Efemérides tardía al juglar baturro

José Antonio Labordeta en el Congreso de los Diputados

«Si Dios pregunta por mí, decirle que no he nacido». Así rezan las frases lapidarias que le costaron a José Antonio Labordeta una censura, un cuadro en blanco dentro de la publicación Samprasarán, editada por su hermano. Una vida llena de blancos, espacios vacíos y de afonías: «Como en el silencio, / las imágenes quedan siempre / en el lugar donde mueren las palabras». José Antonio Labordeta tuvo muchos oficios: profesor, poeta, político, cantautor… padre, abuelo. Porque ya desde edad muy temprana se ganó ese sobrenombre, que luego portaría con toda la gallardía de su calva, su bigote y su metro sesenta en su desembarco al Parlamento.

Aragonés y aragonesista, ante todo —«Esta tierra es Aragón», luchó desde mucho antes de que llegara la democracia contra el abandono del campo aragonés y por la reafirmación de la identidad baturra. Su vida, desde muy joven, estuvo ligada a las letras y a la lírica. Su padre, catedrático de Latín, y su hermano eran poetas, así como lo fue también él. Sin embargo, por esta faceta se lo conoce mucho menos, y es por sus canciones —no más que poemas declamados al rasgar de la guitarra— por lo que fue conocido. Huelga decir que se lo evoque por sus exabruptos de hombre derrotado, pero no vencido, no le hace justicia.

Su etapa como diputado parlamentario por la Chunta Aragonesista (CHA) durante dos legislaturas cerró otro ciclo para este polifacético poeta. Fueron ocho años muy duros, la penúltima mayoría absoluta del Partido Popular con temas en la mesa tan duros como el Trasvase del Ebro, la guerra de Irak o el vergonzante y trágico episodio del 11-M. Labordeta, el Abuelo, más montañes que parlamentario, se opuso cerradamente al Gobierno de Aznar y a ese Trasvase que privaría de agua a Aragón y a Navarra para regar campos de golf, resorts y otros mounstros urbanísiticos que infestan el Levante. Jaume Matas —¡oh, sorpresa!— era entonces ministro del ramo. Este proyecto, que destruiría parte del ecosistema del Delta del Ebro y se saltaba a la torera varios aspectos mediambientales, fue finalmente derogado por el PSOE de Zapatero en su primer año de mandato.

Y llegó su «¡a la mierda…!», ni falto de razón ni de forma. Un «¡a la mierda…!» que seguramente habría sonado de nuevo en los últimos días. Como cita su libro Memorias de un beduino en el Congreso  de los Diputados, fue inevitable. La bancada ultracentrista, tan dada a descalificativos, se lanzó a llamarle «cantautor de las narices», entre otras lindezas, a lo que el beduino —como se autodenomina en el libro— soltó una sentencia mucho más acertada de cuantas se hayan hecho desde el púlpito: «Ustedes están habituados a hablar siempre porque aquí han controlado el poder toda la vida y ahora les fastidia que vengamos aquí a a poder hablar las gentes que hemos estado torturados por la dictadura». El Abuelo habló desde la experiencia.

Labordeta en un concierto

Pero Labordeta fue siempre más ciudadano que animal político. Un ciudadano que «legisló» y que según él, por ello, ya no tenía salvación. Su andadura de ciudadano político comenzó antes de los difíciles principios de la Transición. Partiendo siempre de la poesía; colaboraba con libros, poemas y publicaciones que si bien no libraban a nadie de la dictadura participaban del imaginario aragonesista que impregnó toda su obra. De las revistas más sonadas, en cuanto que censurada, Andalán,semanario que se topó y topó con la vetusta censura. Una vez llegada la muerte del Caudillo, a las elecciones se presentó por el Partido Comunista como independiente, sin embargo, ni en aquellas elecciones ni en las siguientes, cuando fundó el Partido Socialista de Aragón —que sería fagocitado por el PSOE—, llegó al Congreso.

Pero la política española hace ya mucho que no es territorio de profesores, sino de registradores de la propiedad, abogados y «déspotas desilustrados». Como profesor, Labordeta ejerció magisterio al periodista Federico Jiménez Losantos y a Manuel Pizarro, el que fuera el fichaje estrella de Rajoy. Alumnos y profesor de las ya famosas dos Españas, pero a los que unió la complicidad de la juventud de unos con el paternalismo de un profesor hacia sus alumnos. Ninguno de ellos, de los alumnos, recuerda una mala palabra del poeta, maestro y siempre modelo.

Su familia pequeño-burguesa regentaba el colegio Santo Tomás de Aquino de Zaragoza, que tras la guerra acogió a muchos de esos profesores que habían sido fruto de represalias durante la posguerra. Su propio padre fue despojado de la cátedra y dio con sus huesos en la cárcel, un año. Fueron años tristes de esa España acromática de la que el Abuelo fue testigo y, como reza al principio del artículo, sintió en sus carnes: «Si Dios pregunta por mí, decirle que no he nacido». Desesperanza del vencido y del que sabe resignadamente que ha perdido.

Y poeta. Siempre la sombra del poeta sobrevoló su menuda figura. Hijo y hermano de dos poetas, sería su hermano Miguel aquel que le introduciría en conversaciones de café, el Niké, y el que sería su gran referente cultural. Miguel Labordeta ha sido considerado de lejos la mayor figura poética aragonesa de la segunda mitad del siglo XX, contemporáneo a la generación de posguerra. Fallecería en 1969, dejando un enorme hueco en la vida del Labordeta cantautor —profesor, político, escritor…—.

