe explicar cómo funciona el mundo en el que se da la historia, si es el mismo que el nuestro queda claro, si tiene elementos distintos han de marcarse ya desde un inicio. A la par que el mundo, en este establecimiento de reglas se han de presentar también a los personajes protagonistas. Todo esto debe de realizarse (en el caso del cine) en el primer acto. Todo lo que se marque ahí será asumido por el espectador como parte de este mundo sin problema alguno.

Es un juego, un guiño entre el espectador y el autor de la obra. En ese momento, el autor dice que una cosa es X y el espectador le guiña un ojo y dice: “Se que en la realidad tal cosa no es X, pero aquí haré como que es.”. El espectador, conscientemente, asume que lo que le dices es cierto para poder asumir la historia sin ponerla en duda. Es un acto de fe total.

La clave es no dejar este establecimiento para mucho más tarde del primer acto. Si pasado el primer acto de la película se intenta añadir más y más elementos de este mundo, según va evolucionando la trama, el espectador se puede comenzar a sentir engañado. Puede parecer que se está añadiendo todo esto sólo para justificar lo que sucede en la trama y que el guionista no ha sabido arreglar de otra forma.

Veamos, por ejemplo, una escena que nos demuestre este establecimiento de las reglas del mundo donde se da la trama:

Como se puede ver en esta escena  (y plano, por cierto) inicial de Children of Men (Alfonso Cuarón, 2006), desde el inicio se han de establecer elementos que vayan diciendo al espectador dónde se da la historia. En estos dos primeros minutos contamos ya con muchos datos fundamentales:

  1. Nos encontramos en un futuro próximo muy similar al nuestro.
  2. Por algún motivo que aún desconocemos la persona más joven del planeta tiene 18 años. Es decir, no ha habido un nacimiento desde entonces.
  3. El que era hasta ese momento el chico más joven ha muerto. Todo el mundo está impactado por el hecho.
  4. Theo (aún no conocemos su nombre a estas alturas), el protagonista, no lo está. Se la viene pelando.
  5. Theo coge un café a primera hora de la mañana y ya le echa alcohol. Estamos comenzando a definir a un personaje jodido. Claramente no es una persona feliz.
  6. Nos encontramos en un momento en la que hay algún tipo de movimiento terrorista actuando.

Sólo en estos dos minutos tenemos, básicamente, estos seis elementos que serán clave para el funcionamiento de la historia y para que el espectador sepa comprender el mundo en el que se da y, de esta forma, entienda el porqué de cada una de las acciones que los protagonistas tomen de aquí en adelante.

– ¿Y dices que te siguen leyendo, Platón?
– Sí, tío. Da igual cuánto tiempo pase. Todos los escritores me hacen caso

A este mecanismo de complicidad se le llama comúnmente suspensión de la incredulidad, término acuñado por el poeta Samuel Taylor Coleridge en el s. XIX. Se trata “la voluntad de un sujeto para dejar de lado su sentido crítico, ignorando inconsistencias de la obra de ficción en la que se encuentra inmerso, permitiéndole adentrarse y disfrutar del mundo expuesto en la obra”.

Esta expresión tiene sus orígenes en la Poética de Aristóteles y el concepto al que él llamo verosimilitud inserta. Un concepto escrito a fuego en la mente de cualquier guionista o escritor de novelas: En la búsqueda de la convicción del espectador es preferible una imposibilidad probable a una posibilidad improbable. Es decir, es más fácil creerse algo que sabes que no existe, pero está orgánicamente explicado; que creerse algo posible pero altamente improbable.

Un ejemplo: Compliance (Craig Zobel, 2012). Como se puede ver en este trailer el argumento es muy sencillo:“Es una adolescente detenida por robar dinero de la cartera de un cliente en el restaurante de comida rápida en el que trabaja. Con este arresto, comenzará una pesadilla que trágicamente desdibuja las líneas entre la conveniencia y la prudencia, la legalidad y la razón.”

Esta película está basada en unos acontecimientos que ocurrieron realmente en los Estados Unidos hace varios años. Lo que, en realidad, significa que esto ocurrió. Es un posibilidad, una que de hecho se ha dado. Pero, yo, personalmente, como espectador no me la creí. Me dio igual cuánto fuese de cierto. Porque los personajes se comportaban tan erráticamente sin justificación alguna, dejándose llevar… De una forma que me parecía incoherente. Para mí era mucho más verosímil el viaje de Frodo desde la Comarca hasta Mordor que Compliance.

A pesar de que Frodo no haya existido, al igual que su mundo, y la historia que relata Compliance sí se haya dado. Y este es un problema de la narración, del guión y su puesta en escena.

De hecho, podemos hacer una comparativa con otra película. Esta cuenta, de hecho, un relato no sólo imposible, sino que además no explicado.

Ruby was just ruby.

Hay ocasiones en las que es posible que una película consiga hacer que el espectador se olvide de esta ruptura y ya la asuma como parte del mundo establecido, sin buscar explicación. A pesar de saber que es algo que sucede, cuando la película está llegando de alguna forma a la audiencia, con unos personajes que se comportar convincentemente, se puede dar el caso de que se deje de buscar el motivo causante de esta ruptura. Y que el espectador no tenga necesidad alguna de resolver el misterio.

Esto es lo que sucede, por ejemplo con Ruby Sparks (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2012). En esta película se da el especial acontecimiento de que el personaje principal del autor, de repente, aparece de la nada como si fuese una persona real. Al inicio no se sabe por qué ha sucedido. El espectador se lo pregunta. Pero, poco a poco se va olvidando del tema. Hasta alcanzar casi el final de la película, cuando la guionista (Zoe Kazan) decide poner en palabras de su propio personaje lo que le está pidiendo al espectador:

Y como espectador, lo has asumido ya tanto, y has visto en los personajes un compartimento tan humano y lógico (o ilógico en ocasiones, pero humano al fin y al cabo) que no te importa la falta de explicación.

Por tanto, siempre has de tener presente que es más creíble un mundo de ficción que no exista, pero tenga lógica; que unos acontecimientos reales carentes de lógica y justificación. Siempre hay que tener presente la verosimilitud inserta, ya sea para tus historias o para tus sueños.

Anuncios