Esto es divertido hasta que oyes voces dentro de tu cabeza

Soy de esas personas que pueden leer como diez libros simultáneamente, no tengo problema en reconocer ese defecto que muchos consideran un insulto a la propia Literatura. Os cuento esto mientras a mi lado descansan tres ejemplares diferentes y en mis bolsos me aguardan los otros libros que voy leyendo. Acabo de contar los que tengo empezado, y son once. Os diría los títulos, pero no creo que sea algo relevante en este momento.

Antes de nada, me presentaré, me llamo Estefanía, tengo 21 años y soy estudiante de Comunicación Audiovisual (sí, yo también caí en la trampa). Probablemente no vaya a contaros nada que no sepáis ya, pero quizás os interese saber qué grado de distorsión experimento cuando miro la realidad. También tengo que deciros que soy muy de preámbulos, no sé si lo habréis notado, y que a veces hablo mucho y subordino frases sin que el contenido sea algo especialmente relevante. Soy así, qué vamos a hacerle, sólo espero que podáis entenderme.

Lo que quería contaros esta semana tiene que ver precisamente con esa manía mía de leer compulsivamente libros de diferentes temáticas, sin importar las circunstancias en que me encuentre o las necesidades morales que tenga en ese momento. Con esto quiero decir que si en un momento de debilidad moral lo único que llevo en el bolso para leer es “Guerra y paz”, lo leeré sin duda alguna. Supongo que el día que me pase del libro analógico al libro digital esta faceta se volverá contra mí y terminaré leyendo un párrafo de aquí y otro de allá, pero de momento sigo pasando páginas.

A colación de esto, os quería contar una cosa curiosa que me sucedió el otro día, pero antes voy a contextualizaros brevemente (prometo intentar ser breve siempre en lo que a contextos respecta, de no conseguirlo sólo espero que me pongáis a caldo en los comentarios de cada entrada): tengo un problema con algunos autores. Os hablo de problemas tan serios como que todo lo que escribo termine pareciendo una copia barata de lo que escriben ellos, o que vaya viendo a personajes de sus libros en personas que se encuentran conmigo por la vida, o que termine explicando multitud de circunstancias a partir de sus escritos. Yo a esto lo llamo tener “escritores fetiches“, pero si vosotros preferís llamarlo “esta tía está loca de atar” probablemente andéis más acertados que yo. Así es, tengo escritores sin los cuales me cuesta entender las cosas y en los que confío casi más que en mi misma. También me pasa con algunos directores de cine y algunos cantautores, pero eso os lo explico otro día.

El asunto, concretamente, es que no puedo vivir sin leer a García Márquez, a Juan Rulfo, a Neruda o a Salinger. Lo he intentado repetidas veces a lo largo de los años, pero es que no puedo. Hay quien me dice que tengo una obsesión seria y quien lo ve como algo entrañable, y lo cierto es que yo aún no sé cómo tomármelo. A lo que iba, que la otra tarde tuve un arranque de debilidad moral de lectora snob y no tuve más remedio que emplear media hora de mi tarde a leer Para Esmé, con amor y sordidez, de Salinger. Es un relato recogido en su libro Nueve Cuentos, y trata de una niña corista que conoce a un soldado norteamericano en una cafetería con el que mantiene conversaciones de carácter aparentemente trascendental, cuando al final todo resulta ser un trazo de humor absurdo disfrazado de una historia que engancha. Bueno, probablemente esta no sea la mejor descripción, pero es la que tengo ahora. Y ese cuento me tiene completamente atrapada. Lo leo una y otra vez, intentando averiguar si detrás de los párrafos se oculta algún mensaje secreto, incluso me he planteado leer las páginas del revés por si soluciono algo, pero nada. Me pasa mucho con Salinger. De hecho, a menudo me sorprendo con cosas que podría haber pensado Holden Caulfield perfectamente, e intento saber si esto es causa o efecto, pero nunca llego a ninguna conclusión.

El caso concreto de Salinger es curioso porque dícese, coméntase, rumoréase que su obra está maldita. A veces yo misma me debato entre mi lado fan de los Beatles y mi lado admirador de Salinger, y os cuento esto porque el asesino de John Lennon, así como el de Kennedy, estaba leyendo El guardián entre el centeno en la época en que llevó a cabo su crimen. Esto marcaba al pobre Salinger de sospechoso y lo dejaba en el punto de mira. Imagino a los inspectores de policía del mundo preguntando a todos los sospechosos de crimen si por casualidad no estaban leyendo o habían leído alguna vez algo de Salinger. Lo cierto es que, sean cuales sean las preferencias literarias de los homicidas, es innegable que las historias de Jerome tienen algo que engancha a cierto tipo de público y que los perturba mucho más de lo que ya estaban. Cierto es también que hay gente que no le coge el punto, mi madre, sin ir más lejos, dice siempre que nunca le ha visto nada de especial a sus historias. Habrá también quienes no lo soporten, pero ese no es el caso. Lo que nos importa ahora es intentar saber cuál es la fórmula secreta de las historias de Salinger para que provoquen adicción, algo, dicho sea de paso, mucho más sano que la adicción a la Coca-Cola y demás inventos imperialistas. Y también estaría bien saber por qué al final nos convierten en caricaturas de los personajes de sus narraciones que, por cierto, ya son en sí mismos bastante caricaturescos.

El personaje de Salinger, por ejemplo, siempre está en el lugar incorrecto y en cambio las circunstancias finalmente parecen favorecerle siempre, aunque siempre nos dejan un gusto agridulce en la boca. El personaje de Salinger puede provocar en su vida interna una tragedia digna de Eurípides, pero al final la cosa nunca le va tan mal como él augura. Salinger traza a antihéroes, que, aunque podrían inspirarnos el peor de los sentimientos, al final siempre terminan por provocarnos compasión y terminamos acompañándolos hasta el final de sus circunstancias deseando únicamente que la trama no desemboque en una tragedia total. Probablemente esto sea un atractivo importante para sus historias. Quizás el ingrediente más importante de la receta.

Luego están las circunstancias particulares que rodean a cada una de sus historias. El internado de Holden, los trenes y taxis en los que viaja o los moteles en donde termina. Los refrescos glucosos de los adolescentes que inconscientemente se debaten entre iniciar o no una guerra contra los esquimales o las preocupaciones trascendentes de Teddy. Ese es Salinger. Trazando rasgos maravillosos a través de condiciones absurdas e incluso a veces execrables. El campo de centeno que Holden tiene que vigilar para que los niños no se caigan al precipicio. Incluso el hecho de que la novela tenga varios títulos, con diferentes connotaciones, según el país de publicación, titulándose en Argentina “El cazador oculto” o en Norteamérica “The Catcher in the Rye“, convierte a su protagonista en un vigilante oculto entre el centeno cuya única misión es tratar de impedir que los niños sufran algún daño, prueba sin duda de la debilidad moral que se desprende de los trazos del personaje.

Y digo yo que Salinger tendrá muchos más ingredientes secretos y que probablemente ya estéis cansados de leer divagaciones de este tipo, de modo que no quiero aburriros más. Lo dejaremos en que las autoridades sanitarias deberían advertir de que Salinger puede llegar a ser extremadamente adictivo.

Asimismo, me siento ante vosotros, queridos lectores, ante vuestro diván virtual para que me psicoanalicéis mientras os cuento historias de este tipo. Admito que la influencia de Woody Allen en mí es bastante notable, y deduzco que de él procede mi necesidad de sentarme como un paciente en vuestra consulta y esperar únicamente que mis historias os diviertan un poco.

Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando viene entre el centeno…

— Estefanía Ramos 

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