Sobre-explicándose no se entiende la gente

El espectador nace con una necesidad: Saber. Quiere saberlo todo. ¿Quién es esa persona? ¿Qué es ese objeto? ¿Quién ha hecho eso? ¿Por qué dice tal cosa? ¿Por qué lo ha dicho? ¿A qué se debe que haya hecho esa cosa tan rara? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

La audiencia demanda constantemente que le respondamos a sus preguntas. Demanda que le digamos y le expliquemos qué sucede en la pantalla, cuál es el sentido, el motivo; el significado. Y se hace muy difícil no escucharles.

Porque se tiene miedo. Es normal. Qué podría haber peor que dedicarte a hacer una obra que nadie llegue a comprender. Sin embargo, es la sutileza, los símbolos, las leves (o no tan leves) metáforas que se muestran en pantalla lo que hacen tan bonito esto del cine. No hay necesidad de tener que estar explicando todo. No hay necesidad de tener que dar todo al espectador. En la vida queremos lo que no tenemos y una vez lo hemos conseguido nos olvidamos para pasar a lo siguiente. Lo bonito no está en saber, sino en la sensación que le produce al espectador el querer saber. Esa inquietud, ese ansia por conocer la respuesta, ese rompecabezas que se forma en su cerebro, tratando (en muchos casos de manera inconsciente) de encajar todas las piezas, creando mil teorías, mil posibilidades. Cuando el misterio es resuelto la magia se pierde. Miras a tu lado y te das cuenta de que la persona que te acompaña no es exactamente la que te parecía cuando te metiste en la cama con ella.

No estoy diciendo que no haya que resolver las preguntas que se plantean en un argumento. Ni mucho menos. Cada trama que se abre en una película debería ser cerrada al final de ella. Las tramas abiertas desvelan: o bien que no eran necesarias narrativamente o bien la falta de imaginación del guionista para lograr cerrarlas. Nada bueno en ninguno de los casos.

Sin embargo, no está mal plantear cuestiones, que aunque no sean el centro de la trama, den alas a la imaginación de la audiencia. No hablo de finales abiertos. Hablo de pequeños detalles maestros que te llevan a plantearte algunas de las cosas que ves, sin que afecten negativamente a la historia en sí. No hay que explicar todo lo que se ve, siempre que no afecte a la lógica del relato. Precisamente, lo grande de estas cuestiones abiertas es que permiten que la película siga viva años y años después.

Pongamos como ejemplo Alien (Ridley Scott, 1979). En la película original de hace ya más de 30 años, había una corta escena en la que varios integrantes de la Nostromo se encuentran, durante su exploración, con un extraño ser que parecía haber explotado desde su interior. No se vuelve a saber más de él. La trama continúa y no se resuelve qué le paso ni quién era. Pero, el público teorizó sobre ello. Tras estrenarse la película; y más aún con la aparición de Internet, se desarrollaron teorías respecto a quién era este ser, al que se le denomino Space Jockey.

Space jockey original. Alien (1979)

Sin embargo, en la pseudo-precuela que se estreno este año, Prometheus (Ridley Scott, 2012), se intentó resolver este misterio. Nadie quedó contento. Se perdió la gracia.

No había ninguna necesidad.

Lo mismo ocurre con Blade Runner (Ridley Scott, 1982): ¿Es Deckard un replicante?; o con The road (John Hillcoat, 2009): ¿Qué ha ocurrido para que todo el mundo esté devastado?.  Estas preguntas no fastidian la película, sino lo contrario, la mejoran, la dan matices, más realismo, más detalle. Crea más emociones al espectador porque al terminar de ver la película no tiene la sensación de omnipotencia. Puede pensar, analizar y teorizar sobre lo que ha visto. Porque la película le da margen a ello.

Cada día es más difícil encontrar este tipo de películas. La tendencia a la explicación es demasiado amplia. Incluso va más allá, a la sobre-explicación: decir con palabras de los personajes lo que evidentemente podemos ver en la pantalla. Todos tenemos un bagaje audiovisual lo suficientemente completo como para comprender lo que vemos en la pantalla. De hecho, no sólo audiovisual, sino también de vivencia propia. Muchas veces sólo necesitamos la simple mirada de un personaje para saber cómo se siente y lo que piensa. No necesitamos que nos lo digan.

A pesar de ello, cada vez más y más veces nos encontramos con que los personajes nos dicen todo lo que ha ocurrido. Nos explican (supuestamente justificado en la historia) qué ha pasado. A cada paso que dan, se paran un instante para dejarnos claro por qué lo han hecho. Cuando en muchos casos es tan evidente que ya sabes que va a dar el paso antes incluso que el propio personaje. Hoy en día nos pasamos más tiempo oyendo lo que los personajes “van a hacer” y “han hecho” que viendo cómo lo hacen.

Esta sobre-explicación de lo que sucede en la pantalla debe ser eliminada de raíz. Sin anestesia. De la forma más rápida posible. Porque la cuestión no es que permita que todo aquel que ve la película la comprenda por completo. O que sin ella pueda haber algún espectador que no entienda todos y cada uno de sus diminutos puntos. No creo que esto sea malo. El verdadero problema es la idea detrás de este comportamiento: Al espectador hay que darle todo regurgitado porque sino no es capaz de comprenderlo.

Porque no sólo creen que somos tontos y no comprenderemos lo que vamos a ver. Sino que se piensan que si no lo entendemos por completo no iremos al cine a verlo. A eso nos han reducido. Así que yo me he propuesto lo contrario. He desarrollado la capacidad de oler a distancia las películas que estarán 1/3 de su metraje explicándome lo sucedido cinco minutos antes y he decidido que no iré a verlas. De hecho ni me molestaré en bajármelas.

Os propongo que hagáis lo mismo.

—Arturo M. Antolín—

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