La Historia en Mayúsculas y en francés. Siglo XX(1)

La Expo Universal de 1898 debió de ser el culmen de la sociedad francesa en su momento, que mejor manera de terminar el siglo que mostrando a todo el mundo la grandeur de la nación francesa. Pero en medio de ese ombliguismo que tuvo como fin la Expo de 1898, surge el Affaire Dreyfus. Este proceso que dividió a Francia se resume en un juicio injusto de espionaje militar con un poso muy preocupante antisemitismo —¡qué malos eran los nazis!—. El acusado, judío y los acusadores, conservadores antisemitistas; en medio, el contexto político de paz armada. Circo para rato y muchas contras marca Ussía a gusto de todos.

Antes de desgranar el caso Dreyfus, es necesario desgranar un par de conceptos que se derivan de la Revolución Francesa. Durante los agitados años de naufragio, germinó una idea que fue máxime en el derecho francés —al igual que muchas otras—, le Droit du Sol, el «el derecho de suelo», que quiere decir que la nacionalidad se transmite a aquellas personas que hayan nacido en Francia. Es más, durante aquellos años esta ley fue cambiando, y si por ejemplo, un español, autriaco o serbio luchaba en la Grande Armée durante un año, se le confería, pasado el año, la nacionalidad francesa. Con este Droit du Sol se legalizó la situación de la población judía en Francia, con lo que dejó de haber discriminación por raza dentro del marco legal francés.

Pese a los antecedentes judiciales, al capitán Alfred Dreyfus no se lo trató con ecuanimidad precisamente. Fue condenado al exilio, primero, y a trabajos forzados, después, antes de ser indultado y descubierta su inocencia. Habían pasado 12 años —el caso comenzó en 1894—. El verdadero espía de los alemanes era un militar de origen húngaro, Ferdinand Walsin Esterhazy, que nunca cumplió condena.

El capitán Dreyfus era un militar que pertenecía al cuerpo de artillería y fue acusado de espionaje y de transmitir secretos militares a los alemanes, era de origen alsaciano y judío —recordemos que existía recelo por la anexión alemana tras la guerra franco-prusiana—. En un primer momento se usó su origen (alsaciano) como prueba para de su espionaje, aunque, finalmente, sería el antisemitismo el que rellenara las lagunas de este proceso. Si bien en un principio toda la sociedad francesa se echó encima de Dreyfus, pronto saldrían dreyfusards —defensores de Dreyfus—, el más ilustre de todos sería sin lugar a dudas el insigne escritor Émile Zola, que con su J’accuse…! lo defendió ante todo el Panteón francés.

El contexto general del affaire tiene que ser analizado en diferentes rangos. El político, la Tercera República tenía gobiernos muy inestables, lo que hacía que sucesivas crisis de gobierno tumbaran a más de un Ejecutivo durante esos años —hubo tres significativas antes del Caso Dreyfus—. En el contexto social, pese todos los avances, era de un fuerte antisemitismo y de un revanchismo contra Alemania; y, finalmente, el contexto militar. Este último se basaba en que aún estaban los mismos cuadros que habían perdido la guerra y no había habido un cambio generacional. Desgraciadamente, el antisemitismo perduró en el seno de la sociedad francesa hasta bien entrado el siglo XX.

En este tramo de Historia, si bien no existe una gran disparidad entre la hisotria de los derrotados y la de los vencedores, el antisemitismo se pasa de largo. Algo totalmente injusto, ya que durante el Gobierno de Pétain, fue el mismo antisemitismo lo que asesinó a miles de judíos que fueron expulsados y enviados a que las SS los mandaran a campos de exterminio.

Y con esto llega la Gran Guerra, corre el año 1914 y las fuerzas se dividen en dos bandos; Alemania con Austria; y, por el otro lado, el Imperio Británico, Francia y Rusia. Esta última alianza —la franco-rusa— fue tomada como antinatural por la sociedad francesa, era una alianza de carácter militar-estratégica, pero unía a dos naciones, o imperios, diametralmente opuestos: uno todavía feudal y otro totalmente liberal.

