Mis problemas con Adolfo

“Hitler solo tiene un cojón
El otro está en el Albert Hall
Himmler, también, solo tiene uno
Y el pobre Goebbels no tiene ninguno”.

Reserva dos

I.

Cuando estuve de erasmus en Alemania, conocí a un chico cuyo abuelo había estado en el ejército germano durante la segunda guerra mundial. Le tocó hacer la mili en el peor momento, vaya. Si mal no recuerdo, no llegó a entrar en combate, pero eso no importa: fue parte de Lo Peor. Era un mandado, un crío, pero es mejor que no comente esa pequeña mancha en su curriculum. Cualquiera podría llevarse a equívoco, porque cuando se habla de Lo Nazi y El Mal caben pocos matices.

II.

El Corsario Negro, de Emilio Salgari, es la típica noveleta de aventuras que leyó tu padre con 13 ó 14 años, y le chifló, porque da para que chifle, pero a ti te dio pereza porque estabas con Juego de Tronos o cualquier otra saga de moda. Yo me lo he leído con 23 palos, que ya está bien, y su esencia pulp hizo que se me saltasen las lágrimas más de una vez.

Me gusta, especialmente, el poco cuidado con el que el autor italiano nos habla de la fauna y la flora de América, equivocándose al escribir los nombres científicos de las plantas y propiciando todo un texto alternativo del traductor o editor a pie de página, que intenta apañar los despistes y errores de bulto del escritor. Me acabo de acordar, además, de cuando cita los vinos de la tierra de un caballero español y menciona… un Oporto.

A Salgari, como a los desarrolladores del videojuego Wolfenstein 3D, le daba más o menos igual lo veraz de su historia y cómo de acertadamente representaban lo que había que representar. En este videojuego, la base histórica está, de igual modo, al servicio del cachondeo y el entretenimiento. El esoterismo nazi, los experimentos de Mengele y las armas fantásticas se mezclan en un batiburrillo que funcionó gracias a una mecánica tan potente como para sentar las bases de todo un género. Nazis para el ocio, a ver quién se lo esperaba.

II. bis

Si esto fuese el mundo al revés, Occidente no le importase a nadie y el centro de Todo fuese el Extremo Oriente, yo no estaría escribiendo estas líneas (o, por lo menos, no de izquierda a derecha) y la representación absoluta del mal no sería Adolf Hitler sino, ponle, Pol Pot. El Wolfenstein 3D no se llamaría Wolfenstein 3D sino Escape from Phnom Pehn (¿en inglés?), y el jefe final sería Sloth Sar montado en una servoarmadura con cañones. Lo Peor no tendría bigote, pero sí los ojos rasgados. ¿O, tal vez, puede haber dos Males Absolutos?

III.

Para aventuras con nazis, las de Spielberg. Claro. Indiana Jones es el azote de las SS. O a lo mejor lo es Steven, a través de su personaje. Tanto da. En sus películas, los nacionalsocialistas son carne de cañón, meros números, morralla a eliminar, como si de una cinta de Charles Bronson se tratase. Al final de En busca del arca perdida no queda ni uno solo de ellos. Los dejan fritos. No hay dolor, no hay pérdida: eran malos. Los más malos.

Espero que a ninguno le hubiese tocado hacer la mili buscando reliquias antiguas.

— Víctor Martín-Pozuelo Fernández-Calvillo —

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