La Historia, en mayúsculas y en francés. Siglo XIX

Napoleon frente a la Esfinge

Los franceses tienen a Chauvin y los españoles, a Ussía. A Alfonso Ussía lo conocemos por sus columnas en las contras de LA RAZÓN. Porque claro, desde que él nos mostró —a los españoles— que el ¿amartizaje? se realizó gracias a la tecnología española, pues claro, ya entendemos la Historia de manera diferente. El señor Ussía debería haber nacido francés o haber sido corista de Los Nikis. Pero la Historia la escriben los vencedores y los franceses son expertos en triunfar. A la Historia, a la Dialéctica o a algún Demiurgo les han caído en gracia. Parafraseando el tópico: «La Historia la escriben los vencedores», es muy cierto, y si además los historiadores son de la patria de Nicolas Chauvin tenemos a La Nation française para rato.

Comencemos por Nicolás Chauvin, Chauvin fue un francés que se alistó al ejército francés y vivió los acontecimientos de la Revolución Francesa —o lo que algunos llaman El primer naufragio— y más tarde se alistó a La Grande Armée de Napoleón en la que resultaría, por su arrojo, valentía y total desprecio por su vida, herido, mutilado y desfigurado. Pero su amor por la Revolución y hacia Napoleón hicieron que se mostrase carente de modestia y un exhibicionista que tropezó con la burla y la chanza de sus contemporáneos una vez terminado el ardor revolucionario y reconstituida la monarquía borbónica en la Nación transpirenaica.

Ante todo Chauvin es un mito, dícese de él que existió y que era natural de Rochefort, que sufrió 17 heridas y que participó en todas las campañas de L’Armée; pero poco más se sabe de él. El nombre de Nicolás Chauvin se lo dio el escritor francés Alphonse Daudet para su obra La muerte de Chauvin; pero el personaje en sí fue utilizado en cuantiosas obras de vodevil como La cocarde tricolore de los hermanos Cogniard —en referencia a la bandera francesa, siento no poder dar una traducción más precisa— o novelas como El soldado laborioso de Eugène Scribe. Todas ellas tenían como fin la ridiculización de este mito de la soldadesca francesa.

Estos antecedentes, y con los historiadores franceses sabiéndose triunfadores de los dos grandes conflictos del siglo XX, hacen que leer una obra de Historia de Francia sea toda una odisea para aquel que está acostumbrado a leer la Historia de los derrotados. Porque en España, a excepción del patrioterismo que muestran grandes pensadores de nuestro tiempo como Alfonso Ussía o Fernando Sánchez Dragó, los historiadores son víctimas de nuestra propia Historia. Total, desde el Desastre del 98 —sí, soy muy decimonónico— o cualquier otro evento de nuestra historia reciente que nos arroja a la cruda realidad, no hemos hecho, como Nación, nada más que matarnos entre nosotros, ir a misa o dejarnos robar por tres o cuatro enterados del asunto.

La Historia moderna de Francia —si atendemos a los cánones dialéctico-históricos, la Edad Contemporánea comienza con la Revolución francesa en 1789— y continúa hasta nuestros días. Esta división demarca esta fecha como clave por razones evidentes, tras un siglo en el que se gestaron unas ideas —Rousseau, Voltaire y Montesquieu— un revés histórico hizo que la segunda potencia mundial cayera en una vorágine revolucionara que se extendería por Europa gracias a la figura de Napoleón. Textualmente, el libro que leí [Toute l’Histoire de France de Jean-Claude Barreau de Ediciones Toucan], invoca: «Es ridículo comparar a Napoleón con Hitler: Napoleón era un hombre ilustrado y de la Revolución». La figura de Napoleón es, vengamos a decir, de las más aclamadas en Francia junto a Charles de Gaulle, es más, el famoso Arco del Triunfo de París está dedicado a La Grande Armée y a este personaje histórico. Sus propias cenizas fueron veladas a su sombra.

Hasta aquí todo correcto, un poco de exaltación con la Revolución y con los años de dominio napoleónico en Europa, mas poco más. Pero llegamos al Segundo Imperio, aquél dirigido por otro Napoleón, sobrino-nieto del primero y autocoronado como Napoleón III, en el que el país se modernizó y realizó múltiples conquistas, por nombrar algunas: la Indochina francesa en 1852, la victoria anglo-francesa contra el Zar de Rusia en Crimea o el apoyo denodado que permitió la reuinificación italiana bajo el reinado de la casa Saboya. Es más, sino hubiera sido por los «ejércitos franceses dirigidos por el emperador en persona que ganaron a los austriacos en Magenta y Solferino en 1859» [Toute l’Histoire de France de Jean-Claude Barreau de Ediciones Toucan] no podríamos hablar de la verdadera unión italiana.