Los años de la guerra pasan lentos y con incuantificables muertes en una guerra cruenta de trincheras, en la que destacaron la batalla de Verdún o la batalla de Somme, ambas en el frente franco-alemán, entre ambas sumaron más de medio millón de bajas. Pero al final llega el final con el colapso del II Reich con la Revolución de Noviembre en 1918 —influenciada por la Revolución de octubre en Rusia— y Alemania capitula. El Armisticio fue firmado en un teatrillo que tenía como fin degradar al enemigo y hacer mofa de lo que había sido el Imperio Alemán. Se firmaron los acuerdos en un vagón de tren —Armisticio de Compiègne— con cierto toque de cornetas y el Tratado de Versalles fue lo más ignomioso para un pueblo tan orgulloso como el alemán.

Ese chovinismo del que había hablado en la primera parte del artículo, se hace patente en este tratado, Francia, que se había desangrado por los cuatro costados para mantener la guerra, exigió en su tratado a los alemanes la devolución de la Alsacia y Lorena, así como se la condenó a pagar todas las costas de la guerra. Todas. El costo fue tal que ni en cinco generaciones de alemanes se hubiera podido llegar a efectuar el pago. Incluso pidieron la desindustrialización del país para impedir que se levantaran de nuevo como imperio. Pero la humillación estaba servida y el alto mando francés por fin podía resarcirse de su victoria. Pero ¿resarcirse? Los imperios centrales —Alemania y Austria— lucharon solos y Francia tuvo detrás de sí al Imperio Británico y a los Estados Unidos de América, mientras que el frente oriental lo formaron Rusia y Serbia. En el famoso libro, Baurreau toma a las fuerzas estadounidenses como simple apoyo moral que hizo que Francia se alzase victoriosa.

«(…) América logra enviar a Francia un millón de soldados, pero ellos deben ser instruidos y armados por los franceses e internvienen poco. Sin embargo, es una inmensa fuerza moral que da esperanza a los aliados». Cierto que los americanos llegaron tarde a la guerra, justo para poder meter mano en una guerra que había sido su gran inversión, todos los estados aliados estaban endeudados con los EE.UU., pero los productos y el dinero que prestaron a Francia fue mucho más que una ayuda moral.

Terminada la guerra, comienza el periodo de Entreguerras, la segunda Belle Époque para Francia. El cine se vuelve sonoro, la publicidad, el gramófono y las mujeres luchaban por sus derechos —aunque no los conseguirían hasta la llegada de la Cuarta República—, incluso se vestían a lo garçon, son los Années folles, los años de locura y benignidad económica y política. La República de Weimar —resultado de la rendición del Reich alemán— no supone un peligro y se comienza la edificación de la Línea Maginot que protegerá a Francia del improbable resurgir alemán.

Con los tiempos de la Comuna de París ya pasados, que sucedió a la guerra franco-prusiana, los aires revolucionarios que insuflaron a toda europa desde la caída Rusia zarista, no afectaron mucho a Francia. Tampoco hacía falta, las diferencias de clase se habían subsanado con la camadería de las trincheras. Pero permitió que se alimentara un nuevo movimiento en Francia, el llamado Frente Popular.

El Frente Popular fue una unión política entre varios departamentos de la izquierda francesa. La coalición estuvo formada por la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO, socialistas), el Partido Radical y el Partido Comunista francés que secundó la coalición. Si bien la doctrina de Lenin no incendió las calles, sí que hizo que el resto de países se tuviera que replantear la manera de gobernar. Por un lado, Franklin Roosevelt aplicó la doctrina de John Maynard Keynes en los Estados Unidos, Leon Blum, el delfín de esta coalición, aplicó el mismo New Deal en Francia. Fruto de su mandato surgieron las vacaciones pagadas de quince días y el horario laboral de ocho horas.

Mientras en el resto de Europa crecía el escepticismo hacia las democracias, sólo Francia y el Imperio Británico continuaban siéndolo de manera consolidada y miraban recelosamente a un nuevo líder, Hitler. Pero estas democracias podrían haber hecho mucho más de lo que hicieron, la otra democracia europea, la española, no fue defendida por estas democracias pese a las solicitudes de ayuda, ni siquiera Leon Blum apoyó al Frente Popular español, a pesar de las similitudes de ambos movimientos. «Creériamos que Leon Blum y su Gobierno iban a sostener a sus camaradas españoles. A pesar de todo, no hicieron nada, se contentaron en pasar algunas armas y aviones», escribe Barreau. Abandonada España, el golpe de gracia se lo darían dos años empezada la contienda civil, la Convención de Múnich se cerró con una sentencia de Winston Churchill —«Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra, elegistéis el deshonor y tendréis la guerra»— y una foto aún más ominosa.