Caústico, irónico, honesto, con esa sabiduría del resignado beduino monegrino fue consecuente con su poesía hasta las últimas consecuencias. Prueba de ello es un poema suyo publicado en su blog a 25 de julio del 2007. Hacía un año que le habían detectado cáncer de próstata:

Anoto siempre
que debo de llamar al urólogo.
Nunca lo hago.
Mi próstata campea desolda
por mis interiores barrocos.
En el aire sueno bien,
parezco que estoy sano
y de nuevo apunto
que tendré que llamar
al urólogo.

Pero siempre Miguel, Miguel su hermano que impregnó con su figura y su poesía muchos ámbitos, esos cuadros en blanco y afónicos que tenía José Antonio Labordeta. La poesía de Miguel era una base de poesía vanguardista-surrealista con la que rendía admiración y respeto al 27, a Unamuno y Juan Ramón Jiménez, a las corrientes que llegaban de Europa: a Breton, Freud… Su poesía, sirvió de alegato pacifista en el mismo Parlamento, donde el Abuelo declamó en contra de la guerra de Irak:

Mataos,
Pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna.
Invadid con vuestro traqueteo los talleres, los navíos, las universidades,
las oficinas espectrales donde tanta gente languidece.
Triturad toda rosa, hollad al noble pensativo.
Preparad las bombas de fósforo y las nupcias del agua con la muerte…
Inundad los periódicos, las radios, los cines, las tribunas,
pero dejad tranquilo al obrero que fumando un pitillo
ríe con los amigos en aquel bar de la esquina.
Asesinaos si así lo deseáis,
Exterminaos vosotros: los teorizantes de ambas cercas
Que jamás asireís un fusil de bravura.
Asesinaos pero vosotros los inquisitoriales azuzadores de la matanza…

Pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna,
Al campesino que nos suda la harina y el aceite,
Al joven estudiante con su llave de oro,
Al obrero en su ocio ganado fumándose un pitillo
Y al hombre gris que coge los tranvías
Con su gabán roído a las seis de la tarde.
Esperan otra cosa.
Los parieron sus madres para vivir con todos
Y entre todos aspiran a vivir tan sólo esto.
Y de ellos ha de crecer
Si surge una raza de hombre y mujeres con puñales de amor inverosímil hacia
otras aventuras más hermosas.

La figura de Labordeta no se puede desligar nunca a su faceta de cantautor de canción protesta —«Uno hace canción protesta cuando está hasta las narices»— la que le dio a conocer y a recorrer la geografía aragonesa, primero, la española después e incluso la europea. En esta faceta era donde más se traslucía su carácter poeta, porque él mismo no consideraba que hiciera más que musicar sus letras. Y llega Aragón, corre el año 1974, canción compuesta cuatro años antes y la resignación de este maño de ascendencia monegrina comienza a reavivar la identidad aragonesa.

A Aragón se suma Canto a la libertad  —«Habrá un día en que todos / al levantar la vista / veremos una tierra / que ponga libertad»—. Con este cántico eclosiona el espíritu reformador, el espíritu libertario y esperanzador que trajo consigo la muerte del provecto dictador. Era 1975 y ya se podía hasta cantar. Con lo años y el arraigo de la figura de José Antonio Labordeta en su tierra se propuso, y se llevó a trámite, que cambiara por el himno de Aragón. Tras una fuerte movilización ciudadana y una propuesta en firme en el Parlamento aragonés, el muro de los de siempre —«¡a la mierda…!»— bloqueó el proyecto. Aunque no oficial, sí es oficioso para muchos aragoneses y muchas otras personas que encuentran en esta canción un cántico universal de convencimiento y de esperanza, de libertad.

Labordeta

Los pasos del Abuelo se pierden mucho más allá de las sendas de su Aragón natal, gracias a él la España más profunda, aquella que es olvidada en las grandes capitales y que maravilla a esos domingueros vestidos de Quechua se dio a conocer. Un país en la mochila impregna de lirismo los paseos del beduino, en sus programas se juntaron varias facetas suyas: el viajero, el poeta, el gastrónomo, el profesor y la del eterno curioso. Desde el Moncayo a La Gomera, narrado al ritmo de su paso casi lírico, cada uno de esos viajes permitía impregnar al espectador de las gentes del lugar, a las que Labordeta escuchaba atentamente y que le hacían de guías en su eterna peregrinación hacia lo más desconocido de España, donde transhumantes, agricultores y ganaderos guardan el silencio del campo olvidado.

José Antonio Labordeta fue una gran figura que se ha ido, al que mi efemérides le llega tarde como le llegaron los honores oficiales, porque los del pueblo los tenía todos consigo. «Vinieron los políticos y se quisieron apropiar del muerto» decía un tertuliano en el programa de Jiménez Losantos. A Labordeta, como a otros españoles —o aragoneses, vascos, castellanos, etc.— los méritos encontraron el puerto a destiempo y con una gran banda de música detrás, aunque la barca ya había zarpado. Dos ministros lo condecoraron en casa. Aragón se acordó de su Abuelo ya sepultado. Su vida fue en gran parte resignación y derrota, excepto por sus mujeres, pero nos dejó sus versos: cantados, escritos, declamados desde el estrado y entonados en un alto del camino.

— Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantarero —

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