Firma Invitada: De amores y pasiones

Como quedará bien claro en este artículo Jonathan Espino es estudiante de Comunicación Audiovisual. Pero, a parte de ello escribe de cuestiones relacionadas con cine y televisión en Periodistas en Potencia y fue locutor de radio en un espacio de dicha temática. También le apasiona Mercadona y dedica su tiempo libre viernes y sábados a trabajar en una de sus cajas. De eso no le gusta tanto alardear.

“Mamá, voy a estudiar Comunicación audiovisual”.

Tu madre parpadea dos veces y te dice: “Muy bien, hijo. Como tu veas. Pero, ¿eso qué es?”.

Tu, ignorante, respondes: “Mamá, voy a estudiar cine”. Y se te llena la boca. CINE. Porque el amor por el cine es algo que se siente desde chiquitito. Es algo que se siente en la mirada cuando ves quinientas veces una película Disney y no parpadeas. Es algo que se siente en el pecho al escuchar la banda sonora de tu película favorita. En definitiva, el amor por el cine es algo que nace de la noche a la mañana y que ya te acompaña hasta el fin de tus días.

Y como ese amor es tan, tan fuerte, ahí vas tú, con tu cara de pardillo adolescente al que, o bien le ha salido una ligera pelusilla sobre el labio que parece de todo menos bigote (ese era yo), o bien le ha salido una barba que ni a Tom Hanks en Naufrago. Y te sientas en clase. Esos primeros días en los que el temor a estar solo a lo largo de todo el curso acechan tras cada mirada discreta que echas sobre el hombro hacia tus compañeros de las filas anteriores (sí, yo me sentaba en las primeras) y recibes al profesor de la primera clase: “Lengua española”. Madre mía, eso sonaba a todo menos a cine. Yo no le encontraba el audiovisual por ningún lado, pero oye, le das un voto de confianza y atiendes… Atiendes porque estas en primero y recordemos: “eres un pardillo adolescente”.

A medida que avanza el curso, te vas dando cuenta de que estas sumergido en un “capítulo trámite” de tu vida. Me quiero referir a esos capítulos de las series en los que tu percibes que no te están contando nada valioso, y que sólo miras a la pantalla para poder ver el siguiente capítulo, en este caso, poder aprobar y pasar a segundo curso; porque no nos engañemos, si estuviéramos en una película en la que hubiera que recortar minutos, primero se quedaba en la sala de montaje de fijo.

Pero como estamos en una serie, pues seguimos y pasamos a segundo. Y te empiezas a percatar de que la cosa no mejora. Que tu estas ahí mirando al profesor (recordemos que hace dos años aún eran pocos los que tenían Smartphone), tomando apuntes (porque que haya pasado un año, no te hace dejar de ser “un pardillo adolescente”) y pensando a cada frase que apuntas en tu folio: “¿Para qué coño me va a servir a mi esto en la vida?”. Y lo piensas. Lo piensas mucho. Incluso lo comentas con tu compañero de al lado, dando lugar a una siempre intrigante y nunca reconfortante, encogida de hombros.

No es esta la universidad que me encontré.

Quiero hacer un paréntesis y advertir de que quizás esté siendo un poco exagerado, pero es que estoy dolido. Sí, estoy dolido porque aquel chaval inocente, que soñaba con salir de la carrera habiendo aprendido muchísimo sobre su gran pasión, se encuentra ahora en cuarto, quizás con un poco más de barba, quizás mucho menos inocente, pero os puedo asegurar, que con una idea muy clara en mente: si de verdad quieres conservar tu amor por el cine, no vayas a la universidad: muchas veces te hará odiarlo… y eso duele más que pagar altísimas matrículas por calentar una silla.

Pero claro, esto lo digo ahora… A finales de segundo no hacía más que repetir: “Seguro que tercero si que sí”. Y sí, si que parece que este estudiando comunicación audiovisual. Por fin. Después de dos años y no se cuantos euros. Aunque no os penséis que todos son rosas, que hay algunas asignaturas que pinchan más que las espinas, pero, oye, sarna con gusto, no pica.

Y estás contento. Contentísimo. Jodido, porque no puedes ni respirar con tanto trabajo de producción y realización, pero coño, eso era lo que queríamos.

De repente, cuarto. Bajón instantáneo. Tu mente, que no es tonta, empieza a elucubrar y a no dar crédito de lo que esta escuchando. Os transcribo las conversaciones que mantengo con ella:

— Mi mente: Macho, ¿otra vez el carrito cayéndose por las escaleras?
— Yo: Eso parece…
— Mi mente: ¿Te das cuenta de que es la tercera vez que vemos al carrito despeñarse, no?
Yo: Sí, pero, ¿qué quieres que yo le haga?
Mi mente: Sácate el móvil, anda.

Y en ese momento te das cuenta. Has pagado mil cuatrocientos euros para estar de dos a tres horas diarias hablando por el what´s app o jugando al Apalabrados. Lo llaman Comunicación Audiovisual, ¿no? Pues yo llevo ya dos meses yendo a clase a comunicarme audio (con el compañero) y visualmente (por el móvil) en lugar de aprender. Y, de repente, te empiezas a cuestionar si que los profesores repitan una y otra vez la misma materia es algo malo o algo bueno, porque, imaginaos, que todo lo que dijeran fuera interesante, que no pudiéramos despegar la mirada de ellos o no pudiéramos parar de coger apuntes… ¿Dónde quedarían esas conversaciones con aquellos que en primero eran compañeros y en cuarto son amigos? Así que pensándolo de ese modo estoy un poquito menos enfadado porque, aunque he tenido que ver quinientas veces (igual no tantas) la escena de El acorazado Potemkin, y he tenido que escuchar otras quinientas veces hablar sobre la Gestalt, sin estos rollos probablemente no hubiese sido ahora quien soy… ni ellos quienes son.

— Jonathan Espino —

Anuncios