La Segunda Guerra Mundial comenzó, capituló Polonia y en 1940 cayó la Tercera República francesa. Francia pasa a estar ocupada por el III Reich y queda como estado títere Hitler. La misma cobardía y el laisser-faire que permitió que el fascismo tomara España y que Alemania ocupara primero Checoslovaquia y después Polonia, se vio reflejado en una Francia que se postró ante Hitler. El mariscal Philippe Pétain, que había luchado contra los alemanes en Verdún, asume el gobierno de Francia y se rinde. La firma del armisticio se vuelve a realizar en el mismo vagón de tren con el que capituló Alemania. La grandeur cae en el deshonor.

La Resistencia francesa fue, y no como se nos ha hecho creer, mucho menos numerosa y mucho menos comprometida entre la población. Sólo el general Charles de Gaulle asumirá la resistencia contra los alemanes desde Londres, donde había huído con algunas unidades del ejército francés que había tenido que huir precipitadamente por el estrecho de Nord-Pas-de-Calais. Mientras la Resistencia se fraguaba, la extrema derecha se puso del lado del mariscal Pétain, que dio un golpe de Estado el 11 de julio y nombró vicepresidente de Francia al más pronzai de todos los políticos franceses. La falta de Francia no fue tanto su capitulación como su estrecho colaboracionismo con Alemania. Para los años siguientes, el historiador francés no encuentra otro título que L’honneur retrouvé.

En este honor reencontrado, poco se mencionan las brigadas francesas que lucharon junto con los la Werhmacht en el frente ruso. Poco menciona este autor la persecución que sufrieron los judíos a manos francesas. El propio mariscal Pétain llamó al colaboracionismo con las tropas teutonas: «Sin duda, Alemania pudo elegir entre una paz tradicional de opresión y una paz nueva de colaboración».

A partir de entonces la historia de Francia queda ligada a un personaje que es eje de unión de toda Francia, más que un hombre, una institución, y no es para menos. Charles de Gaulle luchó en ambas guerras mundiales y fue aquél que liberó a Francia de Alemania; además, reinstauró la República y fue su presidente. Pero entre los años 1946 a 1958, Francia estuvo gobernada por gobiernos muy débiles, que caían una y otra vez y que dejaban al país con un halo de inestabilidad del que no se desprender.

Esos años coincidieron con la descolonización, este proceso fue traumático y dio como resultado la remodelación de la Constitución. La guerra de Indochina cerró la marcha de los franceses de Vietnam al ser vencidos los franceses en Dien Bien Phu —un desastre que sería comparativo al Desastre de Annual— y el comienzo de la liberación de Argelia tuvo como resultado la caída del Gobierno de Mèndes-France en la persona de Charles de Gaulle, que apoyado por el ejército —¿golpe de Estado?— asumió la Presidencia y formuló una nueva Constitución.

La Quinta República llega a nuestros días, Francia supo no sólo salir bien de la Segunda Guerra Mundial, sino situarse además en el nuevo mapa europeo dentro de la naciente Unión Europea. Esta ha sido la historia de los vencedores durante la primera mitad del siglo XX, una Historia en la que durante el siglo XX los franceses no ganaron ninguna guerra por las armas, pero sí en la política. Y eso son dos tipos de victoria, durante la Primera Guerra Mundial no se invadió siquiera Alemania y al final de la segunda, la audacia de De Gaulle y de sus generales les permitió avanzar y tomar París, la joya que era devuelta a la corona francesa. Incluso, los franceses controlaron parte de Alemania durante los años posteriores a la guerra. Esto último supuso la cura que la Grandeur necesitaba a los cinco años de ocupación alemana y de colaboracionismo.

Existe una tercera parte a este macro artículo de la historia de Francia, pero el desconocimiento del que les escribe sobre esta última parte —y sobre todo en torno a la figura de Charles de Gaulle—, le impide sentirse capaz de continuar. La historia de Francia es, al igual que la historia de los vencedores, una historia escrita por Ussías y chovinistas, en las que las lagunas están medidas para que no desdigan a la Grandeur française. Un poco como esa reescritura de la historia de España por la que todo político es un historiador y a veces unos son sublevados y otros libertadores. Ya saben que si bien los hechos son absolutos, la historia es relativa. Y eso no hay quien lo cambie.

— Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantarero —

Liberación de París por republicanos españoles

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