Deconstructing Paqui (El estramonio mediático)

Acabo de caer en la cuenta de que últimamente me da por parafrasear títulos alterando sus propiedades naturales. Esta vez ha tocado violar el título de una película de Woody Allen. A ver qué me da por apalear la semana que viene.

Quiero empezar diciendo que escribo todas las semanas con una presión horrible por culpa de Víctor. Es que Víctor es mucho Víctor, claro. Supongo que para el lector asiduo del blog debe de ser jodidísimo leerlo a él los martes con esos articulos tan profundos e intelectuales y llegar el miércoles para encontrarse con los vómitos de una loca a la que vivir se le indigesta. Os pido mil disculpas por ello, no tengo más excusa que mi condición cortiner, siberet, falcon, monguer o como queráis denominarla. También supongo que por ese contraste entre los artículos de los martes y los de los miércoles a más de dos personas les caeré horriblemente mal, sólo espero que si eso sucede a Víctor le favorezca a la hora de encontrar adictos a sus entradas.

Sea como sea, aquí estoy un miércoles más, dispuesta a caeros mal, a provocaros compasión o  a cualquier cosa. Yo siempre lo hago con la intención de divertiros, pase lo que pase y pese a quien le pese. La compasión en estos tiempos es un sentimiento casi necesario. Vivimos en una época en la que todos debemos compadecernos de todos como símbolo de fraternidad, y todos debemos alegrarnos por que no nos sucedan las mismas calamidades que a otros, del mismo modo que los demás desearían no sufrir nuestras propias desavenencias. Y con eso podemos ir conformándonos o enfureciéndonos, según el día.

A mí me pasa mucho con los demás. A menudo me encuentro poniéndome en la piel del otro e intentando adivinar qué siente, por qué actúa así -ahora que lo pienso, supongo que el tiempo libre que he tenido en verano ha contribuido en gran medida a alimentar esta actitud mía-, y lo más importante: el porqué de sus argumentos. No quiero dar más rodeos. Mi víctima preferida en este sentido ha sido Paco Marhuenda, a quienes conoceréis como el director de La Razón, o “ese tipo que sale en las tertulias de Al Rojo Vivo y que siempre está enfadado porque no interviene lo suficiente”, porque “él es profesor de la Universidadpública‘ y la apoya, y porque además dirige un periódico”, que digo yo que no es moco de pavo hacer todo eso a la vez. Yo lo llamo Paqui por razones que no vienen al caso y que sólo os puedo explicar aludiendo a esa compasión que antes era odio y ahora está a caballo entre el amor y la furia.

Fuente: JotDown Magazine

Paco es genial (además, es gafapasta). Se me ocurren pocas personas que comuniquen tan eficientemente como él desde su posición de director de un medio de comunicación. Es genial porque no es descafeinado, y en el panorama mediático español empezaba a necesitarse del casposismo no-descafeinado. Paqui y sus portadas son el estramonio (tiendo a definir por “estramónico” aquellas cosas descabelladas o que parecen no ir a ningún lugar, para que me entendáis). Paco sabe comunicar, coloca a su periódico en la cúspide de los medios impresos de derecha, y lo coloca desde la honestidad más profunda. Por eso me cae bien, porque, aunque esté en las antípodas de mis ideales políticos, sabe llevar a cabo perfectamente las estrategias comunicativas necesarias para no dejar indiferentes ni a su público ni a su contrapúblico. El dadaísmo cuadriculado, si es que esa antítesis puede convertirse en hipótesis. Ese es Paqui.

La portada de un periódico no puede dejar indiferente al comprador, y eso es algo que Paco y su equipo conocen al dedillo. Saben cómo cautivar a su público, y saben cómo no dejarnos indiferentes a los que por motivos de ética política no compraríamos en circunstancias normales un periódico de La Razón. Las portadas de Paco te llaman con sus cantos de sirenas y te dejan en una especie de hipnosis de la que, si logras salir, puedes sacar algunas conclusiones interesantes sobre la función de la prensa en este país.

Admito que normalmente por las noches tiendo a esperar a que Paco saque la portada del día siguiente en Twitter. Para seros franca, no lo sigo en Twitter, sino que lo menciono preguntándole qué clase de drogas ha tomado ese día y a partir de la mención me meto en su perfil. Así, con parca sutileza pero con mucho cariño. Hubo una época en la que creé, con la colaboración de algunos de mis amigos, lo que ahora se denomina en mi Timeline como la hora Marhuenda, esto es, el previo a la medianoche, donde Paco deja caer alguna de las portadas con las que nos deleita. Esto degeneró posteriormente en una especie de psicosis y de estado nervioso, hasta el punto en que algunas noches de verano -el tiempo libre es lo que tiene- empezaba a sentir un nerviosismo creciente a partir de las 10 de la noche, dos horas antes de la hora Paqui. Esto, sumado a las numerosas intervenciones de Marhuenda en tertulias políticas, fue haciéndome entender que Paco no era sino un personaje mediático que jugaba su papel estratégica y eficazmente, un señor con unas convicciones muy firmes y honestas pese a que la mayoría de sus posturas sean diametralmente opuestas a las mías.

Las portadas de La Razón se caracterizan, como ya dije antes, por su capacidad de impacto, pero también por sus titulares y sus fotos principales que parecen estar conectados entre sí y resultan finalmente no tener ninguna relación. Cierto es también que cuando quieren ser contundentes lo consiguen con creces, y si no que se lo comenten a Sánchez Gordillo, a quien retrataron como un criminal buscado en un Western. Paco y sus cosas. Aunque, sin duda, lo que hace más maravillosas a las portadas de Paqui son sus collages cuando no sabe muy bien qué contarnos o cuando quiere contarnos todo y nada a la vez. Parecen esas portadas un producto de algún creativo de Desigual, un collage dadaísta donde todo y nada es importante a la vez y donde una, como espectadora -porque las portadas de Marhuenda son espectáculo-, queda maravillada a la par que desorientada por todas las noticias que aparecen.

Asimismo, quizás Paco sea a la prensa de derechas de este país lo que Ignacio Escolar a la prensa de izquierdas, con la salvedad de que la gente de izquierdas posee una capacidad de autocrítica que la derecha no ha sido capaz de desarrollar debidamente aún, aunque he de decir que he oído a Paqui criticar algunas de las posturas de la derecha española. Quiero decir que ambos exponen sus argumentos desde la más pura honestidad, y desarrollan un modo de entender el periodismo que, aunque en cuestión de contenidos pueda parecer completamente antitético, no trata sino de defender sus ideales sin querer desmerecer a nadie.

Esto no tiene tanta gracia cuando no termina de entenderse el concepto de Paco como líder mediático de derechas de condición absolutamente entrañable, por caótico y disparatado que pueda parecer el resultado final. Las portadas de La Razón son ARTE, y quien diga lo contrario miente o no quiere lo suficientemente a Paco. Como estudiante de Comunicación, creo que tiene mucho mérito que alguien consiga despertar tanta expectación entre un público tan heterogéneo con sólo una imagen y un titular. Y, honestamente, le deseo a La Razón una larga vida si es para conseguir resultados como los que alcanza, y le hago saber desde aquí a Paqui, pese a que nunca quiera leerme, que cuenta con todo mi respeto y admiración aunque esté en las antípodas de su pensamiento y su modo de concebir la realidad. Porque, como ya dijo el sapientísimo Javier Krahe, “en las antípodas todo es idéntico, idéntico a lo autóctono“.

Estefanía Ramos 

Anuncios