Sin embargo, el autor obvia la figura más importante del nacionalismo italiano, la de Giuseppe Garibaldi. Mucho más importante, lo nombra por encima dedicándole apenas dos líneas: «La unidad italiana se pudo realizar alrededor de la monarquí piamontesa, con la ayuda inesperada de los partisanos de Garibaldi, los camisas rojas» [Toute l’Histoire de France de Jean-Claude Barreau de Ediciones Toucan]. La verdad es que la frase es de un francés dirigida a un ratil —término que los franceses usaban tras la Segunda Guerra Mundial para referirse a los italianos [rata + italiano = ratil] .Luego de la segunda intervención francesa en México se habla más bien poco, un affaire imperialista que acabó mal, dispersando las tropas francesas, un craso error frente a la futura guerra que se avecinaba.

Capitulación de Napoleón III ante Von Bismarck

La guerra franco-prusiana fue, viéndola con distancia, una buena broma que en parte fue motivada por España. Von Bismarck quiso colocar a un rey alemán en el trono español, vacante desde La Gloriosa de 1868, a lo que Napoleón III se opuso. Esto, unido a una escalada de las tensiones bilaterales, propiciaron una guerra de la que Prusia saldría vencedora, Francia perdedora —sin creérselo— y España con un ¿rey? que, en cuanto pudo, se escapó de «esta jaula de locos» que es España.

Con la guerra, Francia perdió su pujanza en Europa, Prusia formó el Reich y de paso realizó una unificación alemana al anexionarse Lorena y Alsacia. El líder de facto del nuevo Imperio Prusiano, el canciller Otto von Bismarck, ponía de esta manera la primera piedra que daría lugar a dos conflictos que han desangrado Europa durante la primera mitad del siglo XX, aunque hacen falta muchas manos —alemanas y francesas— para construir un muro.

Cita de Von Bismarck

Ante esta sentencia del Canciller de Hierro, y reunida entorno a Alemania la unión pangermánica, el autor ofrece pobres argumentos que lo rebatan y que de paso —¡oh, sorpresa!— exculpan a la nación francesa de toda culpabilidad: «Bismarck pensaba que la nación estaba fundada por la raza (…). Esta idea étnica de la nación encontrará su apogeo con el canciller Hitler». A lo que agrega «un 20% de los alsacianos abandonarán su patria chica para guardar la nacionalidad francesa». Entonces, queda aclarado todo, el reduccionismo a estos dos conceptos de un conflicto mundial es alarmantemente chauvinista. Es más, la figura de Nicolas Chauvin que altamente personificada con la Francia de ese momento, un tuerto mutilado que muestra sus heridas con orgullo, investido todavía en su uniforme de batalla. Pero no se hicieron operetas de vodevil, ésa es la diferencia.

Aunque que Francia no tuviera emperador, no le impidió ser un imperio, se inicia la Belle Époque francesa. Tensión y aislamiento en Europa, pero aperturismo colonialista —invasiones de Costa de Marfil, Congo francés, etc.—. Así se podrían definir esos cuarenta años de paz armada«si vis pacem, para bellum»— en el corazón de Europa que transcurren desde la guerra franco-prusiana a la Gran Guerra. Esta Belle Époque permitió, cierto es, la modernización de la industria francesa, alfabetización de la población y la mayor industria de souvenirs franceses, radicados en sus magníficos pintores de final de siglo.

Surge el daguerrotipo y el cinematógrafo, todo es bonito y París es un centro cultural que no se asemeja a ningún otro. Mucha vida alegre en la Ciudad de la Luz que llama a intelectuales, pintores y músicos. Modernismo y frivolidad, la Expo de 1889 y la Torre Eiffel; ya ningún francés se quiere acordar de la derrota inflingida por Alemania. Pero los Chauvins y los Ussías  miraban cada día más al Reino Unido, no fuera que el vecino teutón le diera por estornudar —el Plan Schlieffen—. A Francia le queda todo el siglo XX por delante, varias guerras, una descolonización y un par de crisis gubernamentales. Y a mí, otro post para la semana que viene.

 — Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantarero —

Construcción de la Torre Eiffel

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