Todo está ya escrito

Todos, ingenuos de nosotros, nos reímos la primera vez que nos lo dicen. No hay novedad en lo que a historias se refiere. Se ha contado ya todo. Sonreímos y decimos: ‘Pero, si hay nuevas historias constantemente, ¿cómo se va a haber contado ya todo?’. Al poco sientes pena, te acabas de dar cuenta de que es cierto.

Puedes cambiar el contexto, los personajes, la situación, los diálogos y dar todos los finales que quieras a tu historia. Pero la realidad es una: en la raíz, en lo más simple y profundo de tu historia, estás contando lo mismo, pero con otras palabras. Y no me refiero a hace diez, veinte o cincuenta años atrás. Me refiero a que ha sido contado hace miles de años. Antes incluso de que se pudiesen dejar por escrito.

Al principio te entristece. Te lamentas de vivir en tu tiempo, de no tener la posibilidad de haber sito tu el inventor de la gran trama de transformación. De ese magnífico giro o esa idea. Pero, con el tiempo te das cuenta de que nadie nunca lo ha sido. La misma característica que hace que sólo puedas contar estas historias es la que hace que hayan sido contadas desde hace tanto: somos humanos. Nuestra naturaleza es la que es y por eso sólo hay estás historias que contar. Porque cuando escribes una historia habla de personajes humanos y sólo hay cierto tipo de cosas que haríamos los humanos.

Pero, quizá ahora mismo tu seas de los ingenuos que sonríen, así que haremos un pequeño juego práctico. Yo te contaré a grandes rasgos una historia y tu me dirás qué película es: “El rey muere asesinado a manos de su propio hermano, quien la roba la corona para sí y de esta forma poder gobernar el reino. Sin embargo, el antiguo príncipe volverá para vengarse de la muerte de su padre y reclamar lo que le pertenece por derecho”.

Un, dos, tres. Piense usted. ¿Qué película encaja con las dos líneas de arriba? Así a bote pronto puedo decir: El Rey León, puedo decir Sons of Anarchy, puedo decir Ye Yan (The Legend of the Black Scorpion). Pero, es que, señor mío, esto es Hamlet de William Shakespeare. Es decir, una obra de hace 400 años. Y voy más allá. Hamlet, a su vez, no es sino la unión de elementos de muchas historias anteriores: el Hrolf Kraki escandinavo, la obra Vita Amlethi del siglo XII o, incluso, la leyenda sobre la vida de Bruto, fundador de la República Romana en el siglo VI a.c.

The lion king (1994). Posiblemente una de las mejores re-interpretaciones de Hamlet.

Todas estas historias podemos encontrarlas (nosotros occidentales) en la mitología griega o romana. Todo se ha escrito ahí, incluso repetido en ocasiones.

Personalmente, últimamente encuentro fascinantes dos historias (Freud se pondría las botas con esto): la historia de Edipo y la historia de Agripina la menor Las primera es una de las leyendas griegas más populares. La segunda forma parte de la historia/leyenda de Roma. Creo que me resulta tan fascinantes por el efecto que sigue teniendo sobre el espectador usar tramas de este tipo.

Recientemente se está pudiendo ver una sub-trama (muy audaz desde mi punto de vista) de este tipo en la serie de la HBO Boardwalk Empire. En ella siempre se ha dejado ver una extraña atracción entre el personaje de Gilliam Darmony y James Darmony, madre e hijo con diferencia de tan sólo 13 años entre ellos. Muy visible, sobretodo, en el caso de la madre. Algo que siempre ha estado muy patente durante toda la serie, llegando poco a poco a mostrarse más claramente:

SPOILER para aquel que no haya visto toda la segunda temporada de la serie.

Este tipo de tramas siempre chocarán al espectador. Sin importar cuántas veces la vea. Se trata de un tema tan tabú y tan contrario a las normas establecidas por la sociedad, visto tan contra-natura, que logrará afectar en la parte más interna del espectador. Todos somos o bien padres o bien hijos (o ambos) por lo cuál es imposible que en ningún momento no deje de afectar algo, por leve que sea, situaciones como las de Edipo o Agripina (si mezclas las dos como en Boardwalk Empire ya mucho más).

Como este tema, la mitología guarda cuestiones fascinantes. Porque están igualmente presentes hoy en día, porque nos afectan completamente por igual. Porque son atemporales. Historias que pueden contarse en el siglo XX a.c o d.c. y afectar por igual a aquel a quién le son contadas. Estas son las historias bien construidas, las historias verdaderas. Lo más puro un narración.

Hijos que contradicen a sus padres. Hijos que obedecen a sus padres. Hombres que cruzan mundos de peligro constante para salvar a su amor. Mujeres que quieren vengar a su amor. Hombres que renuncian a su posición privilegiada para ser felices en la normalidad. Hombres y mujeres que se llevan un castigo por desobedecer, ser inmoral, amoral. Gente que por esto mismo tiene sus premios.

Aquí se han visto las mismas historias que tu has visto en tu televisor.

Puede ser mitología griega, romana, egipcia, cristiana. Teatro medieval, de sombras chinas, teatro de Shakespeare o del siglo de Oro. Puede ser McBeth de Shakespeare o Trono de Sangre de Kurosawa. Pero, son la misma copla una y otra vez. Mismos elementos adaptados a la situación, adaptados a la moral que quieres dar, a los personajes, los tiempos y las costumbres.

Y todas, por cursi que suene decirlo, todas estas historias están motivadas por un mismo motor. El amor, hacía alguien o hacia uno mismo. El amor dado o recibido. El amor correspondido o rechazado. Y esto es lo que hace que funcionen tan increíblemente bien. Sin entrar en sensiblería barata pseudo-romántica. Es esto lo que hace que muevan los sentimientos de las personas.

Y entonces, amigo lector, llega el momento en el que te das cuenta de que la existencia de estas tramas maestras es lo mejor que te podía pasar. Porque estos esquemas tan fundamentales son los que siempre van a funcionar en aquel que vea o que esté leyendo tu historia. Porque son tan básicos y se mueven en un campo tan humano que siempre van a llegar al corazón de alguna forma. Porque son tan puros que puedes entender a cada uno de los personajes. Porque son sentimientos que tú mismo podrías llegar a sentir perfectamente.

Y te das cuenta de que tienes mucha parte del trabajo hecho.

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